Lunes 15 de diciembre de 2008
Apenas unos días después de que el Ministerio del Interior anunciara el traslado a cárceles vascas de algunos presos de ETA, casi un centenar de ex presidiarios de la banda se manifestaron en la localidad guipuzcoana de Usurbil en una especie de aquelarre patrocinado por ANV, que gobierna el ayuntamiento del pueblo, en el que se exigió “una solución dialogada y política” al “conflicto vasco”. La representación fue compartida por los niños del pueblo, espectadores inocentes pero influenciables de la feria del juguete que tenía lugar en el mismo frontón municipal en que se les impartían lecciones aceleradas de violencia política: un espectáculo incomprensible en ningún otro país de Europa Occidental.
Esa es la forma que tiene el colectivo por etarra de ‘agradecer’ el discutible movimiento de táctico del Gobierno de acercar presos etarras que, a pesar de haberse manifestado en contra de la continuación de la “lucha armada”, no se han mostrado arrepentidos de sus crímenes. Dos de los presos que han sido trasladados a penitenciarias vascas, Múgica Garmendia, ‘Pakito’, y Aracama Mendía, ‘Makario’, entre otros, publicaron en agosto de 2005 un comunicado en el que señalaban el fracaso de la “estrategia militar” de ETA. En ningún momento se molestaron en pedir perdón por los crímenes ya cometidos.
El terrorismo de ETA es un fenómeno anacrónico que incompresiblemente sigue vigente en un país democrático, desarrollado y avanzado como España. Y gran culpa de la continuidad diabólica de los crímenes de ETA está en las autoridades, de uno y otro partido, que, cuando gobiernan, parecen más interesados en ventajismo político que en dar la puntilla final a la banda cuando más débil está. No hay negociación posible con una pandilla de asesinos porque supone darles oxígeno, convertirles en cierto modo, en representantes de un pueblo que les teme y sufre más que les vota.
No es comprensible que se haga la vista gorda con actos como el de este sábado, permitiéndose que los ayuntamientos vascos estén gobernados por partidos que toleran, amparan y dan argumentos a la violencia. Resultaría difícil imaginar algo semejante en Francia y, de hecho, aunque en sus comunicados ETA hable de los Estados francés y español por igual como opresores del pueblo vasco, lo cierto es que a la hora de la verdad, la banda evita cualquier actividad hostil en el país vecino porque sabe que en Francia no se andan con chiquitas.
El terrorismo de ETA no sólo se derrota con detenciones, que también. Hay que luchar contra el germen que contamina la sociedad, contra la indulgencia cobarde y, sobre todo, contra una especie de complejo antidemocrático que confunde la firmeza con la opresión. Hasta que no entendamos esto, los terroristas siempre encontrarán fisuras por las que colar su veneno, que no busca otra cosa que acabar con la democracia que los invalida.
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