Desacreditar al pluralismo es una actitud que se ha generalizado desde que el poder ejecutivo cambió su estrategia para pasar a ser oposición de la oposición. El manual de resiliencia pasó a ser un manual del descrédito que ha ido impregnando el clima político y el fervor social. La alternancia, el procedimiento previsto para asegurar la libertad de opinión, fuente del pluralismo social, se presenta como sospechosa. La táctica de permanecer en el poder al precio que sea para evitar que las causas de corrupción prosperen, emponzoña el debate e imposibilita cualquier entendimiento. El descrédito se generaliza cuando la sospecha es blanqueada por el fanatismo de los que no están dispuestos a aceptar la corrupción de los suyos y restriega en la oposición los pecados del pasado, ya enmendados por la justicia o por las urnas, como si fueran aromas del presente. En el lodazal siempre hay fango que repartir. Un toma y daca del y tu más agota el crédito de los participantes. Para degustarlo basta atender a los columnistas de la televisión pública en general y de los tertulianos de las privadas en su diaria confrontación. La política ha perdido prestigio ante el ciudadano porque todos los actores se ven continuamente forzados a jugar al descrédito. El que más gana no es el más acreditado, sino el menos desacreditado. Las desacreditadas encuestas del CIS no aprueban a ningún líder, pero resulta paradójico el menos reconocido o el más denigrado en las encuestas sea el único que gana votos. Obviamente, cuando el elector aprecia que el crédito político no es apreciado ni por los políticos, el descrédito no hace daño.
Aunque el ambiente huela a podrido en el reino, todavía resisten algunas burbujas de crédito que puedan citarse: a trancas y barrancas la UCO consigue desembarazarse de la cloaca pestilente que trata de amordazarla; el Ejército, por disciplina, discreción y marcialidad, conserva su dignidad en tiempos de penuria; la Justicia, cercada por la presión sobre fiscales y jueces, todavía da pruebas de imparcialidad. De todas reluce la institución monárquica, aunque se vea obligada a afrontar los impulsos internos que empañan la credibilidad de Juan Carlos I, el instaurador de la democracia relegado de participación y de reconocimiento al cumplirse medio siglo de iniciarse el reinado.
En medio del envilecimiento colectivo, el rey Felipe VI tiene que celebrar la efemérides aceptando la ausencia de su padre y restaurar el prestigio de la Corona en parte dilapidado por la licencia de su progenitor consigo mismo. Desde entonces, contra viento, marea, bulos, intromisiones, teniendo que afrontar las situaciones más comprometidas que pudieran pronosticarse, ha conseguido Felipe VI que el prestigio de la Corona emerja sobre el deteriorado panorama. ¿Qué ascendencia conservaría hoy sobre el conjunto de españoles si no hubiera salido a decirle a los patriotas catalanes que el Rey estaba junto a ellos? Imaginemos por un momento que, en lugar de quedarse en el barro de Paiporta para interesarse por los daños sufridos, escuchar los lamentos de los damnificados, exponerse a las iras del sufrimiento, hubiera salido corriendo a refugiarse entre guardaespaldas y policías. ¿Qué se diría que no se haya dicho de su padre cuando ató su imagen al placer de matar un elefante africano?
El crédito del Rey no obedece a una estrategia para mantener un liderazgo comprometido. No recurre al simulacro fingiendo una retirada de cinco días dedicada a reflexionar sobre una decisión tomada de antemano sobre si vuelve o no al poder para salvar al país de la máquina de fango que en el retiro va preparando para ensuciar la opinión pública. El prestigio de la Corona emana de la consistencia de la conducta real, brota de la dignidad de la realeza aprendida durante la educación del príncipe, una disciplina de contención de las ansiedades del cuerpo que su padre no supo controlar que debilita la fortaleza del espíritu. Ortega y Gasset reclamó a los políticos esta disciplina. Fue la que llevó al padre a mantener la Monarquía representativa en los difíciles momentos del asalto al Congreso. Juan Carlos I cedió a las pasiones humanas, pero respondió al patriotismo constitucional. Felipe VI responde con su presencia en Paiporta a lo que el ciudadano espera de quien asume una responsabilidad junto a los suyos. Está junto a los bomberos cuando toda Castilla arde, mientras el gobierno finge que ignora las brasas; comparece en unos funerales ficticios que le obliga a sentarse en una silla de tijera porque la dignidad la origina su presencia sin necesidad de protectores que la arropen. Puede andar solo por la calle porque en la calle le van a recibir. Irá al Congreso a celebrar la transición, donde los congresistas independentistas, comunistas y ultraderechistas se alían para no ir a recibirle. ¿Por qué abandonar el Rey a un gobierno que sustituye el Altar por la silla de tijera e ignora los premios Príncipe de Asturias? ¿Qué de la educación de la Princesa Leonor explica que Vox le dé la espalda?
La Educación del príncipe tiene que tener en cuenta que “el propósito del tirano es realizar siempre su capricho; y, al revés, el del monarca solamente lo que es recto. El tirano ejerce el mando para sí, el rey para la república, que hace el bien a los ciudadanos”, escribió Erasmo. Lo que hace al rey distinto de un tirano es que la Monarquía sirva al bien de la República. Felipe VI tiene que calibrar ambos ingredientes. Lo que a juicio del vulgo puede hacerle parecer insensible, a juicio de la responsabilidad institucional es lo que tiene que hacer para que la Monarquía luzca el respeto que merece su crédito.
Ceder a las pasiones humanas es tan humano que, como dijo Erasmo a propósito de un amigo mujeriego, su promiscuidad “para nadie es peor que para sí”. Es la pena que se obliga a purgar a quien la educación preparó para ser ejemplar, pero su conducta, expuesta a los comentarios del vulgo, quedó por debajo de lo que el vulgo espera cuando la juzga la opinión vulgar. En la memoria evanescente del calendario de páginas rosa, la promiscuidad queda para olvidarse. La altura de miras de Juan Carlos I al responder cuando le llamó el deber patrióticos no caerá en el olvido. En el recuerdo histórico de haber respondido cuando debía hacerlo no tendrá cancelación.