Opinión

Latinoamérica

TRIBUNA

Carlos Díaz | Viernes 14 de noviembre de 2025

Latinoamérica, de difícil nominación, vive en eterna búsqueda de su identidad. Cuando me hablan de Latinoamérica y de lo latinoamericano, ¿de qué me hablan, qué me están queriendo decir con tales palabras? Y sobre todo ¿con qué intención se utilizan esos términos? Para evitar el uso incierto de palabras dudosas deberíamos comenzar por preguntarnos: ¿Somos latinos? Hace tiempo que ya no nos regimos por el latín de Roma, del que se originó el español. No hará falta añadir que también los franceses hablan un cierto «latino», pero no el latín que se habló en España. Tampoco deberíamos identificar nuestra latinidad con el grotesco modelo erótico del latin lover, ridícula estampa de Don Juan Tenorio con la que determinados pueblos nórdicos nos siguen designando todavía, aferrados a un tópico que va decayendo por fortuna, pero que aún tiene cuerda para rato. ¿Somos hispanos, hispanoamericanos? Semejante designación dejaría fuera a los brasileños. Por contrapartida, si extendemos esta denominación a los brasileños incorporaríamos a otros latinos de los que los brasileños mismos derivan, a saber, los portugueses. De todos modos, el calificativo de hispano carga con una rémora semántica: alegría desordenada, incompetencia, primitivismo, machismo... ¿Somos sudamericanos? Por su parte esta denominación excluiría a los mexicanos y a los mesoamericanos o centroamericanos, por lo cual tampoco nos sirve. En España, la despectiva abreviatura sudacas está cargada de racismo, prepotencia, y olvido de la generosa acogida a los españoles hambrientos en el siglo pasado.

¡Qué difícil resulta, atinar con la palabra justa para estos pueblos de origen cristiano, cristianos también de cosmovisión, y latinos lingüísticamente! Por otra parte ¿en qué sentido cabría caracterizarles de cristianos, a la vista de la fuerte impronta animista procedente de África y de Mesoamérica? ¿No sería más propio hablar de pueblos sacramentalizados más que de evangelizados? , como lo muestra la actual proliferación de sectas? Y si hablamos de la lengua latina en los países de lengua española, ¿qué clase de hispanofonía vincula a esos países entre sí y con España? ¿Acaso el desarrollo de sus hábitos lingüísticos y de los diversos ideolectos no está creciendo tan desordena y vertiginosamente como una nueva torre de Babel, sobre todo en el habla vulgar? Latinoamérica se nos antoja una palabra funcional pero inexacta, aunque haya provisionalidades que duren toda una eternidad. Hay que reconocer que con términos ambiguos y confusos no es fácil alcanzar a comprender identidad alguna, ya que las palabras inexactas tienen detrás de sí ámbitos semánticos del mismo signo.

También la identidad de Latinoamérica es provisional, dada la mixtura abigarrada y el riquísimo caudal de sus culturas y de sus cultos. ¿Qué pesa más en cuanto a identidad, el indigenismo primero, o la cultura sobrevenida ulteriormente de los descubridores (¡aunque los autóctonos ya estaban descubiertos por sí mismos!) y reconquistadores (¡aunque dichos autóctonos también estaban conquistados entre sí mismos!) como BBVA, Banco Santander, etc? Mientras tanto, doy por correctamente descriptivo de la situación al gran mural del aeropuerto de Guanajuato (México) separado en dos tablas, una de las cuales representa lo azteca, lo maya, lo inca... y la otra a los conquistadores españoles armados hasta los dientes. Eso no impide que al conquistado y dominado le quede siempre la esperanza de desalambrar y de reconquistar con astucia lo que perdió por la violencia: quizá Texas, expoliada ayer por los EEUU tras la derrota del general Santana, pase a ser de nuevo un territorio cultural y emocionalmente mexicano gracias a la infiltración migratoria texmex generada por tantos espaldas mojadas en el territorio ayer suyo.

Toda cultura –y de forma muy especial la del así llamado Nuevo Continente-, eterno New Beginning, vive siempre a la búsqueda de su propia identidad, por eso la patria, toda patria, cada patria, es sobre todo un punto de llegada, es decir, la construcción desiderativa de un escenario imaginario; incluso los que se afincan en un patriotismo del mero pasado, del tiempo de los orígenes áureos, incluso ellos necesitan seguir proponiéndola como punto de llegada: patria que no evoluciona, muere por consunción. Lo que ocurre es que, a veces, la excesiva rumia de esos imaginarios sociales termina provocando fracturas interiores que dificultan la convivencia en el presente y la fragua del posible futuro. Lástima que en esa rumia no sepamos construir un ideal común futuro. Salvo las honrosas excepciones de siempre, mientras la sociedad tiene problemas las Universidades están divididas en departamentos y en esa división permanecen.

