Opinión

Ver en cuatro dimensiones

TRIBUNA

José María Méndez | Lunes 24 de noviembre de 2025

Leo con auténtico estremecimiento el reciente y bien informado artículo de M. Alvarez, ingeniero y matemático, titulado “Proceso luego existo: muerto el perro, muerta la rabia(“El Imparcial”, 11/11/2025). Nos habla de los actuales esfuerzos de los fanáticos de la Inteligencia Artificial (IA), ampliamente financiados ya en Estados Unidos, para conseguir la inmortalidad del ser humano en este mundo. Tras la muerte, nuestras mentes quedarían instaladas en la nube digital, a la espera de una prometida resurrección, también digital.

Obviamente comparto las reservas y dudas del autor citado respecto a tan fantástica empresa. Escribe: El hombre moderno, en su intento de dominar la muerte, corre el riesgo de despojarse de lo más humano que posee -la conciencia de su finitud y el sentido último de su vida.

Lo menos que puede decirse del transhumanismo, como suele ser llamado, es que se trata de un insensato viaje a lo desconocido. En efecto los riesgos son tremendos e imprevisibles, como señala M. Alvarez. El único progreso, que verdaderamente merece el calificativo de humano, es el mejoramiento moral de las conductas, el crecimiento personal en valores, según el definitivo criterio que enunció García Morente.

Bien a la mano tenemos un ejemplo actual y generalizado. La vida humana se ha alargado de hecho desde los 70-80 años hasta los 90-100 años. En principio eso parece un gran éxito de la medicina, la higiene y la industria farmacéutica. Pero el resultado -sin duda no previsto y del todo inesperado- ha sido que nuestras ciudades están llenas de residencias de ancianos, y a su vez éstas llenas de andadores, sillas de ruedas, aparatos de oxígeno, enfermeras repartiendo pastillas y aplicando cuidados paliativos, y empleados dando de comer a los incapaces de hacerlo por sí mismos.

En consecuencia, cabe preguntarse, si haber alargado en dos décadas la vida humana ha constituido un verdadero progreso humano, o más bien la confirmación del viejo proverbio stultorum infinitus est numerus.

Jonathan Swift no fue tan ingenuo. Gulliver llega un país donde oye hablar de inmortales. Muy de vez en cuando nacía un niño o una niña con un extraño lunar en la frente. Se sabía que no morirían nunca. Gulliver expresa su mayor admiración. Sin duda serán las personas más felices del país. Me gustaría conocer alguno. Los que le oyen se miran entre sí con extrañeza y asombro. La verdad era todo lo contrario. Eran las más desgraciadas. No morían, pero envejecían inexorablemente. Su memoria se debilitaba hasta el punto de que, cuando terminaban de leer una línea, se habían olvidado de cómo empezaba. Se les pasaba una pensión durante 200 años. Pero luego estaban condenados a un hambre atroz y sin morir de inanición. En nuestros tiempos, ni siquiera serían admitidos en una residencia de ancianos.

Por todo ello me permito sugerir a los forofos entusiastas de la IA un desafío más modesto y menos arriesgado que lograr nada menos que la inmortalidad en este mundo. Se trataría sólo de conseguir que veamos en cuatro dimensiones

longitudinales.

Incluso cabe concretar este reto de una forma bien precisa.

En un número par de dimensiones no hay paridad. Dos reflexiones especulares seguidas se anulan entre sí. Por eso es posible contar todos los puntos del plano sin saltarse ninguno. En cualquiera de ellos podemos situar el origen de una espiral, que vaya recorriendo luego todos los puntos de un plano en sus dos dimensiones y sin saltarse ninguno.

Obviamente con el número par de cuatro dimensiones ocurre lo mismo. Existe, al menos en pura teoría, una curva espiral en cuatro dimensiones que hace el mismo trabajo que nuestra familiar espiral en las dos dimensiones del plano. Intelectualmente sabemos que existe tal espiral. Pero no tenemos la más remota idea de su apariencia o aspecto, por la sencilla razón de que no tenemos acceso empírico a una cuarta dimensión longitudinal.

Aunque por motivos diferentes a los que aquí nos ocupan, en un artículo anterior ofrecí dos fotografías de una maqueta que cuenta o numera todos los puntos de nuestro espacio tridimensional sin saltarse ninguno (Cfr. “Patrañas de Cantor y Gödel”, “El Imparcial” 22/05/2020. Serie 4).

Obviamente esta maqueta es descomponible en dos partes, cada una imagen especular de la otra. Estamos en un número impar de dimensiones. Pero lo que ahora enfatizamos es que podemos verla, tocarla y fotografiarla. Está dentro del alcance de nuestros sentidos.

En cambio, lo que esperamos de los exaltados hinchas de la IA es que sean capaces de fabricar o construir la maqueta equivalente de una espiral en cuatro dimensiones, y por tanto nos proporcionen la posibilidad de verla y tocarla. Y por supuesto, fotografiarla.

Mientras no lo consigan, eso será siempre una buena lección para reconocer las limitaciones de la mente humana y de la IA, algo que patentemente ignoran. Y si por fortuna lo lograran algún día, entonces se podría intentar, con mejores probabilidades y mucho menos riesgos, aspirar al supuesto ideal supremo de alcanzar la inmortalidad en este mundo. No pido más que un mínimo de prudencia, sensatez y sentido común. No vender la piel del oso antes de haberlo cazado. En todo caso, mi enhorabuena a M. Alvarez por su brillante y esclarecedor artículo.