Yolanda Díaz Iscariote se ha tragado con patatas a las finas hierbas su exigencia de remodelación profunda del Gobierno sanchista. Pedro Sánchez ha desdeñado con suficiencia a su vicepresidenta porque sabe que ella y sus ministros está amarrados al disfrute de sus cargos, sus suculentos sueldos, sus coches oficiales, sus escoltas, sus viajes gratis total, su red de secretarias y ayudantes, sus prebendas y satisfacciones. Otra cosa es que algunos de los partidos de extrema izquierda integrados en Sumar decidan escindirse del grupo y cabalgar por su cuenta.
Yolanda Díaz se lo debe todo a Pablo Iglesias. En el mejor estilo comunista, decidió traicionarle. El líder de Podemos permaneció impasible. Yolanda consumó impávida el acto de traición más sobresaliente de la historia de la democracia española. Pablo Iglesias vaticinó en su entorno que Yolanda Díaz terminaría por estrellarse porque políticamente es persona de escaso valor. Y celebró que alguien la apellidara Iscariote, que es la apelación más adecuada para ella después del cinismo demostrado al traicionar a Pablo Iglesias. El líder podemita ni siquiera se frota las manos. Tiene demasiada categoría política para preocuparse por Yolanda Díaz Iscariote. Y continúa con su trabajo en la televisión y en las redes sociales que, por cierto, en TikTok le han convertido en el verdadero líder de la izquierda española.
En todo caso, sí es cierto que se avecina un invierno especialmente crudo para el presidente del Gobierno. Pedro Sánchez pretende permanecer inmune a las exigencias de la política, pero son muchos, incluso dentro del PSOE, los que consideran muy difícil que pueda evitar la convocatoria de elecciones generales en 2026.