Si conoces un pueblo centroamericano, conoces todos. Cuando la peor fantasía coincide con la realidad: Guatemala. Cuando el tiempo se detuvo en las cavernas: Guatemala. Cuando hormigas sin hormiguero: un mar de guatemaltecos trabajando por unas tortillas de maíz y unos frijoles al día. Los he visto dormir en las aceras y mendigar por las calles de México D.F. para luego, tras caminar a pie enjuto interminables kilómetros, terminar ahogándose en el Río Bravo, frontera con EEUU. Los guatemaltecos abandonan sus hermosas tierras como tantos otros pueblos empobrecidos de la humanidad: rezuman sangre, sudor y lágrimas. Pobre pueblo mártir, Guatemala, huyendo de las cornadas del hambre y de los expoliadores; gobierno tiránico es aquel donde el superior es vil y los inferiores envilecidos. Los dictadores ignoran que gobernar es pactar, y que pactar no es ceder, sino rectificar. Ellos se creen hombres incorruptibles -no es difícil autoconvencerse de lo que se quiere-, y hasta piensan que son tan difíciles de cambiar como los billetes de banco de un millón, por eso no quieren enterarse de que los gobiernos son velas; los pueblos, el viento; el Estado, la nave; el tiempo, el mar; y ellos el lastre. Ellos fusilan a quien se atreve a decirles a la cara que una papeleta de voto es más fuerte que una bala de fusil; que nunca se entra en un corazón por la fuerza; que nadie puede ser llamado señor de otro por fuerza, tirano sí; que por la fuerza un rey puede hacer un noble, pero no un caballero. El tirano hace a los esclavos, y los esclavos que lo aceptan hacen a los tiranos. Ese es su círculo, aquel régimen donde la gente, en lugar de pensar, recita, y en lugar de caminar, repta. Sin embargo, el dictador está siempre amenazado, pues a muchos ha de temer quien es temido por muchos. A veces, el primer golpe de indignación produce una reacción; sin embargo, cuando la indignación se asienta, volvemos a lo de siempre. En Guatemala (en Guatepeor) se asesina a mucha gente, y es difícil denunciarlo allí sin que te caiga encima el imperio del crimen organizado de un Estado que es oligopolio militar. En comparación con ella, la triste democracia formal es un lujo en el que, según Churchill, cuando llaman a la puerta de tu casa a las seis de la mañana, sabes que es el lechero, y siempre es mejor encontrarse con el lechero que con un encapuchado armado.

En El Salvador, aun estando hoy las cosas políticamente más tranquilas, la situación social continúa siendo alarmante: las maras siguen haciendo el país más violento del mundo, más que Brasil, México, o Colombia. Es la paradoja del todo en paz, pero nada sin guerra. Vas por la calle, te asaltan; estás en tu casa, te asaltan; viajas, te asaltan. Las agencias de viaje recomiendan no visitar este país tan lleno de volcanes como de pasiones. Y tú eres asaltable porque el hambre les asalta a ellos, la vida como asalto. Vivir en El Salvador es morir un poco, a pesar de que la moneda oficial sea el dólar y la gran pasión el derby Barça-Real Madrid, cuyas camisetas son portadas como emblemas míticos por quienes pueden comprarlas o robarlas. ¿Qué otra salida cabe a los empobrecidos de la tierra, sino la de soñar con el imaginario social de los enriquecidos?

En Honduras, con parecidos niveles de violencia, el drama es todavía más grande: estamos hablando de uno de los diez países del mundo con menor renta per cápita. Por cinco horas diarias de clase en la mejor de sus universidades pagan cuatro euros, y la gente sencilla vive con un puñado de desgastadas lempiras que no sirven para nada a una población que en su ochenta por ciento vive -por así decir- en la máxima pobreza, y que por la noche duerme -por así decir también- malamente en la calle, y todo esto sin hablar de comunidades como las de negros garífonas en las playas. Todo ello parece sin embargo perfectamente compatible con cinco iglesias-sectas distintas en cada callejuela, y con una embajada americana-mole en la zona exclusiva, en torno a la cual residen edificios primomundistass. Hace falta ser muy malo para silenciarlo. En los países mesoamericanos la vida humana no vale nada, ni antes, ni durante, ni después de Colón y de las renovadas cocacolonizaciones, pues lo que es bueno para la General Motors es bueno para la humanidad.

