Opinión

El Príncipe mira al Continente

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 23 de noviembre de 2025

Surge un dilema con este tipo de libros. Casi todos tratan de rescatar la obra y la vida de una personalidad literaria que no conoció ni el éxito ni el reconocimiento en su tiempo, y es que son muy pocos los que sí lo consiguen. A cuentagotas, se van recuperando textos, testimonios, semblanzas por cuenta de quienes lo han estudiado y lo conocieron y trataron. El género de las memorias recibe todo ese material con los brazos abiertos, así como los lectores que ven aumentada su curiosidad. El dilema está en cuándo puede agotarse esa fuente, en cuánto da de sí el filón de la vida y obra inacabadas que son igualmente utilizadas como recursos, más aún si la personalidad literaria ha ido ganando el éxito y el reconocimiento que le fue negado en su momento.

Si el objeto de rescate y revitalización de su figura es alguien que apenas publicó en vida pero sí ha dejado un notable impacto con su trabajo, el asunto cambia. La sospecha se vuelve anhelo de aprovechar lo que se ha conservado y querer saber más. Un ejemplo bien antiguo, en el marco poético, podría ser Safo, y uno en el marco prosista y quedándonos más cerca, podría ser Giuseppe Tomasi di Lampedusa.

Gracias a la mezcla de ensayo literario y semblanza de su ahijado Gioacchino Lanza Tomasi, llega una pieza más, exquisita, que hará las delicias de los que se confiesen adeptos al mundo del novelista siciliano. Lampedusa y España, con la traducción de Andrés Barba, el prólogo de Silvano Nigro y el epílogo de Alejandro Luque y la revisión del texto a cargo de Nicoletta Polo Lanza Tomasi, explora una vía desconocida para el gran público, la relación que Lampedusa mantuvo con la literatura de nuestro país. Una relación que, casi como todas en su vida, tuvo que darse tan a destiempo como fructífera fue en sus resultados. No porque entre estas páginas vaya a descubrirse una mirada atenta a la actualidad literaria de los cincuenta en España, sino más por la circunstancia anómala de que alguien, desde su recóndita isla, decidiera mirar hacia el Continente —pues en Sicilia, el mundo se dividía así, entre ellos y el resto de Europa— y encontrase regocijo y placer en títulos tan ajenos a priori, títulos clásicos como el Quijote y el Lazarillo y algunos más recientes, como los de los poetas Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca o Jorge Guillén. Se retrata esa sensación pura de la literatura, la que permite conexiones atemporales que reclaman nuestra atención por improvisar una reunión con esas voces que, desde su distancia, entendemos como propias, nos dan o nos quitan la razón, dejándonos en un estado liviano, renunciando a todo aquello que no desemboque en una confirmación de lo sublime.

En paralelo a la devoción que Lampedusa manifestó por la literatura española, se tiene que destacar la fuerza de la narración de Lanza Tomasi, pues sirve para demostrar la herencia lampedusiana; esa irresistible manera de contar algo con añadidos que dejan entrever la vasta cultura, los matices cómicos y, de nuevo, la ligereza aristocrática para referirse a los rincones más sombríos que guarda cualquier existencia. Un libro, en definitiva, que no debe faltar entre las recomendaciones —nunca es tarde para adentrarse en estos salones— y que tiene que agradecerse por el regreso a una línea de pensamiento que, dentro de su infelicidad, transmite esa pasión libresca que ejerce en nosotros su progreso.