La cuestión de fondo, sin embargo, no es por dónde se han perdido los inquilinos de La Moncloa. Ni siquiera el despilfarro en la decoración de lujo del palacio canario. Sino el desparpajo con que afronta Pedro Sánchez el derrumbe de su partido y la deriva de su Gobierno, después del fatídico 2025. Y es que sigue actuando como si todo fuera sobre ruedas, como si de verdad España fuera un cohete en materia económica. Como si de verdad su Gobierno fuera el más feminista del mundo y aplicara la “tolerancia cero” en los casos de corrupción y acosos sexuales. Como si el PSOE extremeño no hubiera sufrido el mayor descalabro de su historia.
Pero el verdadero problema no es que Sánchez se vaya dos semanas de vacaciones. El problema es que va a volver. Y volverá como si nada, dispuesto a culminar la legislatura pactando la independencia fiscal de Cataluña con Junqueras, intentando que el Tribunal Constitucional de Conde Pumpido aplique de una vez la amnistía a Puigdemont y permitiendo a los golpistas catalanes la celebración de un referéndum de autodeterminación. Ese es el drama para la democracia. Que para sobrevivir tiene que volver a suplicar el apoyo parlamentario y arrodillarse ante los que intentaron dar un golpe de Estado y ahora siguen empeñados en desguazar la Constitución. Sería mejor que Sánchez siguiera siempre de vacaciones. Que no volviera nunca jamás.