Opinión

El bello guardia civil (primera escena del tercer acto)

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 12 de diciembre de 2025

París, diciembre de 1955. Llueve. Salón de casa burguesa a orillas del Sena. Tres elegantes sofás blancos al fondo del escenario, y en su centro una gran mesa de roble verde. En el centro de la escena dos sillones orejeros con colores alegres, de tapicería trabajada como patchwork, con gualdrapas de distintos colores, que se miran, entre ellos media una mesa de cristal con revistas. Dos cuadros con árboles de Camille Corot en la pared del fondo, y una escultura de Brancusi. Entre los sofás y los sillones, al margen izquierdo, vemos un teléfono sobre una mesita. Al margen derecho de la escena hay un mueble bar con tres taburetes altos, y al lado otro mueble con tocadiscos. En el extremo derecho, y lo más cercano al proscenio, un piano negro de media cola. Sentados en los sillones, frente a frente, se encuentran Ginette y F. Nieva. Nieva lee la novela “Eugenie Grandet”, mientras que Ginette está pensativa, enfadada, y apoya su cabeza en la mano derecha.

GINETTE.- No me has hablado nunca, Paco, de ese importante militar que esperamos, agregado de la embajada española en París. No sabía que os conocíais tanto. Me resulta un poco extraño. De repente te aparecen amigos y amigas de España de los que nunca me hablaste, y me desconciertan un poco. Un general de Franco, un verdugo de la libertad y del bienestar de tu propia familia. Un enemigo de todos tus amigos y de ti mismo. No entiendo nada.

F. NIEVA.- Detrás de mí hay una biografía española con muchos parientes, amigos, compañeros, conocidos y algún enemigo ya. Gracias a Dios soy sociable, aunque necesite la soledad también, y es lógico que tenga una larga lista de compatriotas que conozco, de gente muy diversa. Igual que tú, Ginette.

GINETTE.- Eso lo entiendo. Es verdad que conoces a mucha gente y eres un gran seductor. Pero ya un general de Franco me asombra y me sorprende por completo, cuando tú vienes de los que perdieron la guerra y participaron en la gestión de la República a un alto nivel, como es el caso de tu tío Cirilo del Río, con cuyas ropas de hombre importante, arregladas para ti, te conocí por primera vez. Lo de este general del régimen de Franco es alucinante, desde luego. Una verdadera vergüenza si se enteran tus amigos de que ha estado en esta casa. Imagina que esta misma tarde viene a vernos tu amigo catalán Carlos March. Me daría un soponcio. Estallaría la guerra civil en mi propia casa.

F. NIEVA.- Es una larga historia. Lo conocí como teniente en la época en que mi padre vivía como medio huido en Cárdenas, un pueblo de Despeñaperros, en la raya con Andalucía. Luego lo vi varias veces en Madrid. Nunca la política se interpuso entre nosotros dos, sino la amistad y, digamos, un mágico afecto. La vida da muchas vueltas, y la gente se entrelaza como las cerezas. Tú misma tienes un tío que fue colaborador, alto cargo, del gobierno Petain. Los franceses tampoco estáis para sacar pecho en lo de defender la libertad y la democracia. Espero que seas discreta, y no comentes a nadie su visita. Por lo demás, este general fue discípulo de Ortega, y aunque de derechas, entre tú y yo, más que franquista es salazarista.

GINETTE.- Lo mismo me da que me da lo mismo. Otro dictador. Desde luego que no se lo diré a nadie. Por mí misma. ¡Qué vergüenza! ¡En “mi casa” un militar fascista! ¿Sabes que algunos de tus más íntimos amigos aprovecharían la ocasión para atentar contra este general franquista si conociesen su visita, como el que mata a una rata? Incluso ayer yo creería que tú apoyarías cosas así. La verdad es que me desconciertas tanto que pienso que en realidad te conozco muy poco. ¿Le debes algún favor vital, o algo así?

F. NIEVA.- Le debo que en su día no me aplastara a mí y a mi familia como a cucarachas cuando tuvo el poder y la ocasión de hacerlo. Y en Madrid pasamos un poquito menos de necesidades gracias a su generosidad. Es verdad que teníamos que haber quedado en la cafetería de algún hotel o pub, y no hacerte pasar a ti por este mal trago, tan indigno para ti, según parece. Pero se empeñó en conocer mi casa, y yo no tuve el valor de decirle que en realidad yo no tenía casa, sino que la casa era de mi mujer. Perdona, Ginette, que no te he pedido permiso. Y ahora resultaría un poco raro llamarle para quedar en otra parte, toda vez que estará a punto de llegar. La cosa ha salido así.

GINETTE.- Tampoco es para eso. No te pongas estupendo. Sólo pido que no venga ninguno de nuestros amigos cuando esté aquí, y que los vecinos no se fijen si viene con escolta. Supongo que vendrá de paisano.

