Estas son fechas complicadísimas para los tímidos. Sales a la calle y hay trescientas comidas de empresa el mismo día, centenares de familias que salen a ver el alumbrado y a comprar regalos y otros tantos centenares de ociosos que salen a la calle porque es lo que toca: deambular por ahí, mientras las chiribitas del alumbrado impactan en sus pupilas, y trasegarse todos los cubatas que en este mundo son y han sido. Este es un poco el panorama que uno encuentra no solo los fines de semana, sino cualquier día mientras uno se dirige al trabajo. Y es extenuante. Los tímidos, lo digo en serio, lo pasamos fatal. Se parece bastante a la Semana Santa para los ateos; uno sale a la calle y encuentra una muchedumbre, molesta, obstaculizadora, que acude a rendir pleitesía a su religión mientras que uno, ajeno a todo, acude a sus quehaceres. En este caso, la multitud acude también a adorar una religión: la del consumismo. La ciudad entera se abre, luminosa, como una mano abierta que se ofrece: “Ven, diviértete; sal, compra, come, bebe”. Y un tímido, como yo, se molesta, y no quiere. Yo salgo cuando me da la gana, no cuando las lucecitas, como cantos de sirena, buscan a uno hacerle naufragar en alcohol y agujeros profundísimos en la cartera.
Por eso quiero romper una lanza a favor de los días laborables. Los verdaderos días laborables, digo; no los de este mes —diciembre es un largo fin de semana, un sábado que se extiende un mes y pico—. Hablo de los días laborables buenos, los de verdad. Los de las cafeterías vacías a las cinco de la tarde, esos días en que el bullicio matutino resulta prácticamente musical, cuando todos van a sus tareas sin molestar a sus iguales. No hay voces a destiempo, ni la ciudad se encuentra poblada por esos extraños bolardos típicos de estas fiestas: botellines de cerveza y vasos de cristal o plástico a medio beber. La calle es un lugar de paso y uno puede camuflarse y seguir adelante hacia su destino: una cafetería donde leer tranquilo antes de entrar al trabajo, una tienda a la que tiene que acudir para comprar cualquier cosa…
Lo malo de los días laborables es que, claro, uno tiene que hacer honor a su nombre y trabajar. Pero hay estratagemas magníficas para poder disfrutarlos esquivando este impedimento. Una que se me ocurre, así, a bote pronto, es hacerse funcionario. Así, prácticamente cada día de tu vida será un día laborable eterno y, lo más importante, gozoso. Y los lugares estarán tranquilos, y las tiendas, las cafeterías y las bibliotecas, y los pasillos libres de obstáculos, especialmente del peor de todos: el trabajo.
Otra estratagema, en caso de que uno tenga un trabajo de verdad, es tratar de cogerse los días de asuntos propios, las vacaciones y todos lo que la legislación laboral te permita en días entre semana. De verdad, hacedme caso: eso es vida. Si te gusta viajar, conocer otros lugares, tienes que vivir las ciudades de lunes a viernes. Los sábados y domingos son ilusiones que nos ofrece la vida. La realidad empieza el lunes y la irrealidad se abre paso el viernes noche. Uno puede sentir entonces cómo viven esas personas de aquella ciudad que tanto le gusta. Podrá ver las caras de la gente de camino al trabajo, los ratos mínimos de disfrute, cómo se comportan en el metro, cómo gesticulan y hablan con los demás… La ciudad respira y uno puede fijarse en los detalles. Si uno acude, en cambio, un sábado o un domingo a, yo qué sé, Verona, uno solo verá a turistas y a gente haciendo lo que todo el mundo hace en todas partes un fin de semana: ponerse tibios de alcohol y de comida.
Por eso, larga vida a esos días en que las calles son transitables, donde los días nos permiten respirar y vivir y ser felices. Siempre que el trabajo no se interponga en nuestro camino, eso sí. Pero lo dicho: con ser funcionario lo tenemos hecho. Un abrazo de aliento a vosotros, mes semblables, mes frères: los tímidos, los que odiamos este sábado interminable repleto de esos seres a los que dicen que pertenecemos. Esos que son solo soportables en pequeñas cantidades: la gente.