Traducción de Magdalena Palmer. Sexto Piso. Barcelona, 2025. 108 páginas. 17,90 €.
Por David Lorenzo Cardiel
El proceso de la madurez psicológica no cuenta los años que pasan, sino nuestra adecuación a los distintos acontecimientos que vivimos. Por ese motivo, las personas adultas tenemos ecos de inocencia y arraigadas trazas de solemne pragmatismo. También es por esa razón que una buena definición de «adulto» es la de un niño que ha aprendido, hasta cierto grado, a vivir óptimamente en el entorno en el que le ha tocado vivir. Incluso los peores seres humanos albergan cierta inocencia y bondad. Las mejores personas cargan con el dibujo de las cicatrices de traumas vetustos. Aunque parezca imposible, Mencio, que no era ningún menso, tenía razón cuando apreció que ningún ser humano puede evitar entender como algo malo que un niño caiga a un pozo. Incluso a los psicópatas, aunque no se sientan compungidos.
Los humanos debemos transitar este equilibrio entre luz y oscuridad, sin un conocimiento previo, con la necesidad de aprender rápido y sobre la marcha. El final de la adolescencia, con algunas herramientas incipientes desarrolladas para sobrevivir en sociedad, es el momento cumbre donde los primeros traumas y momentos luminosos de la adultez toman forma para definir las etapas posteriores.
Es lo que sucede en La fiesta, novela de la autora británica Tessa Hadley (Brístol, 1956). Bajo un enfoque muy inglés y modernista, siguiendo la estela de clásicos modernos como el irlandés James Joyce, pero ambientado en las inconsistencias morales de nuestra época, Hadley sitúa una fiesta y el casual encuentro de dos chicas jóvenes, hermanas y estudiantes universitarias, con dos hombres que marcarán su vida para siempre.
El proceso de esta evolución es sereno: la confianza casual que se genera entre los personajes de Evelyn, Moira, Paul y Sinden conduce a una descripción realista de lo que sucede cuando las personas nos influenciamos entre sí. Evelyn y Moira no son las mismas al principio y al final de la novela, pero tampoco lo son, en su medida, Paul y Sinden. Los personajes evolucionan y aprenden en una narración que, según avanza la trama, se preña de personajes secundarios.
La fiesta es, en este sentido, una lectura sumamente agradable. Los personajes avanzan sin grandes golpes de trama en una narración capaz de construir ambientes y contextos complejos, de introducir y de extraer personajes con naturalidad, sin perder de vista el punto fuerte de esta novela, más allá de su estética cuidada: la psicología. Las hermanas van a dar algunos pasos en su madurez, y la experiencia de aquellos nuevos amigos que han hecho a partir de aquella –en apariencia– fiesta intrascendente las entregarán a la vida adulta. Una que no es amarga, pero sí compleja.
La narración brilla en los diversos escenarios, en el vaivén de los personajes y en el cierto costumbrismo británico, que se agradece. La lectura amable, en cambio, posee un punto débil, y es que persigue un fin mayor que logra acariciar, pero no alcanzar, y es la serenidad de narrar la intrascendencia. No alcanza la grandeza de los narradores rusos y modernos. Hay momentos en los que la novela abusa de tópicos –las mansiones, el deslumbramiento de las diferencias de clase y un amplio etcétera– en busca, quizá, de dotar de puntos de confrontación en la trama.
Sin embargo, estos tropos no logran adentrarse con una sutil naturalidad. Le falta un je sais quoi a esta novela para ser una narración cuasi perfecta. No obstante, en los tiempos que corren, cuando el sesgo de calidad se ha relajado hasta la náusea y hay más escritores que lectores habrá en diez generaciones futuras quienes deseen publicar a cualquier precio, novelas como La fiesta, que poseen una magnífica calidad que otrora sería un estándar básico para poder publicar, son capaces de abrazar a un crítico, escritor ultra perfeccionista y agente literario como quien escribe estas líneas que, a su joven edad, ya está quemado ante el predominante culto al ego en el sector, el exceso de petulancia y tantos libros nefastos publicados e idolatrados como los mejores de la eternidad, cuando no lo son ni lo serán en el futuro.
Acierta Sexto Piso al traer al castellano esta novela, de una autora viva y que escribe tan sumamente bien. Más teniendo en cuenta la estupenda traducción del inglés que Magdalena Palmer nos ofrece a los lectores. ¿Qué más se puede pedir que una buena novela que se disfruta y entretiene? Poco más y, en muchas ocasiones, nada que añadir.