AL AIRE LIBRE

LOS INTELECTUALES Y LOS TOROS Y II

Luis María ANSON | Martes 18 de noviembre de 2025
Tengo para mí que las dos formas supremas que tomó el toro engendrador a lo largo de la Historia...

Tengo para mí que las dos formas supremas que tomó el toro engendrador a lo largo de la Historia fueron: la especie sagrada en la India y la corrida en España. Al este y al oeste de Oriente Medio se han producido infinidad de fórmulas religiosas y paganas en torno al toro. En unas se considera al animal víctima propiciatoria que se sacrifica a la divinidad; en otras se le considera divinidad en sí misma. Después de reiterados viajes al Medio y Extremo Oriente, después de largas horas de lectura y meditación, he llegado al convencimiento de las profundas analogías que existen entre la vaca sagrada hindú y la corrida de toros íbera. El toro -animal sagrado- deriva hacia las especies religiosas e intocables de la India. El toro – animal sacrificado a la divinidad- desemboca, a través de Creta y la cultura mediterránea en la corrida española. El origen es el mismo: el toro de las primeras culturas medio orientales, impregnado de religiosidad por circunstancias sexuales, por su carácter de semental, de engendrador, de fecundador.

Este culto religioso se desarrolló en España en la época de los íberos, como han estudiado muy bien José Ignacio Calvo y José María de Cossío. Recibió a continuación la influencia del circo romano, que lo deformó y lo convirtió en espectáculo. Alentó todavía en algunas manifestaciones religiosas de la Edad Media, muchas de ellas conservadas todavía hoy por la tradición y la costumbre. Tomó forma concreta en las corridas nupciales, según he analizado antes. Y concluyó por florecer y robustecerse en la Edad Moderna, a través de Francisco Montes “Paquiro”, a través de la legislación y ordenación, con el arte de la lidia, de lo que ahora llamamos la corrida, hasta el punto de que las primeras raíces religiosas quedaron ocultas y olvidadas, y sólo se perciben actualmente en ciertas ceremonias que tienen algo de ritos antiquísimos. La verónica se llama así, en oscuro sentido religioso, porque el capote empapa la faz del toro que va a sufrir pasión y muerte. Al cortar la oreja, el torero se lleva a medias un trofeo y a medias una reliquia de la deidad sacrificada. El apéndice era sólo un comprobante, un recibo, en el toreo a caballo. Al brindar, en fin, se hace como el sacerdote ante el altar, la ofrenda del sacrificio del animal que va a morir.

Hemos dejado al este del Oriente Medio el fenómeno de la vaca sagrada (que exige en sí mismo un estudio aparte) y vamos a continuar con el análisis de la sexualidad en los toros, espigando, aunque sea brevemente, en el trigal fecundo de las culturas religiosas mediterráneas. Entre ellas, la manifestación antigua más interesante que relacional al toro con el rito religioso es, tal vez, la “taurkathapsia” cretense, estudiada profundamente por Pijoan, En los frescos del palacio de Knosos, que tienen un indudable carácter religioso, las figuras que esquivan las embestidas del toro se encuentran en posiciones muy semejantes a las que se adoptan en las actuales corridas. En la “taurokathapsia” o “salto del toro”, las figuras acróbatas llevan, según señala Pijoan, un nudo ritual en la cabeza. La mayor parte de esas figuras no son hombres, sino mujeres casi desnudas, auxiliadas por los “kuroi” o muchachos. En el sacrificio cretense de los toros intervienen, por consiguiente, sacerdotisas, no sacerdotes. Un erudito español, al referirse a las ceremonias taurinas de Creta, cita a Dimitri Marejkovsky, y subraya con él “el carácter sangriento y trágico de tales ritos”. En la Creta antigua no se deifica al toro ni se le considera tampoco como símbolo de la divinidad, sino que se le utiliza como víctima propiciatoria. Su sacrificio, para aplacar a los dioses o para obtener de ellos alguna gracia, es realizado por sacerdotisas que ejecutan peligrosas acrobacias, como una especie de lidia, antes de consumar la muerte de la bestia. Hemos llegado a un punto cardinal que entronca de forma directa con el sentido actual del toreo. Carlos Luis Álvarez lo ha resumido agudamente: “Es el torero sacerdote de su sacrificio? No. El torero es la sacerdotisa. Es preciso revelar, aun a riesgo de ser lapidados inmediatamente, la esencial feminidad del torero”. En la corrida de toros, la virilidad está representada por el toro, no por el torero. El torero significa la feminidad. No se puede entender cabalmente lo que ocurre en la arena sin plantear este principio básico que se evade ya de la frontera religiosa para empaparse de sexualidad.

Pero no perdamos de vista al conjunto. El factor sexual es uno más entre los varios ingredientes históricos (ritos religiosos, sacrificio expiatorio, costumbres ancestrales, circo de Roma, juegos paganos, arte nuevo de la lidia) que, fundidos en los oscuros crisoles de los siglos, forman lo que hoy llamamos corrida de toros.

