En 2025 se han conmemorado 1700 años del Concilio de Nicea. Un punto de quiebre para el Cristianismo, esa religión que nos recuerda que no nació como dogma y rito con el nacimiento del Redentor, sino que se fraguó a lo largo de siglos. Cada centuria aportó elementos, eliminó otros, confeccionó teoremas y doctrinas que abrazaron unos, defenestraron otros, cuestionaron otros tantos o desafiaron como rupturistas, algunos más.
Conciliar implica ponerse de acuerdo, evitar la disgregación de la fe, su perversión o torcedura para encaminar intenciones y definir con claridad los aspectos en que se soporta la creencia. Los concilios fueron necesarios para ordenar y conducir. Ardua tarea la filosofal y teológica de entremeter preclaras mentes que combinasen sapiencia, revelación, misticismo, perspicuidad y formación que los acercara a una intelectualidad tanto espiritual como teocéntrica para comprender, distinguir y clarificar conceptos propios de la Divinidad, su estado, su expresión y adoración, aproximándola a los creyentes.
Acaso, fue demasiado esfuerzo cristocéntrico y ya no de índole propiamente revisionista de otros dogmas de tradición más judaica, que, como sea, quedaron superados en buena medida porque el Cristianismo no es el Judaísmo.
Es una religión que se solidificó perseguida y clandestina, necesitada de edificar santidad y misticismo abrevando de la tradición judaica solo en parte, permeada de aforismos griegos, tradición armenia o copta y, afirman, que hasta persa y con tintes más orientales, redefiniéndose, resignificando. Es la fe la que deja su impronta y conduce el sentir y el entender –porque el Cristianismo no está negado a entender– no obstante que el escarbar mucho apremia a evitarlo en loor de que flaquee la fe o nos haga preguntarnos demasiado, propiciando dudar así de sus cimientos que son reflejo, se sostiene, de la voluntad eterna del Creador.
Nicea, en este aniversario, se exalta como un espacio que unificó ciertas tesis y encausó al Cristianismo, dotándolo de premisas elementales y sincréticas expresadas como en El Credo niceno. En efecto, tal resume la fe, pero tuvo sus efectos en discusiones posteriores igual de profundas contra posturas irreconciliables como lo fueron la ascensión o asunción de la Virgen o el Dios uno y trino que desembocaron en ulteriores cismas y en llamar fariseos, falsarios o herejes a los que no compartían una opción en los términos que cada corriente planteó como las únicas interpretaciones valederas, error en que también han incurrido los grupos protestantes, aunque se ufanen de no abrevar o justipreciar esta historia del Cristianismo que es su precedente, lo quieran o no. Y así va el Cristianismo dividido, aunque los catecúmenos y los ecumenistas alcen sus voces y sus razones por la intención de la unidad cristiana que, no obstante tenga la Sixtina por escenario reciente de simbolismos de acercamiento, no se pasa de ahí, porque una cosa es los dirigentes y otra los teólogos, dogmas y creencias sostenidas por cada facción.
En todo caso, el Concilio de Nicea, en efecto, tiene una gran importancia y por eso el papa León XIV lo ha conmemorado prácticamente in situ. En este reciente viaje efectuado en el marco del Año Santo jubilar que transitamos y ya anuncia su cercano final, se ha remarcado la unidad de los cristianos. A propósito de… ¿usted ya ganó el Jubileo? No aguarde otros 25 años, aunque pudiera aguantar expectante al año del bimilenario de la Crucifixión (2033) que ya pergeña algunas acciones similares. Lo dejo ahí.
Nicea es sincretismo de misticismo y discusión teológica profunda. Teodicea y teogonía entrelazadas con soteriología, unidas en comunión hasta donde la interpretación de las Sagradas Escrituras lo permiten a exegetas y glosadores. Ya luego los padres y los doctores y doctoras de la Iglesia –particularmente, la católica– harían su aporte consustancial para robustecer el pensamiento guiador de la teología cristológica.
El Papa ha emitido un
documento alusivo a este aniversario redondo cavilando esta trascendental conmemoración y que puede usted consultar en lengua española.
Porque si Nicea aportó la divinidad de Cristo, la fecha precisada de la Pascua y la autoridad episcopal, ya otros concilios o cismas marcarían desacuerdos teológicos, controversias agudas, discrepancias irreconciliables y disputas igual de quebrantadoras de la unidad cristiana. A Nicea no hay de mirarla como panacea.
Nicea nos advierte que hay una ortodoxia y se ha manifestado en este aniversario hablando al lado del primado de Roma, recordándonos que hay otros primados y otras iglesias tan cristianas y valederas como la católica. Después de todo, la división entre cristianos proviene de la propia discusión teológica que, desde luego, redunda incidiendo en potestades, estamentos y jerarquías precedenciales, dígase.
En contraste, la dormición de la Virgen o la omnibenevolencia divina, la omnipresencia del Creador o la representación del Redentor –sangrante y crucificada entre los católicos, resucitado y triunfante entre los ortodoxos y sin volumen en sus expresiones y efigies cual calcomanías, porque no estamos dados a calcular el volumen real de la divinidad– nutren y de ello abrevan, sus estudiosos y filósofos guardianes de la fe. Centinelas que materializan lo divino.
Por cierto, Nicea como otros concilios, permite ver la valía del Cristianismo y la sapiensia y condición católica, concretamente. No hace tanto adquirí un libro que prometía acercarme a tradiciones supuestamente celtas. Escrito por una estadounidese que se reconoce bruja confesa, dice. Total, resultó en la clásica charlatanería típica yanqui. Un baturrillo de ideas, expuestas desde su racismo clásico y su visión obtusa de quien ya no se sabe exactamente en qué cree. En algún punto afirmó que el Catolicismo era oscuro –dicho más desde su formación protestante, antes que brujeril– y fue la invitación a tirar a la basura el ejemplar. Nunca antes lo había hecho.