A menudo se conciben las relaciones internacionales como el reino de lo amoral, el ámbito del poder y de la fuerza en el cual solamente rigen criterios de interés y de imposición según la capacidad de ejercer presión de cualquier tipo de unas naciones sobre otras. Es la concepción “realista”, cruda, pesimista en cuanto a un posible orden mundial regido por parámetros diferentes. Detrás subyace una visión antropológica negativa, de inspiración hobbesiana, en la que “el hombre es un lobo para el hombre” y se entiende al ser humano como incapaz del bien: corrompido en su naturaleza por el mal, en la línea luterano-protestante.
Es una visión opuesta a la de matriz católica en la que, efectivamente, admitir el hecho de la libertad ante el bien y el mal de las acciones humanas es esencial. Por ello apuesto personalmente por la horma hispánica en el ámbito del análisis del comportamiento internacional, más que por la anglosajona. Es la antigua disputa entre el De libre arbitrio de raigambre católica y el De servo arbitrio luterano. De hecho, la Paz de Westfalia (1648), que reordenó Europa según las diferentes confesiones religiosas cristianas, trajo consigo progresivamente el fin de un orden y el inicio de otro: el de la razón de estado y la balanza de poder entre potencias.
En las relaciones internacionales esta controversia se transforma en una antropología donde cabe el ejercicio de la libertad en aras del bien común y las acciones virtuosas en términos aristotélicos (con la necesaria colaboración de la gracia -en términos ya teológicos-) o su antagonista: en la cual el ser humano no es capaz de realizar el bien por su herida original -completa e irremediable- y su falta de libertad para el bien, si no es en la medida de su muy débil naturaleza (el acto ético excelente, también en términos aristotélicos, sólo es posible por la ayuda divina, la justificación por la gracia teológicamente hablando: dada la incapacidad para las “buenas obras” -en términos protestantes-).
Como dijera Donoso Cortés todo problema político es en el fondo un asunto teológico y esto se comprueba bien a las claras en las diferencias entre el humanismo cristiano o bien católico o bien protestante que han regido de manera diferente la esfera de la política mundial. En esta medida, el perfil netamente anglosajón que marcó el final del siglo XIX y por completo el s. XX han caracterizado de manera muy notable el pesimismo antropológico y la consideración muy negativa de las posibilidades morales del orden mundial (R. Niebuhr, teólogo protestante y politólogo fue considerado como “el padre de todos nosotros” por los partidarios del realismo). Obviamente, esta descripción es muy sucinta y esquemática, con muchos matices, pero valga como pincelada inicial de brocha gorda.
Ha habido otro factor importante en la negatividad con que se percibe el mundo de las relaciones interestatales. Y es en el progresivo pero nunca acabado proceso de progresión de una mentalidad jurídico internacionalista de matriz estatocéntrica y de una “sociedad internacional” (compuesta por miembros particulares y relacionados conflictivamente) a una concepción interestatal como "comunidad global", interrelacionada y, por tanto, interdependiente. En este último caso el Derecho Internacional se configura de manera totalmente renovada: y es el camino recorrido desde la I Guerra Mundial hasta nuestros días.
Ha habido dos grandes intentos, reactivos a los dos grandes desastres bélicos del siglo pasado, de configuración de una alianza multilateral solidaria y con criterios éticos: el Pacto de la Sociedad de Naciones y el sistema de Naciones Unidas. El primero fracasó por, al decir de algunos, ser demasiado dependiente de los Tratados de Paz de París tras la Gran Guerra y, añaden otros, por estar lastrado aún por un estatocentrismo demasiado acentuado que impidió un afrontamiento verdaderamente colectivo y marcado por una auténtica solidaridad de los retos de entonces.
El sistema actual de la ONU ha logrado una mayor colaboración interestatal y un mayor multilateralismo, al tiempo que se ha desarrollado un Derecho Internacional no sólo supeditado a las cuestiones de estricta soberanía nacional (yendo más allá del aislacionismo y las razones de estado propias de la edad moderna). Con sus muchas deficiencias y las necesarias y urgentes reformas pendientes, no cabe duda del papel considerable que han jugado las NNUU y sus agencias en el orden mundial posbélico de la II Guerra Mundial y hasta hoy, aunque debilitado en nuestros días.
Pero lo que importa aquí es señalar el avance y progreso objetivo de una consideración de la convivencia interestatal como una "comunidad internacional” más que como una "sociedad de estados” con lo que implica de introducción del factor de solidaridad internacional y de elementos éticos a tener en cuenta en su implementación. Este logro ha permitido en muchos casos una acción más coherente, conjunta y coordinada frente a diferentes retos globales, piénselo, por ejemplo, en que se redujo la tasa de pobreza extrema del 36 % de 1990 al 10 % de 2015, según el Banco Mundial. Aunque la tendencia se ralentizara y en 2025 el 8,5 % de la población todavía cuente con menos de 2,15 dólares diarios.
Este progreso en el desarrollo, así como en otros frentes (corrección de la reducción de la capa de ozono, lucha contra enfermedades endémicas, misiones de mantenimiento de la paz y reconstrucción postconflicto, libre comercio, agencias económicas multilaterales, etc.), se debe -sin duda- a planteamientos éticos compartidos, a una moralización progresiva del orden mundial (con abusos, defectos e ideologizaciones también) y a un multilateralismo sano consciente de la cada vez mayor interdependencia común. En este planteamiento que expongo no me dejo arrastrar por la ingenuidad: sin embargo, subrayo que una mayor ética en la comunidad global, que ha ido creciendo década a década, convive y ha coexistido también con la más cruda Realpolitik, con intereses exclusivos de estado, tensiones y conflictos bélicos explícitos y latentes (p. ej. la Guerra Fría), etc.
Lo que quiero hacer ver es que no existe una única dimensión, la más negativa, de la convivencia entre naciones, sociedades y culturas. También existe un desarrollo más positivo que no se puede absolutizar de manera idealista pero tampoco se puede hacer lo contrario, a la inversa. Y en la medida que vaya ganando terreno una opción frente a la otra irá siendo posible una acción conjunta más eficaz de la humanidad ante los grandes retos y amenazas que se plantean al conjunto de la misma. Las dinámicas mundiales no están destinadas al fracaso por la inevitabilidad del imperio de la maldad humana y colectiva, también es posible -y hay hechos sobrados en la Historia- que el género humano pueda hacer efectiva y eficaz una unidad que asegure un futuro alentador.