Regresemos ahora a la idea del toro, considerado por casi todas las culturas del antiguo Oriente Medio como depósito de energía engendradora. Esa idea se entretejió incluso en las tradiciones religiosas del hinduismo, y así, en los templos de Shiva, el poder reproductor está representado a veces por símbolos fálicos y más a menudo por Nandi, el toro. Se creía en la antigüedad, a causa de ese factor mágico común a todas las manifestaciones religiosas primitivas, que el sacrificio del altar proporcionaba al que lo ofrecía las cualidades del animal sacrificado. Por eso el sacerdote y el pueblo comían la carne de la víctima, bebían su sangre o se la derramaban sobre la cabeza y el cuerpo. No se puede considerar al cristianismo ajeno a esta tradición, vieja como la Humanidad. La sangre del Hijo del Hombre fue derramada en beneficio de muchos para la remisión de los pecados. En la comunión se come realmente, sin metáforas, el cuerpo de Cristo y se bebe su sangre. Como explica el teólogo Haag, la bebida de la sangre de Cristo expresa la unión con el Redentor que el cristiano alcanza por la eucaristía, y en ella encuentra su realización más sublime la idea veterotestamentaria del parentesco de sangre entre Dios y los hombres en virtud de la alianza. Las prácticas antiguas han llegado a la América de hoy, y los incas ejecutan todavía, ante las colinas de Cuzco, unas danzas que son mezcla de ritos paganos y ceremonias cristianas. Luego saludan a la diosa del Sol y le ofrecen en sacrificio una llama negra, cuya sangre se amasa con harina bendecida, y todos comen del extraño alimento.

No resulta sorprendente, como especificaba antes, que en las primeras culturas mediterráneas se esperase del toro la gracia de la fecundidad y la energía reproductora. Álvarez de Miranda, y también Pestalozza, en su libro Religione mediterránea, explican que durante la estancia del toro Apis, dios viviente, en el Egipto Medio, las doncellas desnudaban su vientre frente a él con la esperanza de recibir el hálito de la deidad taurina y tener, de esta forma, la seguridad de que el varón las fecundaría. Así lo cuenta Herodoto. Los cristianos actuales esperan las más variadas gracias con sólo tocar las reliquias de diversos santos. En la mitología griega, Zeus adoptó la forma del toro engendrador para raptar a la ninfa virgen Europa. La transformación de sexo de la mujer disfrazada de hombre, o viceversa (la historia del oricuerno), es conocida también en versiones populares tanto en Europa como en América. El cambio de sexo resulta frecuente en las literaturas antiguas, que se anticiparon a los actuales experimentos biológicos, aunque no siempre interviene el toro, como por ejemplo en algunas de las metamorfosis de Ovidio y en el célebre relato de la hija del rey Drupada del “Mahabharata” hindú. La res brava erizada de furia representa, pues, la virilidad en nuestras corridas de toros. Debilitar al animal o disminuir su fuerza o sus pitones significa desvirtuar la esencia de la fiesta.

Frente al macho que arremete con poder, la sacerdotisa juega la gracia de los quiebros. Hasta doblegarle y dominarle. La ofrenda que hace de la víctima a la divinidad, como se ve en algunos frescos de Knosos, llega hasta el brindis actual, en el que el torero ofrece, con carácter de rito, la muerte del toro tras el tercio de banderillas. El torero, pues, hereda el puesto de la sacerdotisa. Es la feminidad en la corrida. Con esta afirmación no pretendo poner en duda la personal y evidente masculinidad del diestro, sino el papel que le toca desempeñar en el sacrificio de los toros. Al pasar de capa y de muleta y al banderillear, el juego de quiebros y escorzos y el traje de luces, ritual femenino, traen a la memoria a la hembra que encela al macho. En el Royal Museum de Toronto se conserva una escultura cretense, de marfil y oro, que representa a una sacerdotisa ante el toro. Su actitud es idéntica a la de un banderillero que citara el quiebro.

La “taurokathapsia” cretense -rito y sexo a la vez- perdura sin duda, aunque de forma imprecisa, en nuestras corridas. El extranjero que acude por vez primera a la fiesta se siente muchas veces solicitado por una corriente erótica, que a menudo le electriza. Es un sentimiento impalpable, pero hondo y real, y Hemingway lo hizo notar con gran penetración, aunque sin explicarlos. La mujer se esponja en el tendido. Y parece que de la arena y del sol se levanta una llamada a la voluptuosidad. Es, tal vez, el encuentro con la sangre, con las gotas de vida que le resbalan al toro por la callada piel. La bestia añora entonces la soledad de sus campos, sus campos de arcilla y de hierba, y eleva un mugido inmenso desde la media luna de los pitones para amedrentar a las sombras, a la noche, a la muerte que llega.