¿Cómo vive en el país de llegada la ciudadanía del Tercer Mundo obligada a la huida del propio? En la carencia y en la des/moralización. Abusos del poder político, económico y policial, desviación especulativa del dinero, confusión entre lo público y lo privado, discrecionalidad de los medios de comunicación, injusticias que claman al cielo porque el derecho penal cae sobre los pobres mientras el constitucional engorda a los ricos, bosque de leyes que lejos de resolver problemas esenciales los enmascara, violencia, corrupción, desempleo, tráfico de drogas, torturas, secuestros. Entre el miedo y la impotencia, entre la desconfianza y la maledicencia, entre la frustración y la desesperación, ¿qué son -se preguntaba san Agustín- los reinos sino grandes latrocinios cuando no existe justicia? No, no es éste un mundo fácil para pueblos cada vez más numerosos y pobres (más pobres más pobres) mientras los ricos cada día más ricos. Fuera de sus países son los ilegales, los indocumentados, los sintecho, las minorías étnicas, las personas con problemas personales (minusválidos, locos, marginados crónicos, excarcelados), o judiciales (libertad condicional, tercer grado, condenas alternativas), muchos de ellos con serias dificultades adicionales tales como falta de actitud y de aptitud adecuadas para llevar adelante una vida laboral normalizada. La clase social más abundante es la menos significativa; hay una relación inversamente proporcional entre abundancia y significación. Si tales gentes se sienten en su propio país como perro al que nadie saca a orinar, en país ajeno son tratados como perro pulgoso al que todos apalean.

¿Y qué decir de la voluntad de fragmento? El Nuevo Mundo está herido igualmente por la tribalización de sus propios conflictos interiores. Unidos y separados, su deseo crece con la obstaculización recíproca. ¿Qué comunidad existe entre Puerto Rico, estado “libre asociado” (¿?) y USA?, ¿o entre los haitianos mismos, donde la política de tierra calcinada se sucede en cada des-Gobierno? Argentina, con su pretendida grandeur, especialmente entre los porteños, es incapaz de aceptar la humillante derrota a la que les ha llevado su propio narcisismo. En los Estados Unidos de México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos, la violencia asfixia cualquier convivencia y vivir se convierte en un sobrevivir, que a su vez degenera en un vivir/sobre. A Paraguay, tan modesto, sencillo, amable y ecológico como corrupto hasta los niveles más exasperantes, le cabe el dudoso honor de estar entre los cincos países más corruptos del planeta. En Brasil, todo un subcontinente más africano que latino, los niños de la calle son más de la calle que niños. Cuba, un pretendido paraíso en la tierra con formato de dictadura, muere eternamente clausurado hacia dentro y penosamente dolarizado hacia fuera. En este mosaico de fragmentos desgarrados, los nacionalismos despliegan sus banderas sin enarbolar una enseña común. Más que una comunión, lo que les une es una misma constante: nunca se preocupan de un continente mucho más empobrecido que el suyo, por ejemplo, el africano. Y, lo que es todavía peor, hasta pretenden compatibilizar sus estremecedores índices de pobreza con la obtención de ventajas: cada país se proclama más pobre que el otro a la hora de pedir más subvenciones que el otro.

El fin de la historia del sufrimiento de los empobrecidos se agrava por la colaboración de tantos y tantos lacayos y barraganes de los gobiernos títeres que bajo la bota del Imperio donde dice Novum Organum leen Novum Orgasmun mientras solicitan al FMI nuevos plazos, más prórrogas, mayores ampliaciones de la deuda pública, préstamos con intereses históricamente impagables: la deuda eterna de la deuda externa. ¡Y cuántos burgueses criollos, profesores de antropología en las Universidades estatales cargan contra Cristóbal Colón mientras extenúan a sus propios empleados domésticos! Pero ¡ay de aquel que no lance un emocionado grito patriótico cuando llegue la fiesta conmemorativa de la querida Patria! Sin embargo, por debajo de tanta retórica, jamás falta el rumor de sables, el pucherazo, e incluso el egoísmo racional: hasta un “pueblo de demonios” preferiría, aseguraba Kant, un gobierno malo pero inteligente, antes que el expolio sin inteligencia ni pausa.

Y, allá a su fondo el ancestral machismo –otra versión más del poderío-, es decir, la tradición de machos que fecundan y abandonan a hembras, las cuales van recogiendo los hijos de los zánganos que pasan por su colmena a modo de poligamia sucesiva, la terrible plaga de la droga y de sus mafias, la violencia callejera. Signos de esperanza, evidentemente, los hay, pero sólo tienen justificación moral para quien lucha contra el desorden establecido. Son signos de esperanza su alegría, sus ganas de vivir; su voluntad de salir adelante contra viento y manera, su ternura y expresividad de sentimientos, su agradecimiento, su gratuidad, su hospitalidad. Las excepciones son numerosas, pero en la entraña de nuestros pueblos hermanos está latiendo una humanidad nueva necesitada también de renovación y de mejora. Este empowerment contrafáctico no se producirá sin ellos mismos. Todo signo de esperanza es al mismo tiempo un reto: una responsabilidad tuya que delegas en otro constituye una irresponsabilidad.