En el año 1975, en plena Guerra Fría, se produjo un período de distensión que, ante la amenaza nuclear y la política de bloques, facilitó unos acuerdos históricos en el seno de lo que -tras la firma de los Acuerdos -constituyó la OSCE (Organización de Seguridad y Cooperación Europea, aunque también involucraba plenamente a Rusia, EE.UU, Canadá, etc.) El Acta supuso un hito que influyó positiva y decisivamente en el panorama internacional y es un referente para la actualidad.
El bloque soviético y comunista aceptó, aunque de boquilla y sólo sobre el papel, el respeto a los derechos humanos: que consideraban un instrumento "burgués" frente al colectivismo y la dictadura socialista. Sin embargo, se abrió una pequeña rendija para que, de cara al exterior, los grupos activistas dentro de la URSS pudieran hacer ver el atropello a las garantías fundamentales, la opresión y la falta de libertad. El comunismo se vio entre el difícil equilibrio de guardar las formas ante la comunidad internacional y la represión interna. Fue la época en la que pudieron llegar más nítidamente a occidente el nombre de opositores como Sajarov, Solzhenitsyn, etc.
Pues bien, no sólo se firmaron compromisos sobre derechos fundamentales, si no también armamentísticos (para rebajar la desbocada carrera de la disuasión), de cooperación en diferentes materias e, interesante de cara a la actualidad, de inviolabilidad de las fronteras. De alguna manera, en la llamada ostpolitik ("política hacia el Este") occidental, se cedía de cara a la pacificación en el reconocimiento de las fronteras soviéticas de los países invadidos o satélites de la URSS tras la II Guerra Mundial. De cara a rebajar las tensiones se firmaban unos acuerdos cediendo ambas partes en sus pretensiones, en un ejercicio de pragmatismo, aunque el bloque comunista fuera menos fiable en su cumplimiento. Pero al menos debería a partir de entonces guardar las formas, aunque fuera de cara al exterior.
Sin duda, fue un gran paso conjunto de la comunidad internacional con el fin de lo que la propia Acta de Helsinki describe como: "Considerando que la solidaridad entre los pueblos, así como el objetivo común de los Estados participantes de lograr los propósitos enunciados por la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa, deben conducir a desarrollar mejores y más estrechas relaciones entre ellos en todos los campos, y de este modo superar la confrontación resultante del carácter de sus relaciones pasadas, y a un mejor entendimiento mutuo".
Como se puede fácilmente comprobar con ejemplos claros como el que nos ocupa no todo en la historia político-diplomática mundial es cinismo, caos, violencia, imposición, estrategias de "balanza de poder" o exclusiva razón de estado. De hecho, Helsinki también revivía el espíritu del Pacto Briand-Kellog (1924) de renunciar al uso de la fuerza y la guerra para dirimir las controversias o los enfrentamientos entre países. Las relaciones internacionales, este es un ejemplo histórico, también pueden orientarse exitosamente en una dirección de convivencia pacífica y mutuo entendimiento.
Y de estos hechos de hace medio siglo llegamos al presente. Es cierto que la caída del Muro de Berlín y la imposición de la URSS ha cambiado el panorama mundial y estamos en otro paradigma y en un momento histórico muy diferente. Sin embargo, quiero ejemplificar cómo los avances en pro de la pacificación y los acuerdos de entonces han transmutado hoy ante los actuales conflictos en la zona OSCE. Por decirlo aquí en positivo, de aquellos polvos vienen estos lodos que voy ahora a reseñar.
Lo firmado en la capital finlandesa recuperó aspectos que pusieron de nuevo sobre la mesa la fuerte sensibilidad ante lo que durante siglos fue norma común: el uso de la fuerza y la violación de las fronteras y la soberanía de otros países. En este sentido podemos referirnos a Rusia (firmante) y a Israel (participante observador como integrante de los estados mediterráneos, los que presentaron diversas aportaciones). Estos dos focos de conflicto pueden ser examinados a la luz de los principios asumidos por el Acta de Helsinki.
Creo que, sin duda, hay una relación directa entre lo suscrito en 1975 y la nueva forma mentis de la comunidad internacional frente a la fuerza y no respetar las fronteras. Obviamente, junto con otros factores como la progresiva mayor implementación del Derecho Internacional, del desarrollo del ius ad/in bello, experiencias de coaliciones internacionales bajo el paraguas del capítulo 7 de la Carta de S. Francisco (ONU) que legitima el uso de la fuerza (ejemplo, la I Guerra de Irak, 1991), etc.
La reacción de condena unánime de la violación por parte de la Rusia de Putin de la soberanía ucraniana, enseguida suscitó el apoyo mayoritario a la postura de Kiev. Es un conflicto muy complejo pero la solución tomada por el Kremlin no ha sido aceptable para el conjunto del área OSCE, organización que por cierto ya había denunciado con fuerza la invasión de Crimea. De acuerdo con sus principios, reformulados con nitidez en 1975 y mantenida viva la llama con este organismo internacional, los países miembros se han opuesto a esta invasión territorial.
Y no sólo retóricamente, sino con otros tipos de apoyo como bien es sabido. No sólo, que también, es una cuestión que afecta a la seguridad común sino que también atenta contra los fundamentos político-diplomáticos del espacio europeo. De ahí la contundente reacción. Pues bien, el Consejo de Europa ha propuesto un Tribunal Especial para los crímenes derivados de la invasión de Ucrania. Lo apoyan treinta y ocho estados. Complementaría la jurisdicción de la Corte Penal Internacional, que no puede juzgar sobre el asunto por su configuración legal.
Tampoco la OSCE está capacitada pero sin duda en el ánimo del Consejo de Europa está la filosofía de los Acuerdos de Helsinki. Es, de nuevo, una muestra de la solidaridad eficaz entre naciones, aunque, por supuesto, esta no alcance a la totalidad de las consecuencias de la guerra. Creo que lo mismo cabe decir respecto a la guerra en Gaza y el actual plan de paz ya asumido por NN.UU. Israel participó como estado mediterráneo observador en la Conferencia de Seguridad y Cooperación Europea y no firmó el Acta de 1975 pero, sin duda, la presión internacional -aunque es verdad que muy tarde- ejerció un papel fundamental en frenarlo y abrir unas nuevas expectativas.
El uso de la fuerza, en este caso en un ejercicio de legítima defensa, ha de mantener la proporcionalidad y, aunque para el estado judío la eliminación operativa del enemigo sea cuestión de supervivencia, no todo vale en la guerra (ius in bellum) y en este sentido presionó la comunidad internacional occidental. Sin dudarlo, también algo tuvo que ver en esta conciencia ética la herencia de Helsinki. No se logró resolver el conflicto por vía pacífica pues hubo una cruel agresión previa pero sí limitar a Israel en su intención de resolverlo bélicamente hasta el final.