Opinión

Lux… et Silentium

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Sábado 15 de noviembre de 2025

Que el mundo fue y será una porquería ya lo sé, en el quinientos seis y en el dos mil también. Y poco más hay que añadir, salvo que – sea como fuere – en el mundo tenemos que vivir y conviene, por tanto, hacérnoslo habitable.

El evangelio enseña a estar en el mundo sin ser del mundo, lo que es, sin duda, una lección difícil. El mundo está lleno de mala gente que camina y va apestando la tierra, aunque, cuando miras de cerca a soberbios y melancólicos, a veces se adivina tras la máscara un elemento de desamparo que hace posible su redención.

Sin embargo, ni conmuto penas, ni dispenso absoluciones y exijo que cada palo aguante su vela. Estamos en el mundo y aquí ha de determinarse quién es inocente y quién culpable e incluso merecedor de una condena cuyo perdón no es del mundo, aunque lo halle en mi fuero interno o en el Fuero sin mácula que nos trasciende. Pese a todo, hoy no es fácil hacer valer una sentencia y en medio de los accidentes de la historia vemos que a menudo se dobla la mano más severa. Cada vez que esto pasa la atmósfera se enrarece un punto y se está haciendo ya difícilmente respirable. Ante esta situación, algunos empezamos a temer que se nos imponga la exigencia de una dolorosa ordalía.

La circunstancia que vivimos en este desabrido rincón del mundo nos pone cada día con mayor urgencia frente a decisiones arriesgadas. En toda decisión hay, claro está, un riesgo y de ahí que sea preciso cortar y, si es posible, cortar por lo sano. El responsable de ese corte excepcional ha de ser una figura significativa, avalada por una confianza suficiente entre los callados y laboriosos, entre los que sólo entran al combate en defensa de lo que tienen tras de sí. Ha de alimentarse del aliento de los que viven, laboran, pasan y sueñan, de esa muchedumbre de los mansos cuyo grito rompe las piedras. Nadie conoce su fuerza y el que da el primer paso pone en marcha una incógnita, pero hay ocasiones en las que todo riesgo es preferible a la asfixia o a la nada.

Me pregunto, sin embargo, qué ha sido de esa muchedumbre silenciosa, me pregunto si no se resuelve actualmente en una masa indiferente e indiferenciada de minúsculas y frágiles burbujas, encerradas en el titilante bienestar del último hombre, ése que – dice Nietzsche – inventó la felicidad. Un número enorme pero bien organizado de unidades homogéneas que se acomodan en la higiénica inmundicia del orden tecnológico y que son ajenos a todo pasado compartido; porque no sólo han roto los puentes con sus contemporáneos, sino que se han desecho de todo lazo con el pasado. Capaces de respirar en el vacío sin aire, no padecen la angustia que describo. Al contrario, parecen complacerse en la banalidad de un presente sin horizonte, desuncidos de toda obligación mutua, de todo compromiso heredado, sostienen una fascinante existencia vacía de cualquier esperanza. No parecen desesperados, sin embargo, hasta el día que se hunden en un súbito colapso que no detiene ningún psicofármaco, ni recompone ninguna terapia. En la vieja terminología marxista se diría que vivimos en la era de la más íntegra cosificación: cosas entre cosas, siempre sin sustancia. Admito un cierto escepticismo y podría padecer una distorsión perceptiva. No descreo, en cualquier caso, de la persona singular pero desconfío de las multitudes.

En esta circunstancia tiene poco sentido esperar el brazo que levante la bandera del mundo, contra ese mundo que se hunde en la ciénaga de una estúpida abundancia. No puedo permitir que se apague, pese a todo, esa mínima esperanza. Mientras tanto, sólo queda encontrarse con los pocos que el azar o la vida nos ha ido presentando, los pocos en los que nos reconocemos y en los que encontramos la mano abierta y el gesto franco. Ellos son la luz del mundo que pide silencio, sobre todo un silencio amplio. Son la reserva de realidad y sentido común sobre la que quizás podamos alguna vez reconstruir el mundo.