1 - A veces, cuando tomas la palabra, ocurre que en un momento determinado utilizas un argumento o haces una referencia para apoyar una posición o una tesis concreta. No deja de ser un quite, un lance ocasional, y enseguida continúas con la línea maestra de tu planteamiento. Pero después piensas que quizá hubiera merecido la pena detenerse en ese excursus y desarrollarlo con mayor detenimiento.
Eso me sucedió recientemente en la presentación del libro de José Tudela, En defensa del Estado de derecho, donde aventuré que su enfoque podía ser arendtiano o quizá unamuniano. Puede que el libro de Tudela constituya un ejemplo de lo que Grand —autor de un estudio sobre la base ideológica del trumpismo— denomina el enfoque arendtiano, frente a lo que podríamos llamar el radicalismo o esencialismo unamuniano. Unamuno sostenía que, ante problemas profundos, lo adecuado era atender a la causa estructural: fijarse “en los ojos de la esfinge” y no en “las cerdas”. Grand, en cambio, siguiendo a Arendt, considera que, en el análisis de la ideología trumpista, lo relevante no es hallar causas, sino mostrar sus elementos y sus rostros, pues el objetivo no es predecir tras identificar causas, sino explicar lo que sucede.
El libro de Tudela es un análisis muy detallado de la salud institucional del Estado, ya se trate del Estado central o de las comunidades autónomas. Se trata de un estudio exhaustivo, pues no hay monografía sobre el funcionamiento efectivo —esto es, sobre el comportamiento real de nuestra organización política— que Tudela desconozca. Pero también hay en él un intento de señalar las líneas básicas o las deficiencias decisivas del modelo español: desde la preponderancia abusiva del principio democrático frente a la idea del Estado de derecho, hasta la relativización del régimen parlamentario, hoy en decadencia, en favor de una excesiva presidencialización de nuestra forma política.
Otra licencia que me permití en la presentación fue subrayar la proximidad, no solo familiar, con el Pepe Tudela al que Ortega y Gasset dedica un famoso artículo en El Espectador (“Pepe Tudela vuelve a la Mesta”). El discípulo de Ortega al que el maestro va a visitar en su excursión a Soria es, como nuestro Pepe Tudela, un ejemplo de esas élites provinciales en las que Ortega confiaba para revitalizar España. Siempre he creído que, en el modelo renovado de la España de las provincias del filósofo madrileño, latía el parámetro de patriotismo propio de las sociedades de Amigos del País, como la primera fundada por el conde de Peñaflorida en Guipúzcoa.
Es en esa estela donde podemos situar la formidable labor llevada a cabo en la Fundación Giménez Abad, con sede en Zaragoza pero con proyección en toda España, en la promoción de los estudios de derecho público, y que debe tanto al empeño del letrado José Tudela.
2 - A veces la matización o el subrayado que te parece necesario surge cuando estás leyendo un texto y echas en falta una puntualización o una ampliación que aclare el sentido de lo que ves escrito. Pongamos que hablo de Cervantes y me refiero en concreto al artículo que lleva a portada el reciente Times Literary Supplement, “Tilting at Cervantes”, de Miranda France, que, siguiendo a Muñoz Molina, busca continuidades entre Cervantes y la literatura inglesa del siglo XX, en especial Joyce y Virginia Woolf, y que parece apuntar a la tesis de que El Quijote fue una obra maestra creada por casualidad.
Dice mi admirada Woolf: “Según creo, la belleza y la sabiduría de la obra son fruto inadvertido. Cervantes apenas fue consciente de su verdadero significado y no puede decirse que lo viera como nosotros lo consideramos hoy”. Lo cierto es que Don Quijote tuvo una audiencia en Inglaterra, desde la traducción de Thomas Shelton en 1612, a muy pocos años del original cervantino, como en ninguna otra nación. Para mí, como sostuve en un artículo en El País en 2005, el propio Hobbes debió de leerlo antes de escribir su Leviatán.
Decía Hobbes —aunque en 1670, cincuenta y cinco años después de la publicación del Quijote— que en el estado de naturaleza la vida de los hombres era “breve, solitaria y embrutecida”. Asombrosamente, Cervantes utiliza casi las mismas palabras para describir la anarquía o inseguridad en que se mueve Roque Guinart, el bandido con el que se encuentran don Quijote y Sancho en su viaje a Barcelona, al final de la novela:
“Roque pasaba las noches apartado de los suyos, en partes y lugares donde ellos no pudiesen saber dónde estaba, porque los muchos bandos que el visorrey de Barcelona había echado sobre su vida le traían inquieto y temeroso, y no se osaba fiar de ninguno, temiendo que los mismos suyos o le habían de matar o entregar a la justicia. Vida, por cierto, miserable y enfadosa”.