Amigos, es triste reconocerlo, pero el ilusionante régimen democrático, en el que estamos viviendo, en Occidente, ha fracasado. Creíamos haber encerrado, para siempre, al tirano que, históricamente, nos ha gobernado; pero se ha fugado. Y le vemos, otra vez, dedicado, no a lo nuestro, que es la paz, el orden y el bienestar, sino a lo suyo que es, siempre, el disfrute del poder. Creíamos haber llegado, por fin, a la orilla. pero no es así. ¡Hay que seguir remando!.
Soy muy escéptico respecto a que, de alguna manera, podamos evitarlo, pero, lo que no cabe duda es, que las cautelas que aplicamos, actualmente, no sirven para nada. El ordenamiento jurídico y el cerro de leyes, que pretenden vigilar, que el que ostenta el poder se dedique a cumplir nuestra voluntad y no la suya, se demuestran inútiles, una y otra vez y la vida en democracia es un continuo volver a intentarlo.
Y a veces, el incumplimiento del mandato, se hace con maneras tan chapuceras, que pone de manifiesto el abismo entre nuestros deseos y las realidades.
Quizá esto no tenga remedio, mientras el ser humano no cambie, Que no cambia. Quizá esté sin acabar y como dicen mis amigos, los asturianos: “Al ser humano le falta una “cochura”.
¿Alguna idea? Veamos.
Traigo, aquí, como curiosidad, un antiguo procedimiento judicial, del derecho castellano, que se aplicó, sobre todo, a los mandatarios cesantes de la América española. El Juicio de Residencia.
Lo dirigía el mandatario entrante y permitía a cualquier ciudadano presentar denuncias. “Era un procedimiento judicial que se realizaba al finalizar el mandato de un funcionario público para revisar sus actuaciones y fiscalizar posibles abusos”. Nada menos que Colón, Cortés y Pizarro se vieron sometidos a él.
Otra fórmula sería que los políticos fueran, como los funcionarios, sometidos a exámenes, oposiciones o cursos de capacitación. Es absurda la situación actual, en la que vemos a altos cargos, incluso ministros, al frente de organizaciones que manejan asuntos, de los que no tienen ni moción.
Pero no solo eso, sino que su escasa formación. les impide, siquiera, llegar a entender de ellos, algún día, ni barruntar las consecuencias que sus decisiones pudieran tener. ¿Tiene esto sentido?
Los políticos, tienen que tomar, a veces, decisiones rápidas, que afectan a la seguridad o integridad de las personas. Tienen que estar capacitados para saber si las decisiones que toman son positivas o contraproducentes. Y tienen que estar, mentalmente responsabilizados para estar al mando.
Pues bien. Hemos visto, en la reciente Dana de Valencia, a los políticos que tenían que tomar las decisiones oportunas, en el momento oportuno, “escurrir el bulto” de la manera más vergonzosa. Desde el Presidente de la Nación al funcionariado. Y disculpar su incompetencia, inactividad e irresponsabilidad, de manera más vergonzosa todavía.
Nos hemos acostumbrado, por la frecuencia con que lo contemplamos, a oir a los políticos afirmar que algo es blanco y negro, a veces en el mismo párrafo. Lo cual hace sospechar del estado de su salud mental que, si es necesaria en todas partes, no digamos en la del que rige nuestros destinos que, a veces, incluyen la participación en guerras.
¿Por qué no una obligatoria evaluación de la salud mental para diagnosticar trastornos emocionales o del comportamiento? ¿Acaso no vemos, que muchos de ellos, no pasarían un test elemental? ¿O quizá desempolvar el arrinconado detector de mentiras?
Pero amigos, nunca habrá una iniciativa para cambiar esto. Tendría que partir de un político, heroico y suicida, que propusiera acabar con ellos, imitando al Estado Suizo, en su secular disfrute de paz y prosperidad, con sus ciudadanos conviviendo fraternalmente, aun en circunstancias de una complejidad que, a su lado, las nuestras son juego de niños.