Opinión

El bello guardia civil (segunda escena del segundo acto)

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 05 de diciembre de 2025

(EL BELLO GUARDIA CIVIL)

Parada del Metro “Cuatro Caminos”. Francisco Nieva espera el Metro sentado en un banco leyendo el ABC. A su lado una joven chica espera rezando susurrante un rosario. Llega un teniente coronel de la Guardia Civil con sus dos estrellas doradas de ocho puntas colocadas en la manga izquierda de la guerrera. Es joven, aún le faltan unos años para llegar a los cuarenta. Rubio, alto y bien parecido. Se fija en Nieva, cada vez sus ojos azules se fijan más y se acerca con decisión. F. NIEVA alza la mirada y lo reconoce inmediatamente. La chica deja de rezar el rosario y mira con interés toda la escena.

M. CORTÉS.- ¿Eres tú, Paco?

F. NIEVA.- Yo soy, Manuel.

Nieva se levanta.

M. CORTÉS.- Vaya. Aún te reconozco. Ya eres un hombre. ¡Cuánto tiempo! ¿Qué haces en Madrid?

El teniente coronel de la Guardia Civil le extiende la mano. Nieva duda tres segundos y, finalmente, la estrecha.

F. NIEVA.- Mi padre murió, y vinimos a Madrid mi madre, mi hermano, una asistenta a la que queremos más que a una hermana, y yo.

M. CORTÉS.- Siento lo de tu padre. Era un hombre joven. ¿Y tú a qué te dedicas?

F. NIEVA.- A cosas que me van saliendo. Sobreviviendo a salto de mata. Ahora mismo estoy pluriempleado como decorador en CIFESA y Estela Films. Veo que tú has ascendido en muy pocos años, te doy la enhorabuena.

M. CORTÉS.- Sí, he tenido suerte. Y me dedico sólo al papeleo, sin tener que perseguir a pobres rojillos desgraciados o a ladrones hambrientos. Doy clase de Historia a oficiales y hasta me encomiendan escribir algunas veces discursos para los mandos, arengas militares.

De repente llega el sonido atronador del Tren que para en la estación. El Teniente Coronel no sube, tampoco Nieva, y tampoco la muchacha que está extasiada ante la conversación y no pierde detalle.

F. NIEVA. Has tenido más suerte que yo. Apenas puedo alimentar a la familia con mi trabajo, y lo conseguimos gracias a que mi madre y nuestra asistenta cosen mucho para fuera. Yo no soy un héroe de tragedia, quizás sí de farsa. La mala suerte en el sustento diario lo vuelve a uno humilde, casi personaje de comedia. La mitad de los españoles tenemos una gran experiencia de la desdicha.

M. CORTÉS.- Ya. Pero la mayor parte de los españoles estamos igual. No te creas que un teniente coronel es el rey Creso. Pero la verdad es que nadie depende de mí, y con mi sueldo puedo darme algunos caprichos. Tampoco puedes quejarte cuando siendo una familia republicana estáis saliendo para adelante, según veo, con sacrificios, claro, y no habéis padecido la represión y ostracismo de otras familias como la vuestra. Considera que todavía tenéis suerte.

F. NIEVA.- Efectivamente, los hay que están mucho peor que nosotros, con más hambre y con familiares en la cárcel, y si nos comparamos con el entorno somos unos de tantos, aunque comparado tú con nosotros, tú vives en la misma luna.

M. CORTÉS.- Oiga, señorita. ¿Puede alejarse un poco y dejar de fisgonearnos y cucear, que estamos hablando de nuestras cosas?

SEÑORITA.- Ay, señor mío, perdóneme, que me voy ya, pero que sepa que no soy una cuza. Me voy al otro banco que está vacío también. Y que les vaya a los dos muy bien, se lo deseo a los dos de vivo corazón, les puedo asegurar que es así. Que Dios les acompañe siempre, ¡y viva la Guardia Civil!

La señorita se persigna, y se sienta en otro banco vacío.

