«Feminismo» y «feminista» son vocablos recientes, que solo entran en ciertos diccionarios franceses hacia 1932. ¿Qué ha sucedido en el pasado inmediato para que estos vocablos adquieran una realidad tan tangible? En la medida en que la inocencia del pupilo depende de la perversidad del maestro, la buena filosofía se constituye en una máquina de demolición de la credulidad, capaz de desarmar todo lo que la pereza común ha decidido no demostrar, todo lo que una época prefiere callar y creer sin pruebas. Así lo asume el filósofo español Gabriel Albiac en su último libro, El eclipse del padre. Una crítica de la razón woke (La Esfera de los Libros, Madrid, 2025). Albiac aplica esa máquina al clima mental de nuestro tiempo y formula una advertencia incómoda: cuando se eclipsa la figura del padre, no cae solo un mito familiar, sino una pieza civilizatoria.
Albiac parece perseguido, acechado, por tres palabras en inglés: Writing, Women, War. La escritura, las mujeres y la guerra. Si la guerra es la forma extrema en que la realidad tritura lo soñado, las mujeres entran de lleno en la escena ciudadana precisamente cuando en Europa se exterminan los varones en Verdún y en el Somme, cuando la maquinaria del Estado necesita otros cuerpos para seguir funcionando. Albiac recuerda, con Richmal Crompton y su Sweet William (1936), que el voto femenino llega menos por los eslóganes en las esquinas de Londres que por una guerra que vacía de hombres el continente.
En paralelo, Albiac abre la ventana de la Révolution surréaliste y deja entrar la frase de Aragon: la mujer está por todas partes. Montparnasse, después de la Gran Guerra, se convierte en un reino de sacerdotisas, musas y cuerpos ofrecidos al experimento estético. El matriarcado surrealista como la contracara hedonista del matadero de 1914. La mujer se vuelve omnipresente en la imagen justo cuando su cuerpo ha sido llamado a sustituir al del varón en la fábrica, la oficina, el Estado: presencia absoluta en los sueños, presencia forzada en la administración de lo real.
Ahí entra en juego el padre. En la súplica evangélica —«Padre, aparta de mí este cáliz»— late ya lo ineludible. En el español trágico de César Vallejo, testigo de la Guerra Civil, ese padre se llamaría «España». En la Guerra Fría, a veces ese padre eclipsado apareció en un archivo policial. Albiac cuenta el caso del escritor húngaro Peter Esterházy, cuyo padre, mientras él revisaba archivos policiales del régimen comunista, apareció ante sus ojos como un informante de amigos y familiares. Nadie sabe el pasado que le espera. Albiac extrae de ahí una lección desoladora: no hay Padre ni Señor que pueda apartar de nadie el cáliz del pasado; no hay verdugo que no se sueñe víctima, ni hijo que no fantasee con ocupar el lugar del padre. El padre no es «bueno»: es la forma en que una cultura organiza quién manda, quién obedece y quién desea mandar.
Cuando Albiac pasa por Freud, precisa ese gesto. El deseo original no es contra el padre, sino hacia el cuerpo de la madre, idéntico durante un tiempo al propio cuerpo. Solo el lenguaje, esa «castración» freudiana, separa al yo del tú y funda la Ley. Padre es el nombre de esa Ley que dice «no» y, al decirlo, hace posible algo así como una civilización. A partir de ahí introduce el mito de Narciso: el objeto del deseo no es tanto el otro como el propio deseo, que se mira a sí mismo y disfraza su autismo bajo máscaras múltiples. Ahí se abre un hueco sugerente –que el libro apenas roza– para un diálogo con René Girard y el deseo mimético, con esa intuición de que deseamos lo que vemos desear a otros y que la violencia se organiza siempre en torno a modelos y rivales.
Lo que Albiac llama «razón woke» sería, entonces, el intento de disfrutar de todos los beneficios de la cultura sin aceptar ninguna de sus prohibiciones: deseo convertido en derecho, identidad convertida en capricho reversible. El tramo más polémico llega cuando enlaza esa crítica con la historia del feminismo: no discute la justicia de los derechos, sino la mitología que se los atribuye en exclusiva a la épica activista. Mientras Verdún y el Somme devoraban generaciones enteras, las mujeres entraban «de lleno» en la fábrica y en la administración, no por un designio abstracto de igualdad, sino porque no quedaba nadie más. En esa perspectiva, la emancipación se recorta sobre una cifra brutal: la plena ciudadanía de las mujeres fue, en parte, el nombre amable del mayor reemplazo de carne picada por carne viva que haya visto la historia.
Que el lector comparta o no este diagnóstico es casi secundario. Lo decisivo, y ahí el libro se vuelve útil para el debate público, es la pregunta que deja flotando: si el padre –como figura de ley, de límite, de transmisión– se eclipsa, ¿qué o quién lo sustituye? ¿Un Estado terapéutico, un mercado de identidades, una guerra de todos contra todo bajo barniz moral? Tal vez, en ese punto, convenga recuperar la frase que Albiac cita con precisión: ni el hombre es malo ni la mujer efímera; uno y otra se agotan en ser palabras. Y es justamente en las palabras –no en las imágenes fáciles ni en los eslóganes de moda– donde una sociedad decide si madura o se instala, cómodamente, en su orfandad.
Para cerrar, Albiac convoca a las tres huérfanas de la tradición homérica: Hécuba, Andrómaca, Casandra, mujeres sin ciudad y sin hombres, expulsadas de la polis y reducidas al puro resto de la guerra. Aquí hubiera sido fecundo un diálogo con la helenista francesa Nicole Loraux, quien también mostró cómo la diosa Atenea excluyó metódicamente a las mujeres del poder. Albiac, sin embargo, se concentra en la cadena sangrienta de Casandra: concubina de Agamenón, detonadora de la furia de Clitemnestra, pretexto para que Egisto asesine al rey y para que Orestes y Electra, al fin, venguen al padre en un ciclo de crímenes que nunca alcanza la inocencia. El momento homérico más alto, para Albiac, es el encuentro entre Príamo y Aquiles, cuando el viejo rey suplica por el cuerpo de Héctor y el guerrero, por un instante, comprende que no hay victoria que no esté pagada con la desgracia de un padre: “Nada se gana con las quejas que hielan nuestros corazones: tal es la muerte que los dioses reservaron a los mortales, vivir en la tristeza mientras ellos moran exentos de preocupación alguna”. Tal frase concentrara toda la sabiduría política de la Ilíada.
Entre esos padres derrotados de Homero y el Padre ausente de la modernidad se tensa el arco de este libro: lo que está en juego no es un sentimentalismo patriarcal, sino la posibilidad misma de que haya Ley, relato, transmisión. Y quizá por eso conviene terminar con una nota agustiniana, discreta pero inexorable: “no quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior habita la verdad”. Solo desde esa interioridad –desde ese maestro que no engaña– puede una cultura decidir si convierte sus ruinas del patriarcado en simple rencor o en ocasión de perdón y reconciliación.