Opinión

La pérdida voluntaria de la identidad

TRIBUNA

Pedro Gago | Sábado 29 de noviembre de 2025

Si en la democracia se da curso a las razones de la mayoría, en el sistema español el colectivismo irracional impone la obediencia ilimitada de los ciudadanos a los mandatos del gobernante. Una amplia parte de la sociedad no tiene ningún interés por la razón política, prefiere la ciega pasión ideológica. Peor todavía, al entregarse enteramente al poder, el sueño de la razón doméstica ha degenerado en lo irracional, incluso sublimando la irracionalidad. En vez de que el poder sea la expresión política de la sociedad, será la sociedad la expresión de la voluntad de poder, llegando a convertirse en el instrumento vital para los individuos entregados.

Una amplia fracción de la sociedad española ha puesto su mente y su corazón en quien encarna la ideología. -¿No será, como esperaba Höderlin, que habrán llegado los nuevos dioses?- Con esta enajenación de la personalidad y entregada su libertad, se desprende de todos los valores necesarios para formar parte de un cuerpo político democrático –automatismo amoral–. Verá el mundo desde su posición de sujeto irracional y lleno de prejuicios, que ha perdido su razón colectiva y la condición de querer un destino (Heidegger), por aferrarse al sentimiento ideológico defendiendo que el hombre nunca será libre. El individuo integrado en ella, partidario del colectivismo, al desligarse de sus capacidades nobles, sólo le quedará satisfacerse corporalmente, dando rienda cada vez más al instinto animal. Con una mente tan encogida, solo formalmente conservará el título de ciudadano. Estamos ante el nuevo despotismo pseudodemocrático, “que deja el cuerpo en libertad y oprime el alma” (A. de Tocqueville), pasando de una libertad positiva a una libertad negativa.

El colectivismo progresista prefiere más que mantener un Pactum subjectionis –“los hombres entregan al Estado sus derechos personales a cambio de recibir de él derechos sociales (B. de Jouvenel)-, avanzar hacia un sistema que imponga la más completa servidumbre. Lo está consiguiendo, porque una fracción destacable de la sociedad española está abonada al servilismo ideológico. Lo que significa que muchos individuos transfieren su identidad a quienes son portadores del poder, con la consecuencia de que su mismidad se habrá reducido tanto que la ha hecho suya otro sujeto. Una vez realizada esta operación, sellarán una servidumbre voluntaria, pasando a ser de los dirigentes uno de sus objetos corporales. Un individuo servil está aferrado a lo negativo, precipitándose hacia lo peor, sin importarle tener una mentalidad cavernaria, compatible con las exigencias tecnológicas, convertido también en un objeto de la técnica -que, si se identifica con el Estado, supondrá la negación de la libertad individual (E. Forsthoff)-. Una vez entregada su alma, se convierte en un ser débil e ignorante, sin capacidad para entender las realidades culturales y para enjuiciar las conductas humanas con una lógica racional. Aceptará acríticamente la hipocresía, el cinismo y la mentira del ideologismo político. No se turbará porque los dirigentes de su grupo político se sirvan de las desgracias públicas para conseguir sus objetivos; o que hayan traficado con la salud, lucrándose con las urgencias sanitarias y aprovechándose, por ejemplo, del presupuesto destinado a la investigación contra el cáncer para comprar obras de arte, hacer viajes, disfrutar de salarios muy elevados. De la misma manera, el individuo entregado, -solo entendible si se le examina a partir de lo que los hindúes llaman “metafísica de los imbéciles”-, negará que aquellos con los que comparten ideología se beneficiaron de la venta de armamentos, se lucrasen con el negocio de los hidrocarburos, con la venta de las mascarillas, etc. Asombra que esta gente sensiblera y lacrimosa manifieste una completa indiferencia a la corrupción colectivista. ¿Su alma está tan seca que no les permitirá orientarse hacia el bien?

Otro rasgo de posible enajenación de este tipo de individuos sería la aceptación o el rechazo a la delincuencia. ¿Por qué un individuo servil suele ser muy condescendiente con el delito que afecte a los demás? Cuando trasciende su identidad al poder corrompido le obliga a aceptar la injusticia del crimen. Una vez haya penetrado en la red de corrupción, mental o material, se convierte en un corrompido más, desprendiéndose de la capacidad de denunciar cualquier delito. Si el poder progresista sacraliza al delincuente se debe a que es un medio necesario, tanto para intimar a la sociedad, como para incorporar a muchos a colaborar en la inmoralidad. La figura del delincuente es muy útil para que el progresismo colectivista lo emplee como higiene social, especialmente para llevar a cabo el objetivo de desprender al individuo de su propiedad. El lema escogido por la tiranía progresista, aparte de hacer creer que “la propiété, c´est le vol” (Proudhon), es la popular frase: “el que roba a un ladrón tiene cien años de perdón”. El beneficio que aporta el delincuente a la plutocracia, robando, hurtando, estafando y ocupando inmuebles, etc, es triple: por un lado, se castiga al propietario, que siempre será responsable por tener propiedad; por otro, se advierte a los demás individuos que no deben adquirir ninguna propiedad –el dogma del moralismo progresista: no tendrás nada y serás feliz-. Y, tercero, desde hace mucho tiempo, el poder colectivista exige a los ciudadanos que tengan empatía con las propiedades de los dirigentes y sus siervos directos. El ciudadano no solo debe respetar las propiedades a la clase privilegiada, sino que está obligado a ayudar a que la acrecienten ilimitadamente, especialmente con dinero público –si no es de nadie, mejor que sea de los privilegiados-. El rebaño deberá asumir que la más inteligente estrategia es tener satisfechos a los señores para que puedan disfrutar de unas condiciones acordes a sus privilegios.