M. CORTÉS.- Muchas gracias, señora. Se lo agradecemos mucho. He pensado mucho en ti Paco, y en aquella historia y atroz desencuentro que tuvimos. Durante mucho tiempo pensé que estuve a punto de perpetrar una obra maestra de monstruosidad, un acto abominable. ¿Entiendes, Paco? Una monstruosidad que te hubiera marcado a ti y que hubiera puesto en peligro mi propia carrera militar. Pero la verdad es que unos días pensaba “¡De la que me libré!”, y otros días sentía que necesitaba de ti, que lo más importante para mí era aquella locura. Aquella pasión no se me ha apagado, para decirte toda la verdad, cosa extraña cuando en estos últimos años he tenido bastantes historias. Aún te sigo como un sonámbulo en mis sueños. Y ahora te pido perdón por si psicológicamente te herí, pero ya no me siento un canalla, la verdad.

F. NIEVA.- Yo nunca te tuve por un canalla, aunque me perturbaste mucho y llenaste de miedo mi casa. Y a pesar de que te recuerdo muchas veces, no tengo la pasión que pareces tú tener todavía. Te agradezco muchísimo que me pidas perdón, pues aunque estuviste arrastrado por una pasión que te dominaba, estabas obligado a pedirme perdón. Gracias. Hacer extorsión a mi propia madre para conquistarme me ha incapacitado para amarte. Y recuerda que aquella extorsión moralmente era peor que tu carrera militar, porque era una ofensa del fuerte contra el débil cuyo único pecado era precisamente su debilidad.

M. CORTÉS.- Al menos podríamos tener voluntad para iniciar una amistad ajena a pasiones. Reconstruir un poco nuestra primera impresión, que fue buena, y anunciaba un mutuo afecto futuro. Tú eres un artista muy interesante y que sin duda triunfarás. Me gustan los amigos interesantes. Quiero ser tu amigo.

F. NIEVA.- Pero, ¿serás capaz de renunciar a la pasión amorosa? ¿Alguna vez has visto que dieran resultado las órdenes autoimpuestas con la gente enamorada? No debes emperrarte conmigo. Quizás pueda ser tu amigo, pero jamás tu amante.

M. CORTÉS.- Me comprometo a vencer mi pasión de amor. Entiendo tu corazón y tu sentido de la dignidad. Y si ves que no lo consigo rompemos la relación de amistad y afecto mutuo.

F. NIEVA.- No me parece mal ser tu amigo de esa manera. También tú me pareciste interesante entonces, y creo que también ahora. No sé, podríamos iniciar nuestra empresa de ser amigos en algún café, en algún sitio, algún día. Y quién sabe, si fuera de aquella coacción indigna de entonces quizás pueda brotar algo.

M. CORTÉS.- Gracias, Paco. Yo vivo cerca del Cuartel General del Ejército, en donde trabajo, en la misma Castellana. Aquí tienes mi tarjeta con el número de teléfono. Llámame alguna noche para quedar para el día siguiente.

F. NIEVA.- Nosotros vivimos por Reina Victoria.

M. CORTÉS.- Tampoco vivimos tan lejos. Podemos quedar por Tetuán, o por aquí, en Cuatro Caminos. ¿Conoces la Cafetería “Rita”?

F. NIEVA.- Claro, está muy cerca de donde vive la profesora de piano de mi hermano.

M. CORTÉS.- Vaya, toda una familia burguesa con profesora de piano.

F. NIEVA.- Mi familia prefiere comer sólo patatas y chicharro, el bacalao de los pobres, que abandonar a las Musas. No me seas irónico, teniente coronel.

Llega el Metro con estruendo. Se abren las portezuelas del vagón.

M. CORTÉS.- Yo voy a Callao. Si no tienes mucha prisa, puedes acompañarme al economato de los oficiales, y le llevas a tu madre dos botellas de magnífico aceite de oliva. Ya verás cómo la pones alegre a la gran doña Pilar.

F. NIEVA.- Acepto. Te lo agradezco mucho, y sí, el aceite alegrará mucho a mi madre. Tampoco llevo mucha prisa porque en realidad nada importante tenían que hacer, salvo dar de comer a los gatos de mi gran amiga Pura de Madariaga, y eso lo puedo hacer mañana.

Se suben al Metro, se cierran las portezuelas, y termina la escena. Oscuro.