Opinión

Torreciudad

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 12 de diciembre de 2008
Bastión espiritual de los Pirineos, nido de águilas. Heliodoro Dols Morel, Premio Nacional de Arquitectura, lo levantó sobre columnas invertidas de fortaleza minoica, Cnossos de la oración. Todo en este Santuario es adintelado; Oriente no llega aquí con sus soluciones arquitectónicas de arcos y bóvedas. Juegos matemáticos de líneas horizontales y verticales sustituyen las dovelas hasta donde parecía imposible llegar. La ley de Fibonacci, que da proporciones aúreas, consigue la curva más elegante sin la curva oriental. Geometría preclásica de ángulos rectos en donde la perfección y ajuste del nivel y la plomada, hallazgos dedálicos, llegan al delirio místico. Y algo de Dédalo hay también aquí, en estos altos del Pirineo oscense. Monumento clásico con material mudéjar, la humildad del ladrillo sobre el soberbio granito de la cordillera (gran zócalo de sillar arenisco o granítico, partes superiores de ladrillo con balcones adintelados y loggia superior). Los tejadillos que sobresalen como viseras de las graciosas ventanas de la alta y elegante torre parecen los “suppara” de una gran nave cartaginesa. Y es que algo de nave púnica también tiene este maravilloso santuario. Heliodoro Dols es un artista devoto y apasionado. Hombre delgado y elegante, recogido y espiritual, con un bigotillo de coronel británico retirado que habla con infinita modestia de su gran obra.

-Sólo hice lo que Dios me daba a entender.

Y con ello recuerda las Sagradas Escrituras: “Servi inutiles sumus: quod debuimus facere, fecimus”.

Y detrás, sobre la pared pirenaica de nieve inmaculada, uno presiente la figura heroica de Sancho Ramírez montado en su caballo negro, piafando, anheloso por entrar en Barbastro.

Armonía clásica, orden previtrubiano y tradición aragonesa componen la joya arquitectónica de Torreciudad. Las chimeneas candongas de la España céltica ( norte de Zamora ) le da al complejo un toque de misterio y transcendencia, una especie de transrrealidad y fantasía oriental de sufí arrobado.

Lo mejor de Torreciudad está construido con materiales reciclados de bellas ruinas cercanas y lejanas. Antigüedades muertas que han formado una unidad vivísima y volátil. Es un águila que levanta su vuelo gracias a los cadáveres exquisitos de pájaros pretéritos. Y todas aquellas almas voladoras armonizan ahora en un único vuelo hacia el cielo. El conjunto de distintos edificios que compone el Santuario se cierra en una única unidad artística gracias a la textura, el color y los materiales.

El retablo del gran escultor barcelonés, Juan Mayné Torras, es otro de los grandes tesoros que esconde Torreciudad. Tallado en el alabastro sacado de los Pirineos aragoneses, de quince por nueve metros, Mayné tuvo que terminarlo en el tiempo récord de 12 meses, verdadera proeza de trabajo inspirado y dedicación total, stajanovista, de día y noche en el taller, sin vacaciones ni fines de semana.

Preside, entronizada en su centro geométrico, la imagen titular que da nombre al Santuario, la Virgen de Torreciudad, bellísimamente negra, como todas las vírgenes hechas de álamo. La mayor dificultad en la realización de este grandioso trabajo consistió en ubicar en él dos enclaves, practicables desde el interior del retablo y que aparecen en su superficie: el Óculo Eucarístico, tema tradicional de los retablos aragoneses, y el Camerín de la Virgen. Todas las escenas del retablo tuvieron que rodear estos dos focos teológicos, que en cierto sentido son el contrapunto estético de la armonía narrativa que los rodea. La sencillez de los Desposorios, con el anillo de boda en la mano de San José, nos emociona. La cara concentrada de María en la Anunciación parece una invitación al recogimiento interior, a la búsqueda de un tiempo necesario para nuestro diálogo con Dios. La visita de la Virgen a su prima Santa Isabel representa la primera inclinación devota de un ser humano ante la mujer que se ha convertido en la Madre de Dios. En el Nacimiento destacan los ojos de adoración de los pastores, la Virgen y San José. La escena de la huida a Egipto expresa la inflexible determinación de María y José de dar la vida por el Niño, y en el sueño profundo del Niño percibimos la inconsciencia segura y tranquila del Infante Dios. La Sagrada Familia en la carpintería de José es una escena conmovedora: el Niño interroga a su padre con extrañeza absoluta, desde su mirada de niño con fe infinita a su papá, sobre la increíble posibilidad de que su padre haya cometido un marro con la gubia.

En la Crucifixión vemos un bellísimo Cristo muerto de piel nacarada, pero aún no lanceado. La Madre y San Juan lo miran amorosamente, como bebiendo su imagen, y dos soldados romanos lo hacen con piedad y profundidad ya religiosa. Un quinto personaje, atrás a la derecha, es otro soldado romano semioculto que mira al infinito, que escruta conmovido un misterio más allá de la realidad que nos interpela.

Finalmente, la escena de la Coronación de la Virgen nos sorprende por la joven hermosura inmaculada de la Virgen, su encantador primor nos recuerda a la Virgen que pintara Velázquez en su Coronación, pero más recogida, más ensimismada, más allá del mundo. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo están a punto de ceñirle su Corona de Reina. Siguiendo sin duda tradicionales modelos plásticos, embebidos de teología canónica, Juan Mayné ha querido que la derecha del Padre esté más cerca del centro geométrico y de la cabeza de la Virgen que la izquierda del Hijo.

Torreciudad; un santuario mariano entre montañas, ideado por un gran santo español, tocado por un enorme sentido de la belleza, el orden y el buen gusto.

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