Opinión

Se va Jorge Ilegal, se va el penúltimo macarra

LETRAS, CEROS Y UNOS

David Fueyo | Miércoles 10 de diciembre de 2025

Ha muerto Jorge Martínez, “Jorjón”, mítico líder de Ilegales y penúltimo macarra analógico en un mundo de ceros, unos, vapers y pases VIP que desprecian lo marginal, lo analógico, el tabaco negro y la cerveza en cantidades industriales, porque nada de eso luce bien en Instagram. En los tiempos del eructo en prime time, escuchar a Ilegales es contraatacar mediante rock con hechuras de punk. Un disparo a la paloma torcaz de Serrat. Si no les gusta mi careto, cambien de canal.

Ha muerto Jorjón y llora el cañero de la cafetería del centro comercial Salesas. Lloran sus guitarras Fender, casi tan viejas como él, cargadas de caricias convertidas en himnos y plegarias, porque Europa ha muerto y ya estamos agotados de esperar el fin. Lloran los soldaditos de plomo de su destartalado palacio asturiano, derramando lágrimas microscópicas sobre la alfombra del salón, preguntándose si el Ejército Rojo volverá a chocar con la Grande Armée. Lloran mis entradas raídas a la Plaza de Toros de Oviedo, donde año tras año armaban jaleo y yo, desde el albero, hacía pogos cantando aquello de mañana tampoco lo dejarás, donde hubo fuego ahora son cenizas. Lloran las puertas de madera de la vieja estación del Vasco, ahora en un museo, y antes en las fotografías de sus primeros discos, sonido ochentero, secuenciadores de batería, bajo poderoso y guitarra siempre bien tocada. Llora Oviedo, su ciudad.

Lloran los rebeldes y los pocos roqueros que quedan, llora el puñado de punks que quedan con cresta y la legión de ellos que se hacen cada día, aunque lleven traje y corbata, al leer las noticias. Llora mi carpeta amarilla del instituto, con el autógrafo-dibujo de Jorge rasgueando la guitarra. Lloran las calles de la Arena de Gijón, escenario de sus escaramuzas ochenteras con stick de hockey como arma; los chigres húmedos del Oviedo Antiguo, negro de charcos y los merenderos sin baño de los arrabales gijoneses, donde arrancó con pies fríos y dedos entumecidos.

Llora el rock asturiano, forjado en tugurios sin focos, solo con la rabia de quien sabe que la máquina devora a sus pálidos hijos. Lloran los CDs de Ilegales que han resistido el expuergo, con macarras de taberna citando a Schopenhauer entre sidras y navajazos simbólicos. Llora el puente emboscado y el fuerte asaltado por soldaditos, donde El demonio y El delincuente habitual se aliaban con Jorge para resistir la corrección digital. Llora su jerga con hechuras de himno hablado, flema en la cara del algoritmo, profetizando playlists nostálgicas donde, hasta el último momento, ha sonado el vinilo y el tocadiscos con la aguja desgastada. Llora Asturias, patria de inadaptados ilustrados, porque con Jorjón se va el último, o puede que el penúltimo macarra que tañía la derrota en guitarra afilada, dejando huérfanos a los rebeldes en este mundo de postureo, de frase corta y de bikinis en pleno diciembre en TikTok. Lloro yo, porque mientras escribo estas líneas me entero de que también ha fallecido Robe Iniesta y entre ayer y hoy se van dos pedazos latentes de mi adolescencia, dos voces que me enseñaron a escupir contra el viento sin pedir permiso, algo que, como hoy escribiendo esto, pretendo seguir haciendo durante mucho tiempo. Ya saben, si no les gusta mi careto, pueden cambiar de columna.