Tusquets. Barcelona, 2025. 504 páginas. 23,90 €. Libro electrónico 10,99. El flamante Premio Cervantes 2025 nos regala un delicioso libro, a caballo entre las memorias y el ensayo
Por Adrián Sanmartín
“A lo largo de más de cinco décadas –reza el texto–, Gonzalo Celorio ha consolidado una voz literaria de notable elegancia y hondura reflexiva en la que conjuga la lucidez crítica con una sensibilidad narrativa que explora los matices de la identidad, la educación sentimental y la pérdida. Su obra es al mismo tiempo una memoria del México moderno y un espejo de la condición humana”, señala, entre otras consideraciones, el jurado que ha otorgado el Premio Cervantes 2025 al escritor mexicano.
En efecto, en la producción de Celorio (Ciudad de México, 1948) se aprecian esas y muchas otras virtudes, que le han hecho justamente acreedor de numerosos galardones, a los que ahora se suma el Cervantes. Esa excelencia se aprecia en su último libro, Ese montón de espejos rotos, a medio camino entre la autobiografía sui generis, las memorias, la crónica y el ensayo, haciéndonos participes de sus preocupaciones y ocupaciones, de sus lecturas, de su vocación literaria –“Llegó el día en que la celosa vocación literaria domesticó al zoom theatrym que rugía en mi corazón”- de sus tareas diversas como profesor, editor, directos de la Academia Mexicana de la Lengua…
Así, bajo un sugerente título tomado de Jorge Luis Borges -la cita “somos nuestra memoria, / somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos” encabeza el volumen-, Celorio, como él mismo apunta sobre su libro, “amontona recuerdos dispersos, que son reflejo de algunos tramos de mi vida”. Y da cuenta de una rica personalidad, que no dejaba de llamar la atención: “Cuando visitaba -confiesa- con enfermiza asiduidad el Bar León para oír música guapachosa, los parroquianos del lugar no podían creer que yo fuera un ‘respetado’ profesor universitario que además ejercía determinadas funciones académico-administrativas, mientras que mis alumnos y mis colegas de la facultad, salvo casos excepcionales, no imaginaban que, al salir del aula tras dar mi ‘docta’ clase o de mi oficina después de haber cumplido con mis obligaciones burocráticas, me apresurara a recorrer semejantes antros del centro histórico de la ciudad”. Y comenta: “Diferentes, sí, pero dimensiones las dos de mi propia y unitaria vida”. Una vida marcada sobre todo por el amor a la lengua española, a la literatura, a la cultura…
Y a su país, lo que no implica renegar de sus orígenes, sino todo lo contrario. Ha declarado con contundencia: «Los mexicanos no podemos negar la hispanidad, hacerlo es negar nuestra propia identidad». Ni terciar con valentía en asuntos polémicos. En este sentido, sin negar las sombras de la Conquista, se ha pronunciado en contra de que España tenga que pedir perdón, como exigía el expresidente mexicano Andrés Manuel López Obrador, por cuya misma línea ha seguido la actual mandataria Claudia Sheinbaum, y ha resaltado las diferencias entre la actitud anglosajona y la española, buscando esta última el mestizaje.
En su trilogía de irónico título Una familia ejemplar -formada por Tres lindas cubanas, Los apóstatas y El metal y la escoria-, Gonzalo Celorio exploraba sus ancestros -su abuelo paterno, Emeterio Celorio Santoveña, emigró a México en 1874 desde una aldea asturiana-, y en Mentideros de la memoria nos contaba su encuentro y relación con algunos destacados nombres de las letras hispanoamericanas: Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Juan Rulfo… Ahora se centra en su propia persona, y nos regala un delicioso libro no exento de sentido del humor, lo que acrecienta una atractiva lectura.