Decir que una película concreta es tu favorita son palabras mayores. Pasa igual con las canciones, dependerá del día, del estado de ánimo, dependerá también de las conjunciones astrales que orientan los trigéminos hacia venus o su oponente. De lo que no cabe duda es de que Los santos inocentes está entre las mejores películas españolas de todos los tiempos, siendo capaz de remover a la vez conciencias de cinéfilos y de público en general, llevándonos a donde Delibes quiso llevarnos, porque su novela homónima clava el guion de la película. Esa frase manida de que una película nunca llega al nivel de la novela aquí no tiene cabida. De una novela extraordinaria salió una obra maestra del cine. Superlativos comentarios para una obra que también lo es.
Corría el año 1981, el del Golpe de Estado, cuando la novela de Miguel Delibes Los santos inocentes vio la luz. Poco tiempo después Mario Camus vislumbró que dentro de esa historia podría haber una magnífica película y se puso a trabajar en los guiones junto a Antonio Larreta (Premio Planeta 1980 por Volavérunt) y Manuel Matji. Se repartieron la novela entre los tres, y decidieron que los seis episodios de la novela se redujeran a cuatro, haciéndose cargo Camus del primero (Quirce), Larreta del segundo (Nieves) y Matji de los dos últimos (Paco el Bajo y Azarías). El ejercicio fue alabado por el propio Delibes que dio su visto bueno e incluso hizo algunas sugerencias que fueron aceptadas por el equipo como el epílogo que resuelve la vida de Azarías fuera de la finca. De la música se hizo cargo Antón García Abril, maestro de maestros, dándole el toque siniestro necesario para el acontecer de tanta oscuridad en pleno día. Si la música amansa a las fieras, aquí nos transmite injusticia y tristeza.
El lugar donde transcurre la película es más claro que en la novela. De inicio se ve un tren llegando a la estación de Zafra. La finca de La Raya debe estar en las cercanías de la frontera con Portugal, un lugar bellísimo que sirve de perfecto contraste con todo lo demás. Porque es esta una historia que retrata el mal con sutilezas inverosímiles para nuestros días, pero muy reales en su tiempo. La historia transcurre en los años sesenta y sus puntos de fuerza son la opresión, el desprecio —que puede llegar fácilmente a humillación—, la incultura, la resignación, la caza o la discapacidad intelectual. En paralelo nos ofrece un retrato de la España subdesarrollada del latifundio gobernada sin empatía de ningún tipo por clases pudientes que veían en sus sirvientes algo menos que un animal al que acariciar el lomo.
La familia de Paco (Alfredo Landa) vive en el cortijo de La Raya. Son campesinos muy pobres e incultos, con una bondad que roza lo patológico. Su mujer, Régula (Terele Pávez), además hace labores de limpieza en la casa grande, donde viven los señoritos. Tienen tres hijos, la Niña Chica (con parálisis cerebral severa, imposible olvidar sus escalofriantes chillidos), Quirce y Nieves. Estos dos jóvenes son más reacios al servilismo, el chico está haciendo el servicio militar durante parte de la historia y la chica ayuda a su madre en labores de limpieza con los señoritos.
«Ver, oír y callar» es el lema de esta familia tan dependiente del capricho de sus jefes. Y quien mejor encarna ese carácter despótico es el señorito Iván (Juan Diego), un marqués heredero que ve a sus empleados como parte de la finca, especialmente a Paco y a doña Pura (Ágata Lys). Esta última es la mujer de don Pedro (Agustín González), administrador del cortijo, con ciertos privilegios como comer en la mesa de los marqueses y por eso mismo sufridor de las mayores humillaciones. Es el personaje más desubicado de la película, viviendo entre dos mundos antagónicos. Muy notable se presenta la escena en la que don Pedro ve a su mujer mal escondida, huyendo a Madrid en el coche del señorito Iván. O que desaparezca unos días con ese mismo jefe/amante y a la vuelta tener que soportar comentarios sarcásticos y deshonrosos por parte de ese mismo Ivancito, que le desprecia precisamente por la cercanía. Siempre en el límite, en la burla suave, sin llegar a ser explícito, lo que lo hace mucho más denigrante. El necesario respeto humano está demasiado lejos y no se le espera.
La relación entre Paco y el señorito Iván es una de las claves de la película. De una aparente amistad, de un cariño lleno de vileza, similar al que pueda sentir por sus perros, en un ojeo fuerza la maquinaria y Paco «se tronza» la pierna. Poco después, tras intentar usar a Quirce como secretario, insiste en que con su hijo no quiere salir al campo, tiene la sensación de que el hijo es demasiado moderno y no acepta las jerarquías. Paco no le puede negar nada a «su» señorito y días después sale a cazar de nuevo con él (con muletas) rompiéndose de nuevo la pierna ya rota y quedando con cojera permanente. Lo irónico del momento es que cuando Paco se rompe de nuevo la pierna, el señorito le dice: «No me jodas, Paco, no me puedes dejar tirado ahora», y lo hace con irritación unida a una camaradería mal entendida, paternalista, odiosa. Tanto Alfredo Landa como Paco Rabal ganaron el premio al mejor actor en Cannes 1984 por su actuación en esta película. En mi opinión Juan Diego también debería haberlo ganado.
