Cada diciembre, el año se nos devuelve empaquetado. Spotify nos dice qué hemos escuchado, las redes qué hemos visto, Google qué hemos preguntado. A ese ejercicio de memoria algorítmica lo llamamos wrapped: un resumen que convierte los hábitos individuales en un relato colectivo. Si aplicamos esa lógica al lenguaje, el resultado es especialmente revelador. El wrapped de España en este 2025 no habla de tendencias digitales, sino de las obsesiones, miedos y vergüenzas que han atravesado el país.
Si hubiera un histórico de wrapped en España, “corrupción” aparecería en lo alto del pódium desde aquella portada de Interviú con Roldán y la cucaracha hinchable. En 2025 no ha sido excepción. La palabra se pronuncia continuamente, pero parece haber perdido su fuerza de antaño. Está tan integrada en el relato público que funciona casi como ruido de fondo. En el tiempo de la sobreinformación y el copywriting las palabras con connotación negativa ya no gustan. Se evitan. Quizás haya que reinventarse y nominar a ese concepto como “corrupción gratis in bloom”. Lo de in bloom es para hacerlo más cool y bonito, no me lo tengan en cuenta.
Pocas palabras tan aparentemente neutras han adquirido tanta carga simbólica como “saunas”. En 2025, el término se ha convertido en un atajo narrativo del escándalo. No importa el lugar físico, sino lo que sugiere: tramas, favores, secretos, dobles vidas. Saunas demuestra cómo el lenguaje contemporáneo condensa historias complejas en un solo término, casi como un meme semántico compartido. Eso sí, hay que reconocer que la narrativa es buena. Una familia de pueblo viene a la ciudad, monta un negocio de hostelería que se convierte en uno de saunas en las que pasan “cosas” y hay una recogida de dinero de madrugada en un plano de película de Garci, y cámaras ocultas, y ansias de poder, y la sombra de un pasado que vuelve y tambalea lo establecido. No me digan que no es un caramelo para una mente con ínfulas literarias.
Entre todas las palabras del año, “lawfare” es quizá la más significativa. Un préstamo del inglés que ha saltado al debate cotidiano. Cuando una sociedad adopta un término extranjero es porque necesita nombrar algo para lo que no tenía palabra cómoda. Del inglés me encanta su forma de sintetizar. Del castellano todo lo demás, pero hay que reconocer que esta palabra es un buen sistema de significación de lo que designa en la realidad. Derridá hablaría de un “campo de batalla semántico” que, en este caso, suena a guerra, a portaaviones, a que tenemos cañones y vamos a utilizarlos. Nombrarla es hablar de desconfianza institucional. Su éxito en 2025 no es lingüístico, sino político, ya que señala un clima en el que la frontera entre justicia y poder ya es inexistente.
Dejaré en estas tres palabras nuestro wrapped particular porque es Navidad y quisiera contarles algo bonito. Me gustaría envolver estas palabras junto a “amistad”, “amor”, “solidaridad” o “compañerismo” y envolvérselo todo con un fondo de colorines y Roberto Carlos cantando lo del millón de amigos; sin embargo creo que estas palabras que he tomado como ejemplo lo que nos muestran es que la posverdad está triunfando, que vivimos en tensión contenida política y socialmente y que el mangui putero y corrupto sigue estando de moda y seguramente sea mejor que usted y que yo que nos cebamos en el fango y no recomendamos libros de Dulce Chacón que todavía no hemos leído. No; desgraciadamente no estamos in bloom y seguramente escondamos en nuestras mesitas de noche libros fascistas de Soto Ivars y de Juan Manuel de Prada.
Tal vez el desafío del próximo año no consista en sumar palabras nuevas, sino en liberarnos de aquellas que seguimos repitiendo por inercia.