Opinión

Algo que contar

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 03 de diciembre de 2025

Las compañías son necesarias, aunque conviene matizar. Se precisa excluir a la gripe aviar, a la peste porcina africana, a la listeria envasada, a las prisas para llegar a ninguna parte, al día de mañana, al miedo, a la mala baba, a la vejez viruelas y al don sin din. También a la clase política, a los Black Friday, a los Cyber Monday, a los días más cortos, a los días más largos. A las rebajas de bragas y calzoncillos, a los abusivos precios que tiene el “Gluten Free”. A la guerra que los parió, a las coles de Bruselas, a los calendarios de Adviento rellenos de chocolate y no de zamburiñas, a los pantalones sin coger los bajos y a la mayoría silenciosa. Sí, conviene excluir tantas cosas que nos hacen sentir vergüenza propia y ajena. Por eso, más vale estar vivo que mal acompañado.

La vida, que no tiene otro aliado que el tiempo, hace lo que puede en medio de este caos mal llamado estado del bienestar. Consuman, devoren, sacien sus anhelos como si cada minuto de nuestra estancia terrenal fuera la última oportunidad para quitarle las migas de pan a los gorriones o para viajar a Indonesia a pillar una malaria. El destino está amortizado y lo que esté de pasar va a pasar —como decía mi abuela—. No es nada personal, pero rarezas tenemos todos y, mientras sigamos en esta línea, es conveniente nombrar las cosas como son. Nos meten miedo, nos amordazan, nos acogotan, nos roban, nos aíslan, nos separan, nos meten en conflictos bélicos, nos envuelven en sudarios, nos vacían los bolsillos. Ahora es más probable que un jabalí acceda a tu casa a que lo haga la vecina de al lado. Las grullas son drones cargados de explosivos. Ahora todo duele, incluso lo bello. La soledad vive en una caja de zapatos. La memoria, esa virtud de antaño, se refugia en un móvil.

Estamos sujetos a las leyes de un limbo lejos de nuestro alcance. La ignorancia nos vigila, nos controla, escudriña nuestra manera de pensar, nuestra manera de amar, nuestros hábitos, nuestra generosidad. Los secretos, la intimidad, esas piezas de culto, hoy son propiedad de los Estados. Países que siempre ganan. Ahora ya no hay buenos y malos. Lo que se lleva es incinerar conciencias y expandir las cenizas del contrincante. Lo correcto y lo incorrecto se han fundido para ganar espacio vital. Lo neutro ya es historia; ahora se lleva la naturaleza muerta, la lánguida mirada, quizás para evitar inexistentes liviandades entre hombres, mujeres y viceversa. Es el haber social que emana de las nuevas relaciones entre semejantes.

Hay mucha sobreactuación. Se exagera la expresión por nimias consideraciones. Es la parte árida del individuo empeñado en conseguir el más allá a costa de cualquier precio. La violencia como camino más corto. La corrupción como antídoto frente al fracaso. El suicidio como naufragio. La sociedad actual no atiende al ciudadano, lo utiliza, lo exprime, lo despoja de su caudal mientras hay quienes celebran la ley del hombre que, sin nombre y apellidos, está basada en la tragedia de los demás.

Conviene excluir la idiocracia como sistema de poder que, en manos de los menos capacitados, persigue la reducción de la inteligencia colectiva. El avance de los memos cruza la geografía de norte a sur divulgando el fin de los placeres a cambio de una vida más feliz. La nueva versión del flautista de Hamelín venido a llevarse a cuantos se nieguen a pagar las gabelas y entregar sus haciendas para el bien de la causa. Sí, también conviene excluir como innecesaria compañía a los canallas que practican violencia de género, violencia vicaria, el bullying, el mobbing, el acoso, la pederastia, el menosprecio. A los que traen causa de violaciones y vejaciones. A quienes no aprueban un plan nacional de vida para personas con discapacidad; a los que no protegen a los niños, a los que dejan que el pueblo salve al pueblo, a quienes consienten la soledad y el abandono de sus mayores.

Sobramos como especie mientras permanezcamos aquí dedicados a traicionar la única oportunidad que tenemos para demostrar que estar vivos es superior a estar mal acompañados.

Eso creo.