Personaje icónico es Azarías, «una miaja inocente» en palabras de su hermana Régula, alguien sin maldad cuyos principales amores son su graja Milana y su «Niña Chica», esta última aún más mermada de facultades mentales que él y por cierto sin nombre, lo que nos lleva a otra de las muchas metáforas de la película. Al no tener nombre le roban su identidad, su alma, y su personalidad: solo es corpórea. Según el propio Delibes son ellos dos los auténticos inocentes. Azarías, al contrario que la niña chica, es un personaje que merodea por lo cómico sin traspasarlo, lleno de elementos propios de su tiempo y lugar, escatológico, servicial, gestual, mimetizado con ese campo en el que vive y con un punto simpático que le regala Rabal. Las ropas que luce gran parte de la película pertenecieron a «Barrunta», una persona del pueblo que fue el modelo usado por el actor para incrustarse en ese papel.
El otro protagonista de la historia es el campo, omnipresente en casi todos los fotogramas. Un campo precioso, tipo dehesa, que limita a la vez que da, que es libertad y opresión: en la finca hay divisiones estrictas y zonas de sosiego. La naturaleza con sus sonidos nos envuelve y con su atmósfera nos subyuga a través de nieblas, soles, lluvias y cantos de pájaros.
Hay una escena que merece ser comentada por su despotismo dentro de un encaje festivo. La señora marquesa reúne a los criados para darles una propinilla a costa de la comunión de su nieto. Allí se ve en toda su crudeza que de nuevo intenta ser amable desde su atalaya de poder, poniendo al niño de nueve años a repartir una calderilla humillante a hombres y mujeres adultos, la mayoría padres de niños de esa edad. Es esa dicotomía entre dos clases que conviven sin rozarse, sin que ninguno de ellos sea capaz de ponerse ni por lo más remoto en la piel de los otros lo que da raigambre a la historia. En otra escena similar los marqueses han convidado a comer al embajador francés y allí, tras abundante ingesta de vino, le hacen ver que en la España de esos días se educa adecuadamente a los campesinos. Hace llamar a Régula y a Paco y estos escriben un garabato como si fueran dos monos de feria ante la atónita mirada del invitado.
El argumento es complejo porque los malos no son conscientes de serlo, y ahí radica el éxito de la historia, son parte del problema lo mismo que los buenos, han nacido en un entorno aborrecible sin saberlo y todos ellos se retroalimentan en sus dinámicas enfermizas. Solo Quirce y Nieves, hijos de Paco, se resisten a ese servilismo porque han visto más mundo y no aceptan el suyo. Al igual que ocurría con la sociedad de ese tiempo, esta película ofrece un trampantojo del entramado social franquista donde muchos aceptaban sus roles mientras otros ya se rebelaban. Para entender la metáfora hay una escena en la que el señorito pretende dar una propina a Quirce que este rechaza. Es el comienzo de la dignidad, que a veces llega con pequeños actos.
El nivel de la obra es tan elevado que situará en la misma parcela emocional a personas de cualquier ideología, porque más que de ideologías, aquí se está hablando de humanidad, o falta de ella, y se hace de un modo tan crudo y realista que por muy clasista que seas te acabará tocando. Los latifundios impedían el acceso a la tierra a los campesinos, estando obligados a trabajar para herederos que usaban esas fincas principalmente como lugar de esparcimiento —como es el caso relatado aquí— mientras los lugareños malvivían allí siempre y no tenían otra salida que ese servilismo, o morir de hambre.
El remate es algo que todos los espectadores imaginamos desde que comienza la historia. Se nos han puesto delante un desaprensivo Iván oculto bajo capas de falsa camaradería y en un alarde de frustración, tras elevar la tensión narrativa a su ebullición final, le pega un tiro a la milana. Azarías no es parte de ese entramado social, él va por libre, es una criatura que solo responde ante Dios y Dios está muy lejos del cortijo, así que ocurre lo que todos esperamos y deseamos.
Camus no solo cuenta una historia, sino que nos sumerge en ella siendo fiel a ese realismo, a esa belleza lúgubre en la que podemos oler los animales, la tierra, el viento y palpar la injusticia y la tristeza de un modo atemporal. Porque esa historia sucede en el tardofranquismo, pero igualmente podría haber sucedido en la edad media. La miseria y la injusticia no tienen época concreta.