Opinión

De las treguas navideñas al cuento de Dickens

TRIBUNA

Gabriel Alonso-Carro | Lunes 22 de diciembre de 2025

Con ocasión de la fallida reciente propuesta de tregua en Navidad, rechazada por Rusia, cabe recordar que este periodo festivo ha sido motivo muchas más veces de paz, al menos momentánea, en muchos conflictos bélicos. Basta consultar un poco en las diversas fuentes de información para rastrear los numerosos casos históricos, incluso en nuestra guerra civil española. No son escasos ni en un solo periodo histórico o lugar geográfico los múltiples ejemplos.

La más conocida, por haberse divulgado más -hasta en formato cinematográfico-, es la tregua de 1914 durante la I Guerra Mundial: en la primera Navidad, tras cinco meses de combates. No es el lugar de dar más detalles, sobradamente conocidos, pero sí de subrayar que en medio de una lucha encarnizada se produjo el milagro de que en las trincheras alemanas se adornaran árboles navideños y se cantaran villancicos, al tiempo que se felicitaba la Noche y el día de Navidad a los contrincantes. Independientemente del cansancio de la lucha no parece sino que el espíritu de esos días pudo más que el odio generado por las guerras.

La respuesta de los adversarios fue similar y se produjo un alto el fuego que dio lugar a poder acercarse, saludarse, conversar, intercambiar regalos y hasta intercambiar cuerpos y darles sepultura. Todo ello con el cese del fuego cruzado durante aquellas horas benditas. Fue en el frente occidental y parece que participaron hasta cien mil hombres. Totalmente espontánea, se volvió a repetir ocasionalmente para finalmente ser prohibidas por las autoridades militares. Sin embargo, el milagro fue posible, fue un hecho histórico y hasta dio lugar a partidos de fútbol de confraternización.

Y uno se pregunta qué poder tienen estas fechas en que conmemoramos el Nacimiento del Mesías para convertir y traspasar los corazones y las actitudes de los más enconados enemigos. Los soldados se felicitaban por lo señalado del hecho que se celebraba, adornaron las trincheras con los distintivos tan significativos y cantaron las canciones donde se ensalza la venida al mundo del Salvador. Así pues, la camaradería y el hermanamiento que se produjo la Nochebuena y el día siguiente, tan señalado, nos hablan de un potentísimo motivo de unión, de un disolvente de las enormes diferencias. Y este no era otro que un Niño, nacido en Belén, en un muy humilde pesebre, junto a sus padres, una mula y un buey.

No se trató pues de vagos sentimientos, difusa filantropía o repentina bonhomía sino de deseos sinceros de paz, de conciliación, de hermandad, surgidos de la vivencia del espíritu navideño: tan íntimamente asociado a la bondad y amor manifestados por todo un Dios que se hace uno de nosotros. Esto es, el sentido trascendente de la Navidad fue el que derribó las barreras y dio lugar a un momento, aunque fueran tan solo por unas horas, tan sorprendente y humano en medio del encarnizamiento entre beligerantes.

Cabe recordarlo e insistir en ello ante lo que voy a exponer a continuación que afortunadamente es algo menos dramático. Se trata de la parcial secularización del sentido de las celebraciones navideñas. Ciertamente, el consumismo, las reuniones familiares con mesas sobreabundantes, los regalos, la iluminación, el ambiente festivo en la calle, etc. pareciera que esconden el núcleo original y motivo último de estas fiestas. Lo cierto es que hay quien las vive sin perder su sentido primigenio, quien lo hace por costumbre social o acontecimiento anual y hay hasta quien las denuesta: efectivamente, de todo hay.

Sin embargo, a pesar de que en muchas ocasiones se desdibujen permanecen sus señas distintivas y de identidad independientemente de si es mayor o menor el número de quienes así las disfrutan. Los belenes, árboles navideños, villancicos, festividades religiosas como el veinticinco, uno y seis e incluso las cabalgatas y autos sacramentales populares en los pueblos nos remiten al Misterio del Nacimiento de Jesús.

Siguen siendo fundamentalmente unos días de intensa espiritualidad en su núcleo fundamental, aunque haya quien no las viva así o lo haga superficialmente. Y de ese espíritu original deriva el que sean jornadas donde se envían y reciben felicitaciones, se desea los mejor para ellas y el año venidero, se cuide en especial un ánimo de compartir, de convivir, de celebrar, de querer a los propios y ajenos. Es el espíritu de la Navidad que irrumpió también en la guerra, en 1914.

Por ello, conviene ejemplificar todo lo dicho anteriormente en el caso de un relato navideño tan simbólico como la "Canción (o cuento) de Navidad" de Ch. Dickens. Hay quien ha dicho que el escritor inglés marcó con su impronta, y a partir de él, la celebración del nacimiento de Cristo. Y lo habría hecho subrayando más el aspecto de los buenos sentimientos, la compasión con los semejantes, la bondad y la armonía familiar navideña como si de unas fiestas invernales de confraternización se trataran. Dada su espléndida y sensible pluma habría transformado las emociones propias de la Navidad desde su origen religioso a una vivencia humanística o filantrópica: es decir, la habría secularizado.

Afirmó J. M. Valverde: " En especial, Dickens dejó acuñada en forma de antonomasia la idea de la Navidad secularizada, como fiesta de la familia y la filantropía, hay en lleno vigor". Un amigo me vino a decir lo mismo, que Dickens había desdibujado el sentido profundo de esta celebración cristiana. Y es a lo que me resisto, al igual que a no se reconozca el profundo sentir de lo que ocurrió en la tregua navideña del catorce y al igual que a que por mucha gente pierda el hondo sentido de lo que se festeja no haya, por el contrario, mucha otra que lo preserva en su nítida autenticidad.

El equívoco está claro para mí. Es separar lo que describe M. Delibes acerca del estado navideño como: "miscelánea de nostalgias, candor, indulgencia, remordimientos, súbito amor a los desvalidos, reblandecimiento cordial, etc (que encuentra en la pluma de Dickens su expresión más decantado y pura)" de su fuente primigenia, lo que otro gran inglés (Chesterton) describió con autenticidad como "el espíritu de la Navidad". Es el que se dio en la frontera occidental de la I Guerra Mundial, el que anima el sustrato profundo de nuestras fiestas y el que -aunque se crea poder separar- inspiró también al novelista británico su mensaje literario tan bondadoso, humano y entrañable.

De hecho él mismo lo subraya por boca del sobrino de Scrooge (lo que a menudo se olvida): "he considerado a la Navidad, cuando esta fecha se aproxima -aparte la veneración debida a su sagrado nombre y origen, cosa que está por encima de todo lo demás- como una época del todo maravillosa. Días hermosos llenos de caridad, perdón y de alegría". De modo que a pesar de los pesares, en nuestros días,
y de que el torrente de ilusiones, felices deseos y bellos sentimientos puedan parecer espontáneos y sin más motivo que la aparente alegría del celebrar, reunirse, comprar y regalar -arrastrados por las fechas y el brillo de las luces- late en el fondo siempre el verdadero "espíritu de la Navidad". El que con el sobrino de Scrooge podemos decir: "creo que me ha hecho mucho bien, y que siempre me hará bien".