F. NIEVA.- Eso es seguro. ( Se levanta y se dirige al mueble-bar ) Voy a ponerme algo, ¿quieres algo? ¿Un whisky? ¿Un gin tonic? ¿Qué quieres?

GINETTE.- Espero hasta que venga el general, tu general.

F. NIEVA.- Como quieras. Aunque me hayas comprado como una ganga de ocasión cuando como emigrante español estaba amarrado por la necesidad, quiero que sepas que a los españoles en general nos gusta sentir que nos queda un poquito de dignidad para poder vivir. Llevamos todos dentro un hidalgo. Así que espero que aunque me acabas de subrayar dos veces que es tuya la casa, no me trates delante del general como un mayordomo, el decorador de “tu” casa, o un invitado. ¿Entiendes?

GINETTE.- Tranquilo, que no te despreciaré.

F. NIEVA.- Muy agradecido, Madame Escande.

Llaman a la puerta

GINETTE.- Llaman. ( Se levanta y se recoloca el vestido ) Vete a abrir y dejemos nuestra pelea para después.

Nieva desaparece por el lado derecho de la escena y se oyen las salutaciones sin verse aún a los personajes.

CORTÉS.- ¡Querido Paco! ¡Qué bien te veo con esa pinta de burgués triunfador!

F. NIEVA.- Me alegra mucho verte, querido Manolo. Tú te mantienes como aquel bello Guardia Civil de siempre.

CORTÉS.- No te creas. La juventud se fue.

Se hacen ya los dos visibles en el escenario

F. NIEVA.- Te presento a mi mujer, Ginette. Ginette, este es mi querido amigo Manuel Cortés.

CORTÉS.- Encantado, señora. ( Cortés coge la mano de Ginette, se inclina y se la acerca a la boca sin besarla ). Tienes buen gusto, Paco. Tu mujer es toda una dame distingée, además de muy guapa.

GINETTE.- Gracias, General. Es usted muy atento.

F. NIEVA.- Dame el abrigo que te lo dejo por ahí. Por lo que se ve hace frío, ¿verdad?

CORTÉS.- Vengo helado. He venido en metro, y andado no más de doscientos metros, pero suficientes para venir aterido.

GINETTE.- Por favor, vamos a sentarnos aquí en el sofá. ¿Le apetece tomar alguna copa?

F. NIEVA.- Yo estaba tomando un whiskey escocés magnífico. O si quieres un buen coñac.

CORTÉS.- Pues un coñac estaría bien. Veo que poseéis buena pintura francesa, además de las vanguardias. Qué árboles más preciosos, qué sentimiento se trasluce en ellos.

GINETTE.- Los dos Corot son herencia familiar.

CORTÉS.- Paco también pertenecía a la burguesía, como usted, y su familia poseyó también cosas bonitas, pero nuestra guerra civil lo trastocó todo. Su padre, también como usted, fue un alto funcionario. Gracias, Paco ( toma la copa ). Ya decía Heráclito que la guerra es madre de todas las cosas, reina de todas las cosas, y que a unos los hizo dioses, a otros hombres, a unos esclavos y a otros libres. ¿Verdad, Paco?

F. NIEVA.- Como “pólemos” en griego es un vocablo masculino, Heráclito utilizó la figura literaria de “padre”. Exigencias de la gramática. ¿Qué quieres tú?

GINETTE.- A mí dame una copita de vino dulce. Usted sabe mucho de mí, mi general. ¿Se lo ha contado Paco?

CORTÉS.- No, qué va. Es que soy Guardia Civil, y mi profesión me ha enseñado psicología. El otro día, cuando llamé a Paco para decirle que estaba en París tomamos unos vinos por el Barrio Latino, en un bar español, y lo noté un poco triste, como esplenético. Yo, señora, lo conozco bien. Somos amigos fieles, y me atreví a decirle que me espantaría pensar que había vendido su alma a cambio de sentirse acogido por la seguridad material.

GINETTE.- La verdad es que no entiendo en nada esta visita. No sé qué quiere decirme, General. Paco es libre de marcharse cuando quiera. Yo he intentado sólo proteger su genio egregio, porque sé muy bien o lo presumo el valor que tiene, mucho más, claro, de lo que yo puedo compartir con él. Además, lo quiero.

CORTÉS.- Yo le puedo asegurar a usted, Sra. de Nieva, que en las cárceles de España, llenas de hambre y frío, las almas creadoras de los artistas vuelan mucho más que aquí, en esta jaula de oro, en donde se le prepara a Paco, mi amigo, una vida de comodidad y aburrimiento, y ya está cayendo una noche muy larga.

Se va haciendo oscuro y se oye el Pelléas de Debussy.