AL AIRE LIBRE

LOS INTELECTUALES Y LOS TOROS

Luis María ANSON | Lunes 17 de noviembre de 2025
En la carta 531 de su célebre Opus Epistolarum (Alcalá, 1530), Pedro Mártir-Anghiera da testimonio...

En la carta 531 de su célebre Opus Epistolarum (Alcalá, 1530), Pedro Mártir-Anghiera da testimonio de que Fernando el Católico tomó un brebaje compuesto por testículos molidos de un toro con la esperanza de tener hijos de su segunda mujer, Germana de Foix. Clareaba ya la Edad Moderna y todavía los españoles, incluido el Monarca, creían en el poder mágico del toro para transmitir y transustanciar la potencia procreativa. Espinosa, en una obra que es un racimo de fruta fresca para el buen gusto literario, recoge la tradición española del oricuerno. Se cuenta en ella la historia de una muchacha que tomó el nombre de Carlos y se hizo pasar por hombre para escapar de la justicia. “Carlos” comenzó a trabajar en un pueblo, y la hija de su amo se enamoró de él. Se casaron. La esposa, al descubrir el sexo del marido, prefirió ocultar el hecho, pero como sospecharan el padre y sus amigos, le llevaron un día de caza para obligar a “Carlos” a bañarse en el río y salir de dudas.

Después de comer dijo el pare a los caballeros:

-Ahora a los baños, a bañarse al río.

Y entonces dijo Carlos:

-Espérenme un poco, que yo tengo que ir a hacer mi necesidad.

Conque se fue solo y se sentó en un canto muy triste, cuando venir un bicho con unas astas muy largas. Y se acercó le dijo que se desnudara. Y se desnudó, y el bicho, que era el oricuerno, le hizo una cruz con el cuerno sobre el empeine y al momento la moza se volvió hombre. Y se desapareció el oricuerno, y Carlos volvió al río donde estaban los hombres y se desnudó y entró a bañarse, y todos vieron que era hombre.

Conque ya todos vieron que no era mujer. Y se volvieron todos a casa. Y cuando vieron que también Carlos venía, entró el criado y le dijo a la novia:

-¿Sabe usted, señorita, que también viene Carlos?

Y ella, que como sabía que ahora sí iban a ver que Carlos no era hombre, le había dicho adiós por la eternidad, se sorprendió mucho y le dijo al criado:

-Pero ¿cómo es posible? ¿Sabes lo que dices?

Y salió al balcón y le vio venir. Y ya llegó Carlos y le contó a ella lo que le había pasado.

El factor sexual es, sin duda, una de las vértebras dorsales en el origen de la moderna corrida de toros. Sin la creencia popular en la capacidad mágica del toro para transmitir el poder genético, posiblemente no hubiera llegado a cuajar la corrida tal y como la contemplamos hoy. Sobre esta idea, Ángel Álvarez de Miranda escribió hace tiempo un libro fundamental, de lectura imprescindible para todos los que quieran estudiar con seriedad el origen de la fiesta. Tal vez el gran historiador pansexualizó un tema que, a mi entender, tiene varias vertientes diferenciadas, aunque nunca demasiado nítidas, pero los datos de primera mano que aporta, el minucioso trabajo de investigación y de síntesis y la clarividencia en la interpretación y el juicio, hacen de su Rito y juegos del toro un libro excepcional.

Estudia Álvarez de Miranda un tema muy conocido: la corrida nupcial. Las primeras “corridas” en España se celebraron en ocasión de las bodas. La “corrida” más antigua, según el conde las Navas, fue en 1080 con motivo del matrimonio en Ávila entre el Infante Sancho de Estrada y doña Urraca Flores. Pero la intervención del toro en la ceremonia nupcial es anterior y común a la mayor parte de las regiones de España. Gracias a una cantiga de Alfonso el Sabio y a otros textos y representaciones artísticas, se puede reproducir bastante fielmente una corrida nupcial. Antes de la boda, el novio “corría” un toro y lo conducía a la casa de la novia. Los mozos le pasaban con sus capas y le lanzaban para enfurecerle azagayas y arponcillos, origen muy posible de las banderillas actuales. Para correr al animal por las calles del pueblo los mozos utilizaban sus capas de vestir, el tradicional capote español de color gris, casi idéntico al que en su versión roja y amarilla se emplea en las modernas corridas. En una miniatura de las Cantigas de Santa María (códice de El Escorial, T-J-I), la forma como un mozo tiende el capote al toro tras una valla es idéntica a la del peón actual tras el burladero. La novia tendría también su intervención. Lo que pretendía el novio con este juego era “poner los vestidos de ella en contacto con el animal genésico, contacto destinado a transmitir, mágicamente la virtud del toro”, es decir, garantizar que el matrimonio tendía hijos. Se escogía, por eso, un toro particularmente bravo, “porque la bravura es, ante todo, el exponente del hipergenitalismo”. Como se ve, este factor de la bravura está siempre en el fondo de la fiesta. Sin él no existiría la corrida. El rito taurino nupcial, que es el origen medieval de las corridas de toros, explica de la capa, de las banderillas y de la muleta, es decir, de los instrumentos que se utilizan para ejecutar las principales suertes. La vara deriva más bien, según algunos historiadores, del alanceo caballeresco. (Insisto en este punto sustancial porque es muy frecuente entre los aficionados españoles la afirmación de que la fiesta de los toros, la lidia a pie, deriva del alanceo a caballo. Las corridas nupciales, que se celebraban en casi todos los pueblos de España, corridas anteriores en varios siglos al toreo a caballo, demuestran claramente que el origen de la fiesta es popular y no caballeresco).

