El hombre –y la mujer– de cultura es, en el fondo, un rebelde, aunque reflexionador y contenido, morigerado, hecho al fin centinela de sí mismo; y los pasillos de las pinacotecas ayudan mucho. Así, 2025 ha celebrado con solemnidad el legado de Joaquín Sorolla, el valenciano que atrapaba la luz mediterránea y era capaz de guardar un rayo de sol en un lienzo. El centenario prolongado de su muerte –o el 150 aniversario de su nacimiento, según el ángulo– ha inundado museos y galerías con exposiciones que han atraído a más de dos millones y medio de visitantes. El Museo del Prado, el Reina Sofía, CaixaForum en Valencia mostraron sus colecciones privadas desde Murillo hasta el propio Sorolla: playas doradas, niños en la arena, esa belleza luminosa que desafía los años. Uno evoca aquellas telas donde el mar corteja la costa con ternura fugaz, y piensa que Sorolla, en este año que acaba, ha sido el gran protagonista de un país que es, sobre todo, luz y color, aunque a veces sus representantes hagan declaraciones incendiarias o decepcionen los 365 días del año. La cultura es el remedio, la medicina, ante el tósigo de los escaños.
No menos conmovedor ha sido el homenaje a Antonio Gades, bailaor que elevó el flamenco a lamento universal con precisión aristocrática y hondura gitana, en el centenario de su nacimiento: tablaos en Madrid y Sevilla han desplegado sus coreografías, bienales en Málaga han fundido tradición con imágenes modernas, como si el duende hubiera encontrado refugio en las pantallas. Gades, noble del baile o el flamenco como alma española en su esencia más pura, fue el grito elegante ante la fugacidad del arte. Parece que los flamencos de entonces tenían más raza para embrujarnos y, además, no se andaban con tanta prisa con sus espectáculos, dando a su público una tregua para disfrutarlos y para que pudiesen adquirir esa personalidad.
Y 2025 evocó también a Luis Buñuel, cuyo medio siglo desde su muerte ha renovado retrospectivas en el Reina Sofía: ojos rasgados, perros andaluces, sueños fracturados en blanco y negro. El aragonés irreverente, maestro del surrealismo, ha sido festejado con banquetes de su genialidad, en una tierra de pesadillas soñadas y razones que engendran monstruos. El cine español, en este año de plenitud, ha visto brillar a nuevas voces como las de Oliver Laxe, Carla Simón y Alauda Ruiz de Azúa en festivales internacionales, con premios en Cannes y San Sebastián. Los Goya han coronado obras aragonesas y el séptimo arte nacional ha explorado liturgias taurinas, católicas o electrónicas, buscando nuestra identidad en la pantalla. Quizá también le haya sucedido al cine español aún en mayor medida lo que a otras artes, que de pronto algunas salas se vacían, que apenas haya tres o cuatro espectadores en una sala, haciéndose así más pequeños los fenómenos culturales, de lo que sacan partido los ventajistas que aseguran que los presupuestos para la cultura son demasiado generosos.
En la música, ha llegado la edad de oro de lo latino: Rosalía y Bad Bunny conquistando el planeta, rompiendo récords de descargas y ganando el respeto de la crítica más exigente, porque han logrado encontrar esos pasadizos del gran público contentando a los plumillas: la filosofía de Rosalía, su manera independiente y marketiniana de interpretar, se debe en gran parte a que ha conectado con el país, sus anhelos y sus problemas, con la juventud, en definitiva, y que ella ha necesitado madurar sus propuestas y lanzarlas con la probidad que las ventas y las listas han demostrado. También los festivales han marcado el pulso musical: el Sónar, santuario de la electrónica, ha padecido bajas masivas por su vínculo con fondos controvertidos, una polémica que ha avivado debates sobre boicots y libertad. Primavera Sound ha deslumbrado con su eclecticismo, Mad Cool ha reunido multitudes bajo el sol madrileño, BBK Live ha traído a Kylie Minogue y Pulp a Bilbao. Y las despedidas también han cerrado el capítulo de la sensatez antigua: Joaquín Sabina, poeta bohemio, ha cerrado su gira “Hola y Adiós” con un último concierto en Madrid, un encuentro colectivo donde España entera, en esta “lógica” tan particular de la renovación que es desandar el camino de los grandes, se despidió de parte de sus años rebeldes.
La literatura ha tenido sus glorias y sombras. Irene Vallejo y Manuel Vicent han recibido sendas medallas de oro en las Bellas Artes, junto a Estrella Morente y Los Chichos, reconocimiento que marida lo erudito y lo popular, como conviene a este país de contrastes. El escritor actual es más cercano y más modesto en su lenguaje que el clásico, y esto se nota en los dos autores reconocidos, a los que separan cuatro décadas de literatura. Pero también 2025 nos dejó disputas: el enfrentamiento entre la RAE y el Instituto Cervantes, con García Montero y Muñoz Machado en lid por el timón del español, ha sido el culebrón institucional del año. Y el Ministerio de Cultura ha lanzado su Plan de Derechos Culturales para combatirla, una hoja de ruta que promete defender la libertad creativa, pero que nadie sabe bien a ciencia cierta en qué consiste.
La politización intensa de todo hace que se vacíen las grandes habitaciones de los intelectuales y de los artistas, que van abandonando sus proyectos a medida que el pueblo les presta menos atención, más pendiente de sobrevivir. España, eterna en sus contradicciones, oscila entre tradición y el algoritmo, el duende y el reguetón en este año que se apaga, con su rosario de aniversarios y controversias mundanas, el cacareo que da la clave de lo que decimos y lo que significamos en el mundo. Porque la cultura como refugio es la lucha de la belleza eterna y la efímera. Que el próximo año nos depare más epifanías y menos espejismos pop, porque el alma española recogida en su cultura, con sus luces y sus duendes, será, una vez más, el espejo más fiel de nuestros valores, la realidad pensante y sintiente de la salud social que, este 2025 no ha sido muy buena que digamos. Pero que nos quiten lo “bailao” en esta maratoniana carrera de la distancia inverosímil de un año completo. ¡Ahí es nada!