Opinión

Navidad y vejez

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Sábado 06 de diciembre de 2025

La piel apergaminada, el caminar lento, el gesto grave. La dignidad de la vejez vencida y la voz, sobre todo la voz, dulce y dolorida. Figura del porvenir, inexorable sombra de los días. Cuando haya terminado la batalla interminable y alcancemos el horizonte que las dudas perseguían, cuando el silencio aplaste nuestra memoria y no quede en nuestro aliento ni la mínima alegría, entonces no temeremos la falsa compasión en el rostro que nos mira sin vernos, no temeremos la mezcla que enturbie la bebida: analgésicos y sedantes que nos inclinen al sueño la caída, no temeremos el olor a desinfectante perfumado que sature el ambiente de higiénica melancolía. No nos darán asco los humores de los cuerpos que nos miren, suplicando una comunicación inverosímil.

No temeré entonces eccemas, pústulas, llagas sobre la piel que recibió tantas caricias. No temeré el aliento enmohecido que ha olvidado el beso y la sonrisa. Entonces veré en el espejo de la verdad el rostro ajeno que me mira. Evocará rasgos de mi padre o de un extraño cuya vida no es la mía.

La cansada sabiduría de otro tiempo es hoy la ruina que no merece la inversión que la conserva. Ha quedado cancelada por el soberbio gesto de la nueva juventud. La venerable senectud de entonces sólo es ya la reliquia ardiente del pasado: arquitectura ridícula, dependiente o impedida. Reunidos en las enormes salas de las casas de viejos, dejan pasar la vida inercial de los últimos días. Condensadores del cansancio, existencias relegadas, como un excedente vil que no merece el activo desvelo de los vivos.

La soledad que extiende la nueva sociedad, abierta al incalculable yermo del mañana, brota de los ojos lívidos de los viejos. En sus pupilas desteñidas, casi blancas, puede verse el silencioso pulso de la nada. Se abren sus bocas desdentadas, pero no encuentran la palabra que rasgue el velo de dura indiferencia. Les rodean cuerpos parlantes que examinan con juicio técnico úlceras y heridas. Los visitantes caminan entre especies abisales, buceando por las desérticas salas de las casas de viejos. Las llaman residencias medicalizadas: gestión de almas artificialmente mitigadas, que fueron hombres de otro tiempo y son depósitos de un llanto eterno. Son ahora mustias sombras que no claman contra el cielo que los desampara y los entrega al desierto sanitario. Murmullo delirante en el lecho que nos traga, miedo en el rostro atónito de las almas perdidas en estas inmensas soledades. Rumor de moqueta y ruedas de goma, pasos arrastrados y el denso siseo de una oración baldía. ¿Alguien los ve desde el lado eterno de la vida?

Somos incapaces de mirarnos en el rostro de los viejos porque no toleramos el feo aspecto de nuestra alma en los huesos. Si no aceptamos el tránsito fúnebre, toda vida es una batalla perdida. Perdida si no acogemos la vida menguante de los cuerpos estragados. Nos quebramos al romper la comunicación con la carne doliente, con el cuerpo enfermo y la cabeza perdida. Nosotros nos perdemos si oscurecemos nuestra profunda realidad comunicativa, negándonos a velar por la única cosa que en el mundo es capaz de trascenderlo. Recibiremos alguna vez el castigo que merece nuestro abandono.

Celebrar la divina Encarnación es saberse mortal y sufriente. El rostro del viejo es el reflejo cumplido del gesto infantil. Somos hombres y sostenemos la llama comunicativa, incluso cuando ya no podamos decir nada. En el silencio final de los viejos se ofrece todavía la verdad definitiva, la verdad que habita en ojos que revelan el sentido íntimo de la vida. Es la dolorosa densidad de la existencia que se prolonga en cuerpos que, vencidos por los días, albergan todavía la conciencia vacilante del mundo y pueden ver – con ojos asombrados – el rostro envejecido de un recién nacido. Somos nosotros los que no vemos a quien nos mira.op