Opinión

La espléndida madurez de doña Constitución Española

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Martes 09 de diciembre de 2025

La Constitución Española ha cumplido cuarenta y siete años y sigue siendo una mujer que no envejece o que lo hace muy bien, porque vive en el BOE, que es como vivir en formol y con aire acondicionado. Ella es la única cuyo discurso empieza con un “Nosotros, el pueblo español” y termina con un “Quede derogada toda norma anterior” y que despliega en medio 169 artículos que parecen escritos por un notario con insomnio o un poeta con resaca. Porque doña Constitución Española es tan solemne que hasta los diputados, tan hipócritas siempre, se ponen corbata para leerla, aunque luego se quitan la chaqueta para pelearse y faltarle el respeto a sus artículos.

Tiene un Título Preliminar que parece la antesala de un palacio donde nadie entra nunca, y un Título VIII que organiza el Estado en autonomías como quien reparte una tarta diciendo “tú un trozo grande, tú uno pequeño, y a mí la guinda de las competencias exclusivas”. El artículo 155 es el botón rojo que nadie quiere pulsar pero todos acarician en sueños, como un mechero que nunca se usa pero que sus señorías llevan siempre en el bolsillo por si acaso. Nuestra Constitución, sí, declara que España es una monarquía parlamentaria, lo cual viene a ser una monarquía que gobierna poco y un parlamento que reina demasiado y al que se le ha pegado lo de “borbonear” a base de bien, que es hacer lo que a cada uno en su escaño le venga en gana sin pensar en los españoles, que hasta les ríen las gracias.

El Senado, cámara alta en teoría y siesta profunda en la práctica, proclama la aconfesionalidad del Estado, pero vamos camino de la fe absoluta y a cierra ojos, diríamos que fundamentalista, en nuestros gobernantes, a los que el votante ya no cuestiona nada. El artículo 14 dice que los españoles somos iguales ante la ley, y lo cumple tan bien que solo los pobres tienen derecho a dormir bajo los puentes o a pasarse largas temporadas a la sombra, mientras que la oligarquía y los poderosos echan una siesta a la sombra un par de días y ya están durmiendo en casa con la parienta y los niños en menos de lo que canta un bedel en el Hemiciclo.

Doña Constitución garantiza, sí, la libertad de expresión, pero con tantos límites que parece un pájaro al que le han puesto una mordaza para que sus trinos no molesten a los vecinos. Es tan democrática que permite que la gobiernen alternativamente los que prometen cambiarla y los que juran no tocarla nunca, y al final siempre permanece igual, como una virgen vestal que recibe besamanos de todos los partidos. Y aun así, ahí sigue, incombustible, con sus 169 artículos, sus 4 disposiciones adicionales, sus 9 transitorias, sus 13 derogatorias y una final que parece el desenlace de una película muda. ¡Felicidades, doña Constitución! Eres como esas señoras que cumplen años y nadie se atreve a preguntar cuántos, porque lo importante es que continúes mandando aunque hagas como que no mandas. ¡Y que cumplas, claro está, muchos más, rodeada de diputados que te quieren reformar como quien te toquetea jurando que es por tu bien! Porque, en el fondo, todos sabemos que sin doña Constitución seríamos un país sin manual de instrucciones… y ya se sabe que los españoles, cuando no nos orientan con una carta fundamental, empezamos a darle patadas a la máquina del Estado hasta que funciona o hasta que la rompemos del todo. ¡Viva la Constitución y vivan sus contradicciones, las que paradójicamente nos mantienen unidos! Mañana ya se verá, porque algunos ya la quieren llevar al asilo, con la Pepa y otras constituyentes, de las que ya nadie se acuerda.