No deja de ser para aquellos que la leemos, escribimos y pensamos, un género incansable. Un golpe de viento que saca a bailar a todas las ideas que deciden volverse cristalinas pese a una oscuridad irrenunciable, también deseable. La poesía es el celo que no disminuye. Felizmente, nos entregamos a lo que nos reclama y estos tres títulos, de entre varias lecturas recientes, vienen a certificar esta impresión a vuelapluma y otras más o menos meditadas que pudieran surgir.
De la lectura del último libro de Antonio Manilla, Lo que deja de verse en el fulgor, que bien podría servir como razonamiento añadido a la querencia poética que mencionaba antes, uno se queda con la intención del autor por la medida justa de esas visiones que no eluden lo efímero, que es toda la historia de la poesía y sus motivaciones, claro, pero en los poemas de Manilla, apegados a su tierra natal leonesa, no se percibe un ruralismo estanco más allá de sus pinceladas impresionistas, sino que prefiere esparcir esos paisajes y esos protagonistas y esas ideas como vilanos para que cada uno componga a su gusto lo que abarca todo ese indefinido que nos propone. Su poesía es ansia de emociones indóciles, entretenimientos de la nada y el tiempo, extensión de las fatigas de los amores, los pueblos, los libros. ‘En la naturaleza todo es rito,/ reiteración al margen de la historia./ No te lleves a engaño:/ si hay algo nuevo aquí, está en ti, viajero/ que portas la ilusión como equipaje:/ el corazón donde renace el mundo’.
Lejos de allí, un paraguas es arrojado a las vías del cercanías y llama la atención de una poeta. Sus letras lo quieren detener con prisa antes de llegar al trabajo. Es pasajera esta imagen, pero nos adentra en uno de los pilares del nuevo y tercer libro de poemas de Candela de las Heras. En su Calendario escolar, haciendo gala de una inusual brevedad y consistente rapidez —si comparamos con los textos de sus dos libros anteriores— a la hora de manejar la voz lírica, se debaten las pulsiones de lo que uno puede hacer fuera y a pesar de la jornada laboral, y las del deseo y sus variaciones. Sin querer erigirse como una voz más alzada frente a nuestra crisis generacional, la poeta asturiana se sirve de las evidentes faltas rutinarias a las que nos vemos sometidos para mostrar su particular indignación, más elaborada que otros famosos títulos al respecto, más preferentemente ponderada que revolucionaria, sin abandonar los matices hirientes. Por suerte, queda el lago turbio del deseo en el poder hundirse. ‘Mi cuerpo es húmedo como la tierra/ no existe dentro/ no existe fuera’.
Aunque el inicio no convencía por su frialdad, el primero de los poemas largos cambió mi parecer y, llegado al final, ratificó por qué La comedia de la carne, de Carlos Pardo, ha sido uno de los mejores libros de poesía del año, llamativa y acertada cubierta aparte y de añadido en su valoración positiva. El auge y caída del amor, tema predilecto de la literatura, no opone resistencia al entallado al que Pardo lo somete, y en absoluto queriendo arañar un veredicto favorable, pero sí dejando en evidencia lo risible de nuestros enamoramientos, lo importante que es que nos topemos con y sintamos esas experiencias, como sea que vayan a terminar, para asegurarnos que, verdaderamente, la única posibilidad es la del realismo en educada contradicción con lo inasequible de la experiencia amorosa. ‘¿Cómo lidiar y controlar entonces/ estas dos abstracciones,/ cabeza y cuerpo, que sospechan/ de sus competencias invadidas?’, se pregunta. Dado que uno es su propio comienzo de deseo, dado que uno es su deseo, simplificando, hay que optar por la distancia irónica, cuando no sarcástica, no sea que podamos rendirnos a sus ardientes complejidades, a veces tan sutiles.