Nota: Todo esto es absoluta ficción y mentira verosímil.
Una mesa de comedor bastante amplia con nueve sillas tapizadas en amarillo, de la que ocupan los tres personajes una tercera parte del lado izquierdo. Una champanera mantiene fresco el vino. En el proscenio hay colocados varios ficus. Los tres personajes cenan con absoluta corrección y exquisitos modales. Agostinho, el criado, con chaleco rojo y pajarita, va llenando los vasos de los comensales según estos se vacían y sirve con elegancia la comida. Todo muy distinguido.
CORTÉS.- ¿Así que tú, Ginette, eres la Jefa Suprema del Centro Nacional de Investigaciones Científicas?
GINETTE.- Digamos que soy la tercera persona más importante de esa Institución.
CORTÉS.- Por la embajada se dice que Francia está a punto de construir su primera bomba atómica. ¿Es cierto eso?
GINETTE.- Cada vez me parece más misteriosa su presencia aquí, querido general. ¿Forma parte la visita quizás de una actividad del servicio de inteligencia español? Por lo demás, no sé nada del desarrollo de la primera bomba nuclear francesa, y si supiera algo no podría decírselo.
CORTÉS.- Perdona la pregunta. Es ciertamente impertinente, pero cualquier buen servidor de su país debe estar atento a todo lo que salta en el vecino para beneficio de su propio país. Cuando los rusos hicieron explotar su primera bomba atómica, nuestro invicto caudillo preguntaba a los que sabían más de estas cosas si se podía simular una explosión nuclear amontonando en un sitio reducido varias toneladas de explosivos convencionales.
GINETTE.- Se ve que su invicto caudillo no sabía mucho de bombas atómicas. Y parece por sus preguntas, general, que una es ya un objetivo de información por su trabajo, y, por otro lado, parece estar la liberación de mi marido, creador de esta jaula de oro.
CORTÉS.- No seas susceptible, Ginette. Veo que eres rica, sabia y una aristócrata de la Administración Francesa. Empiezo a tenerte celos, amigo Paco.
GINETTE.- Y es verdad. Paco tiene por ahí escondidos pequeños textos de teatro, que me ha leído, verdaderamente muy buenos, geniales, como esos de “La señorita Frankenstein” y “La piedra de sal”. Esta última es una crítica a una modernidad despiadada frente a una tradición rancia, pero humanitaria. Conmigo Paco ha conseguido, además, ser feliz y satisfacer, si se puede decir, todas sus pasiones, tanto de cintura para arriba como de cintura para abajo. La verdad es esa.
CORTÉS.- Está claro, Paco, que no hay cosa más agradable como vivir con mujeres ricas y poderosas. Y me supongo también que con efebos insenescentes, que diría Mahoma. Es gracioso que Mahoma viera sólo el sexo como premio en el Paraíso, y no como placer mundanal. Y eso es porque Mahoma ve en el sexo una actividad divina. Has tenido la suerte de llegar a ser un marido-gigolo, entre gitano y brujo. Esas son las glorias del gigolo triunfante, preciosas y prestigiosas batallas ganadas a la vida. Pero ahora te llega la hora de agarrar el escoplo divino de la creación, y su fuerza ya no la puedes reprimir. ¿No es eso?
GINETTE.- ¿Por qué no nos lees algo de lo último que has escrito?
CORTÉS.- Sí, por favor.
Nieva sale del comedor, pero Agostinho sigue allí.
GINETTE.- En realidad, Paco no es mi tipo. A mí me gustan altos y rubios, como usted. Pero la vida es muy rara.
Cortés, que se encontraba entre el matrimonio, en el extremo de la mesa, alarga su mano, y la posa en un muslo de Ginette.
CORTÉS.- Tu carne aún está benditamente dura. Como el mármol oscuro y con olor a cebolla del monte Himeto.
Nieva vuelve con una resma de folios, aleja un poco su silla y se dispone a leer.
Oscuro. Suena la más misteriosa música de Schoenberg.