El toro considerado como depósito de energía engendradora se remonta al alba de la Historia y penetra en todas las religiones primitivas. Al nombre sumerio del toro, “gud”, se le añade después el nombre de ellos órganos sexuales, “gio”. Todas las primeras denominaciones del animal, recopiladas por Miranda: “bulle”, en alemán antiguo; “bole”, en viejo normando; el “bulluc” anglosajón y el más conocido apodo griego “phallos”, aluden a la potencia sexual. Y lo mismo ocurre con las artes del toro, siempre entreveradas de la imagen “ithiphalica”. La prueba medieval del toro contra la sodomía responde a esta misma idea.

Los hititas y los arameos llamaban al toro “el que trae la lluvia”. El agua empapa la tierra y la penetra hasta su entraña para sentir el nuevo latido de vida. El toro derribado sobre el pecho de España derrama su sangre fecunda y humillada, tensos en el arco de los pitones milenios de los ritos y costumbres ancestrales.

Las corridas de toros son, pues, el resultado de oscuros ritos religiosos, del sacrificio del expiatorio, de las costumbres ancestrales de la tierra y del viento, del circo de la Roma colonizadora, de paganos terrores, del arte nuevo de la lidia. Todos esos ingredientes sustanciales y algunos más ocasionales se entreveran y se funden entre sí, en cuatro milenios de Historia, para producir la soldadura que hoy llamamos corrida de toros.

Espigar los orígenes religiosos de la fiesta taurina es tarea imprescindible para abordar, desde la necesaria altura intelectual, un hecho histórico como el de los toros, tan trascendente en el recto entendimiento del “homo hispanus” y del ser de España. Las ramas y el tronco del árbol están a la vista y, por eso, desenterrar las raíces constituye esfuerzo arriscado y apasionante. La equivocación entre tanta tierra vieja como estruja esas raíces y las confunde es fácil, pero vale la pena correr el riesgo y meter las manos en el hoyo milenario hasta tocar la savia primera del sacrificio de los toros. Ortega, con agudeza, y Cossío, con erudición, y también Menéndez Pelayo y Vossler, por ejemplo, se han ocupado del problema

En el antiguo Oriente Medio, el toro fue siempre el símbolo de la fuerza viril y de la divinidad, y a veces la divinidad misma. Así, Marduk y Sin, en Babilonia; así El, en Fenicia; así, Tot y Osiris, en Egipto. Un hijo de Osiris, Hércules, al que no hay que confundir con el olímpico, vino a España para terminar con los rebaños de toros en Gerión. Se entrelazan aquí los mimbres de la Historia y la mitología en un cañamazo muy interesante. En el antiguo Egipto también se veneraba a toros vivos, Apis y Mnevis, como encarnaciones divinas. En algunas tribus árabes de la época se le adoraba como dios luna. Los cauces de la penetración taurina en España son varios, pero el de los árabes de puede ser uno de ellos. En la Edad Media española hay algún rito muy preciso que relaciona al toro con la luna. Y esa relación, absurda e incomprensible sin el origen religioso, llega hasta una buena parte de la poesía taurina contemporánea.

Los hebreos llamaban al toro y al becerro “egei”, que es un término despreciativo. Yeroboam, en el siglo V antes de Cristo, instituyó el culto al becerro en los santuarios de BET-El y Dan. Con ello evitaba que sus súbditos desangraran la hacienda del reino acudiendo al templo de Jerusalén. Los sacerdotes de la Ciudad Santa se dieron cuenta de que perdían el turismo de aquella época, que eran las peregrinaciones. Así que acusaron de apóstata al culto del becerro. Noth, en un libro reciente -Ueberlieferungsgeschichte des Pentateuch-, lanza la audaz teoría de que la orgía ante el becerro de oro, permitida por Aarón mientras Moisés ascendía al Sinaí, era en realidad una reacción contra la apostasía de Bet-El y Dan. Posteriormente los israelitas, y más tarde la tradición cristiana, modificaron el símbolo divino y se lo atribuyeron, sobre todo, al cordero. “Cordero de Dios que quitas los pecados del Mundo”. La simbología animal todavía tenía mucha fuerza en tiempos de Jesucristo, y el Nuevo Testamento representa al Espíritu Santo, tercera persona de la Trinidad Divina, en forma de paloma.