Opinión

Frankenstein

TRIBUNA

Joaquín del Palacio | Viernes 21 de noviembre de 2025

Cuando uno ve una película como esta en el cine —es imperativo verla en sala grande— tiene dos opciones en colisión: Diseccionarla buscando contradicciones y fallos o dejarse embriagar por las imágenes y el relato. Yo hice solo lo segundo, la vida es corta para vivirla con melancolía o rencor, y ahora me limitaré a intentar transmitir esas sensaciones vividas. Crear una fábula sobre una fábula es un camino que dependiendo del autor podría ser infumable. Guillermo del Toro parece que tiene el don de encontrar belleza dentro de la fealdad y su Frankenstein deshace el arquetipo del monstruo feo y bobo sin faltar a la esencia original. Es extraña la idea de que del Toro haga siempre la misma película y siempre me entusiasme.

Está claro que en su interior subyace una idea del mito de Prometeo erigido en dios creador y nos transmite esa idea con un virtuosismo tan genial, que si en vez de tres horas durara seis, el que esto escribe seguiría allí pegado a su butaca, ya con hambre, porque me parece monstruoso —peor que el Frankenstein de la pantalla— comer en el cine, pero hipnotizado con esas imágenes irreales de tan bellas. Y sí, son irreales, pero ¿quién dice que en la realidad está la belleza? Y sin más preámbulos pretenciosos, vayamos al grano.

Del Toro divide su Frankenstein en un prólogo que es a la vez el comienzo y el final de la historia y que tiene lugar en un barco danés atrapado el hielo ártico, y tres actos desde dos perspectivas. Una que nos relata el pasado del Dr. Víctor Frankenstein, acercándonos a su infancia y primeros años, otro se centra en la construcción del experimento origen de la historia, y un tercero da voz a su criatura y permite que ella misma se explique y rellene los flecos fundamentales que quedaban por resolver del cuento. Todos ellos confluyen en una serie de ideas fijas como el tormento de la continuidad entre los abusos sufridos y los causados. Padre violento crea hijo violento. Víctor Frankenstein (Oscar Isaac), sufre de la violencia de su padre en la infancia. El modelo aprendido se replicará sin medida con su creación asimilada a hijo.

Es el «padre» de una criatura (Jacob Elordi), que tras sus cicatrices esconde la belleza en estado puro, sin contaminar por la crueldad del mundo. Es precisamente ese padre quien le comienza a mostrar esa crueldad inherente al ser humano. Y su «hijo» redefine el modelo del buen salvaje y aprende a pensar por sí mismo, aprende de la bondad y de la crueldad en solitario, con la observación de la vida en una granja donde la relación entre un anciano ciego y su nieta le dan muchas claves de lo que es el amor puro; aprende también de los golpes de la vida, recibidos de múltiples maneras, y sus pensamientos, cada vez más complejos, le llevan a asimilar quién es, una cuestión clave en la vida del hombre. Una pregunta que muchos, pese a no ser confeccionados con flecos de muertos, jamás resuelven.

Y tras el monstruo que todos ven, solo Elisabeth, (Mia Goth), prometida del hermano de Víctor, descubre belleza. Ella genera una empatía con la criatura que quizá en algunos momentos es demasiado sensual, pero ajena a los clichés melodramáticos en los que podrían caer otros directores. El personaje de Elisabeth es clave porque primero flirtea con Víctor y le confunde, y luego es quien hace entender al monstruo lo que es el amor carnal y la pérdida. Con su muerte le enfrenta a él a su condición de inmortal, una condición que nos introduce en la perspectiva filosófica de la película y que deviene en una cárcel de la que nunca puedes huir.

La muerte no es el final, tampoco para ese monstruo porque nunca llegará. Esa criatura persigue a su creador por el mundo y le demanda como único favor que haga para él una mujer con la que sobrellevar esa indeseada inmortalidad en pareja, en amor. Y esa búsqueda le lleva al Ártico, y al comienzo y final de la historia, al perdón sin redención.

Siguiendo con esa perspectiva filosófica, Milton y su Paraíso perdido juegan un rol fundamental en la historia. Cuando algo aparece en una película siempre es por una razón muy meditada por el director. El libro de Milton es una de las piezas clave, es una historia sobre sentirse perdido en un mundo que no comprendes, un mundo cruel que necesita ser explicado. Todos llegamos al mundo solos y aprendemos de quienes nos acompañan, sea para bien o para mal. Si quienes te acompañan en esos primeros días se limitan a atarte, golpearte y humillarte, el resultado será previsible.

El libre albedrío aparece como una forma de elección muy unida a la inteligencia, pero nadie puede gozar del libre albedrío siendo inmortal. Del Toro, con su interpretación del libro de Mary Shelley —una de las más rigurosas en cuanto a la historia general— ha querido lanzarnos varios mensajes en una película que dependiendo del espectador podría limitarse a ser cine gótico, de terror, de aventuras e incluso, por qué no, de superhéroes. Yo prefiero quedarme con esa vertiente filosófica que nos enfrenta con realidades que a todos nos atañen y rozan porque son esencias del ser humano.

Otro punto destacable es el narcisismo de Víctor, que crea su sueño sin pensar ni por un momento en sus consecuencias. Juega a ser dios sin entrar nunca en la perspectiva filosófica de su creación, centrado únicamente en la ciencia y la tecnología. Fue el XIX un siglo donde los avances científicos pusieron a disposición de la humanidad enormes frutos tecnológicos, y muchos de ellos trajeron consigo la negación de la divinidad. El científico representado por Frankenstein fue cada vez más consciente de su parte animal y mecánica, de las energías que confluyen en la vida, del sistema límbico como subsistema ignorado hasta entonces, y dejó de hacerse preguntas que fueran más allá de esa realidad meramente física.

Todo esto nos da una realidad sobre el relato y su perspectiva humana, filosófica y tecnológica, pero queda por contar algo que sublima ese mismo relato que es la estética, la dirección de arte, los escenarios, la fotografía y los ciento veinte millones de dólares que ha costado. Tanto los vestidos —modernos y más propios de Rosalía que de una mujer del XIX—, como los paisajes y enclaves son de una belleza aterradora. Desde las imágenes árticas, hasta las victorianas —que por cierto, no responden ni a la cronología, casi cuarenta años posterior, ni al lugar, que en el original es Suiza— pasando por un lugar bellísimo en una campiña con montañas nevadas al fondo, durante toda la película se destila frialdad. Entiendo que ha sido uno de los posibles resortes utilizados por el director para condensar esas relaciones entre los protagonistas de su historia.

Los escenarios góticos, castillos, casas, calles embarradas de Londres, hielos, interiores, exteriores, vestidos conforman un virtuosismo esencial para transmitirnos el relato y le dan un punto épico, donde quizá lo único que sobra en ciertos momentos es el exceso de gore y víscera, que podría ser más implícito. El valor de esta película es reunir una historia y un relato apasionante e intergeneracional con una puesta en escena y unos decorados grandiosos, muy propios de un director que combina mejor que ningún otro el elemento monstruoso con la fragilidad y el amor.

Como decía Núñez de Arce, «cuanto más adelantados estamos en la senda de los progresos materiales, tanto más fácil es que caigamos en la abyección, en la demencia y en la tiranía, especialmente si se pierde el sentido moral y las virtudes nos abandonan, porque cuando los dioses se van, no se van solos; la dignidad humana los acompaña».