Opinión

El ateísmo y la lógica moderna

TRIBUNA

José María Méndez | Martes 30 de diciembre de 2025

El cálculo lógico descubierto por Frege y Peano no sólo ha causado la enorme revolución digital que estamos experimentando en nuestras vidas, sólo comparable a la invención de la escritura. También ha vuelto del revés nuestras perspectivas intelectuales. El inicio mismo del pensar está ahora en la proposición Dios existe. Más aún, Dios necesariamente existe. En el ámbito del pensamiento, el ateísmo ha muerto. Se ha convertido en mera ignorancia de la lógica moderna.

Digamos lo mismo de otra manera. Dios, en cuanto Ser Supremo, sigue siendo tan inaccesible a nosotros como lo ha sido siempre. Pero Dios, en cuanto Verdad Suprema, está ahora al alcance de todo aquel que se decida a estudiar en serio la lógica formalizada moderna.

No obstante, queda en el aire la respuesta antropológica a esta segunda revolución intelectual, aún más profunda y trascendente que la primera, meramente práctica. Justo éste es tema que trata Mariano Alvarez Valenzuela en su artículo Paradojas ilustres. La paradoja, una llamada a la libertad humana (Revista “Acontecimiento”, No 156. Sept. 2024. Fundación Emmanuel Mounier).

Alvarez se refiere al conflicto en lo más íntimo de las conciencias de ateos bien conocidos, como Feuerbach, Marx, Nietzsche o Freud. Nunca pudieron estar completamente seguros de que Dios no existe. ¿Dónde y cómo encontrar la prueba de ello? De ahí que de modo intermitente surgieran en ellos inquietantes dudas.

El que dejó más información sobre lo que ocurría en lo profundo de su alma fue sin duda Sartre. Hay indicios en sus escritos, sobre todo en “L ́espoir maintenant“, de una cierta inflexión en su pensamiento hacia lo trascendente en contraposición a lo absurdo y contingente del azar, manifestándose en el sentido de que “quizá el ser humano no sea un simple accidente evolutivo, sino una criatura” (O.c. Pag. 9).

La lógica es condición necesaria pero no suficiente para alcanzar la verdad. O sine qua non, como decían los juristas romanos. Si no te atienes a la lógica, no llegarás a la verdad. Para alcanzarla hace falta algo más. La suficiencia viene de lo que llamaré honradez intelectual. Y entiendo por esta expresión todo el amplio arco de disposiciones del espíritu (Gesinnung en terminología de Max Scheler) enderezadas a buscar la verdad por encima de todo impulso o tendencia, venga de dentro o de fuera de nosotros mismos. La mejor síntesis de la honradez intelectual de que hablamos la encontramos en la famosa frase de San Agustín Quid amplius amat homo quam veritatem? (¿a qué podría el hombre amar más que a la verdad?).

Pero, como queda claro tras la lectura del artículo de Alvarez, hay gente pa tóo, que decía El Gallo. El dramático combate entre la verdad objetiva frente a las inclinaciones por dentro, y lo que nos presiona desde fuera, se presenta en una variedad interminable de situaciones.

Un caso extremo es éste. Conocí a una persona, de cuyo nombre no quiero acordarme, a la que no tuve más remedio que espetar: antes decías A: ahora dices no A; te contradices. Su respuesta me dejó helado: ¡eso!, eso lo que a mi me gusta, contradecirme. Hasta había un inconfundible acento de sinceridad en su voz. El cinismo y el orgullo humano llegan hasta ahí. O como concluye Alvarez en su trabajo, ésa es la paradoja de la libertad humana.

Una actitud algo parecida a la anterior consiste en lo que los medievales llamaban ignorantia affectata. Una traducción apresurada nos llevaría a pensar en alguien que sabe algo, pero aparenta que no lo sabe, porque así le conviene por la razón que sea. Pero no se trata de eso. La expresión latina alude a quien es ignorante de hecho y además prefiere permanecer en la ignorancia, en nuestro caso de la lógica. No vaya a ser que, si la estudio, vacile en mis actuales y amadas convicciones ateas.

No hay tanta soberbia como en el ejemplo anterior. Más bien se sospecha un peligro. Hay miedo a indagar la verdad de la lógica moderna. Por eso se prefiere permanecer en la ignorancia. Ésa será quizá la actitud de algunos ateos más escrupulosos. Otros ateos podrán conocer bien la lógica moderna. Pero eso no basta para abandonar el ateísmo, como ya dicho. Todo depende de que además posean o no la honradez intelectual de que hablamos. Por lo demás, la pereza mental y la aversión al estudio se encargarán de que la gran mayoría de los ateos puedan seguir siéndolo. Insistamos en la variedad de conductas humanas, que enfatiza Alvarez.

La palabra honra se encuentra con profusión en todos los autores de nuestro Siglo de Oro. Pero su significado varía desde Calderón de la Barca hasta el que quizá fuese su pariente lejano, Rodrigo Calderón. El arco de opiniones oscila desde la honra es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios hasta ser tan orgulloso como D. Rodrigo en la horca. Desde amar a Dios sobre todas las cosas hasta el amor exacerbado al propio ego. Todos apelan a la honra. Pero media un abismo desde un Calderón hasta el otro.

Volvamos a San Agustín, que además fue con su conducta el mejor ejemplo de honradez intelectual vivida que podamos encontrar.

Estaba considerado como el mejor orador del Imperio. Por eso le encargabanpronunciar el solemne elogio fúnebre de cada Emperador que fallecía. Y sin embargo no tuvo empacho en sentarse en un banco junto a los niños en la catequesis de los maniqueos en Milán. De vez en cuando hacía una pregunta al catequista. Y éste respondía invariablemente. No puedo resolver tu duda. Pero cuando venga nuestro Obispo itinerante Fausto, él te la resolverá sin falta.

Por fin llegó Fausto. San Agustín le presentó la lista de sus objeciones. Pero Fausto confesó paladinamente que tampoco él podía resolverlas. En vez de quedar decepcionado, San Agustín hizo de Fausto un gran elogio: no era tan ignorante que ignorase su propia ignorancia. San Agustín definió así el mínimo con que comienza la honradez intelectual de que hablamos, el reconocimiento sincero y lúcido de las propias limitaciones.

En efecto, por ahí debieran empezar muchos que se consideran sinceramente ateos, por reconocer que desconocen la lógica formalizada moderna. Aunque para pasar desde Fausto hasta San Agustín aún les haría falta dar el salto siguiente: ponerse a estudiarla en serio.

Pero sobre todo, ser honrados intelectualmente. Sin miedo a la verdad objetiva, esté donde esté y sea cual sea; aunque resulte al final todo lo contrario de lo que se hubiera querido, deseado o esperado. En resumen, amándola sobre todas las cosas, pues Dios es la Verdad Suprema, de la que procede toda otra posible verdad. Quid amplius amat homo quam veritatem?