Opinión

La verdad del mundo según Hans Urs Von Balthasar

TRIBUNA

Luis Artigue | Lunes 22 de diciembre de 2025

“Yo soy la verdad” le dijo Cristo a Pilatos, y este, apoyándose en la sofística griega y el derecho romano (que son las primigenias piedras de toque del relativismo que afirma que todo es relativo; que no existe la verdad sino la versión de cada cual y por eso se trata de ganar el relato), le respondió: “¿la verdad? ¿Qué es la verdad?”...

A causa de las tergiversaciones oficializadas de nuestra época uno últimamente está tan cabreado con la realidad que ha llegado a pensar que la verdad del mundo es mentira, pero, al releer a los grandes del pensamiento católico cuya lucidez es una gracia por la que dar gracias, volvemos a darnos cuenta de que no…

Hay libros que no se leen: se atraviesan. La verdad del mundo, ese tomito severo y luminoso de la Teológica de Hans Urs von Balthasar que acabo de revisar en un retiro de adviento, no es un volumen, es un clima. Y uno entra en él como quien cruza la Castellana en hora punta: con respeto, con prisa interior y con la sospecha de que algo grave —y verdadero— va a sucederle al alma nuestra que últimamente no está para guerras ni paces.

Balthasar, suizo como los relojes que miden el tiempo sin ruido, escribe aquí sobre la verdad no como concepto, sino como acontecimiento (no se ahorra exigencia epistemológica al rastrear cuanto de acontecimiento hay en la verdad y así a la liza la verdad como naturaleza, la verdad como libertad de objeto y de sujeto, la administración de la verdad, la verdad como situación, y, sobre todo, la verdad como misterio).

En efecto la verdad no es una idea platónica sentada en un banco de mármol, sino una señora que pasa por la calle, se quita el abrigo y nos mira. Nos mira mucho, de hecho. Y esa mirada compromete. Porque la verdad, dice Balthasar, no es neutral: es dramática, histórica, encarnada y teológica. Es Cristo paseando por el mundo con sandalias polvorientas y toda una metafísica a cuestas que pesa como la cruz.

Este tomo —denso como un invierno alemán— quiere devolverle a la verdad su biografía. Frente a la modernidad relativista y sofista y políticamente adepta a la versión de cada cual, la cual ha convertido la verdad en fórmula, en consenso o en encuesta del CIS, Balthasar nos recuerda que la verdad tiene carne, tiene herida, tiene alma y tiene cruz. No se demuestra: se revela. No se posee: se recibe. Y aquí el teólogo al decírnoslo se pone elegante, casi peligroso, porque afirma que la verdad no se defiende con argumentos, sino con fidelidad (algo muy poco rentable en estos tiempos de tertulia, de inmediareces y de frivolidades de varieté).

Leer La verdad del mundo hoy, en la era del tuit y del eslogan, y en la era de las homilías teológicamente descafeinadas pero bailables y con mucho guiatarreo, es un acto de resistencia cultural y espiritual. Es de hecho como sacar a pasear a Hölderlin por un plató de televisión. Balthasar no grita, no seduce, no simplifica. Escribe como quien reza pensando y piensa rezando. Su verdad no es un martillo, es una forma. Una forma bella (en el sentido estético, cristológico y mariológico), que para él es inseparable del bien y de lo verdadero. Trilogía o trinidad, que al final viene a ser lo mismo.

Este libro nos dice, con voz baja y acento centroeuropeo, que el mundo sólo es verdadero cuando se deja amar por Dios. Y que toda verdad que no pase por el amor acaba siendo ideología, o peor: aburrimiento (lo cual, por cierto, explica muchas columnas, muchos editoriales y casi toda la política actual).

Desde el mundo de la política, ya desde tiempos de Pilatos pero ahora especialmente, se nos vende que no existe la verdad sino solo el relato que nos hacen, pero Baltasar nos recuerda que, por mucho que se esfuercen, no pueden negar la existencia de la verdad sino solo ocultarla, pues negar la existencia de la verdad es una contradicción en sus términos; una imposibilidad ontológica, y no digamos ya teológica, a parte de una falacia metodológica.

Balthasar no está de moda, gracias a Dios. Pero su Verdad del mundo sigue ahí, esperando lectores con tiempo interior, con paciencia metafísica, con sofisticación espiritual y con ganas de que la verdad les estropee un poco la tarde. Porque la verdad, cuando es de verdad, nunca deja las cosas como estaban… Y eso, en el fondo, es lo más periodístico que puede decirse de un libro teológico.

Feliz adviento en lo que este tiene de verdad del mundo y de celebración de la espera… ¡Ya viene!