Opinión

Apología de la carne (sin burla para los vegetarianos)

TRIBUNA

Carlos Díaz | Miércoles 31 de diciembre de 2025

En el asfixiante cuerpo-vientre-alcohol-orgasmo de la ebriedad dionisioca, mala terapia sería usar el cuerpo humano con la perspectiva de un perro en celo y malcriarlo hasta permitir su tiranía sobre nosotros. Somos cuerpo, pero Pascal erró al decir que “pensar sin dificultad un hombre sin manos, pies, ni cabeza, pero no un hombre sin pensamiento”, y otro tanto Descartes; “yo me concibo a mí mismo sin brazos, sin piernas, sin cabeza, sin cuerpo”. En ambos casos hacían el tonto por angelismo. No hay que echar lo espiritual a los cerdos de la piara de Epicuro.

Tampoco era mejor el sueño de l’homme machine de La Mettrie, para quien no pasa nada cuando el hombre apalea a un perro; quien apalea a un perro es un perro travestido de hombre.

El cuerpo humano es políglota, carne capaz de profundidad. Hasta un psicólogo tan inhumanista como Burrus F. Skinner reconoce en Más allá de la libertad y la dignidad: “la imagen que surge del análisis científico no es la de un cuerpo con una persona dentro, sino la de un cuerpo que es persona porque es capaz de desplegar un complejo repertorio de conductas”. Somos legión, “¿quién soy yo, quién es el que se firma Miguel de Unamuno? Todo humano lleva dentro de sí las siete virtudes y sus siete opuestos vicios capitales: es orgulloso y humilde, glotón y sobrio, rijoso y casto, envidioso y caritativo, avaro y liberal, perezoso y diligente, iracundo y sufrido. Y saca de sí mismo al tirano como al esclavo, al criminal como al santo, a Caín como a Abel. Y Don Quijote era Sancho pancesco y Sancho Panza era quijotesco” .

La carne recalentada, explica la fronda de cuernos. Charles Fourier censó ochenta especies de maridos engañados: cabrón en ciernes, cabrón imaginario, cabrón marcial, cabrón fatalista, cabrón mental, cabrón recíproco, cabrón propagandista, cabrón portaestandarte, cabrón místico, todos ellos repartidos en tres clases: cornudos, cornúpetas y acornados, y subdivididos en trece géneros desde la vanguardia de la derecha hasta la retaguardia de la izquierda. Dicen que el antílope macho de Asia se rodea de cien hembras y que tiene unos cuernos enormes: para gozar de esa corte tuvo que eliminar a muchos pretendientes. Pero ese número es muy inferior al alcanzado por el sabio rey Salomón, que tenía setecientas esposas y trescientas concubinas: era un deportista, pues “los años de nuestra vida son unos setenta, y ochenta si hay vigor”.

My body, right or wrong. La moraleja de La granja de los animales de Orwell es: “el hombre es el único ser que consume sin producir. No da leche, no pone huevos, es demasiado enclenque para tirar el arado y su velocidad ni siquiera le permite atrapar conejos. Sin embargo, es amo y señor de todos los animales. Los hace trabajar, les da el mínimo necesario para mantenerlos, y lo demás lo almacena para él. Nuestro trabajo animal labra la tierra, nuestro estiércol la abona, y aun así ni uno solo de nosotros tiene algo más que su propio pellejo. Todos los hombres son enemigos, todos los animales son camaradas. Tened siempre presente vuestro deber de enemistad hacia el hombre. Todo lo que se desplace sobre dos pies es un enemigo. Cuanto se movilice en cuatro patas es un aliado aunque lo hayáis derrotado, jamás adoptéis sus malas costumbres”. Pero al final los chanchos machos se comportaron como el hombre: “no había duda de la transformación de los rostros de los cerdos. Los demás animales, asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre y del hombre al cerdo, pero ya era imposible saber cuál era uno y cuál otro”. Abolido el hombre, el hombricerdo que lo sustituye reproduce al hombre al que elimina, detrás del cerdo más refinado está el hombre más vulgar. Los peores hombres van al matadero como los cerdos tras comportarse como chorizos. Los peores hombres son los que mejor gruñen. El hombre encerdado no pasa de animal.

Si el cerdántropo o cerdihumano tuviera dioses, sería agridulce como en los restaurantes chinos, y su “cerdos de todas las granjas, uníos” preludiaría el “carniceros de todos los países, uníos”. Cerdo, el engorde te llama... para que cuelgues del gancho jamonero. Según Rabelais, también tu miembro viril debería tener inteligencia (mentua tula habet mentem), por lo que el pensamiento brota directamente de los genitales, del sexo sin seso, lúbrico, procaz, libidinoso. Contra el cuerpo como fuente inevitable de sufrimiento, ¡acabemos con el cuerpo haciéndolo reventar de placer! Hagamos una moral que se ría de la moral, una pureza del amor impuro, un realismo no romántico: el neocórtex que fabrica mi yo está excitado exactamente en su área de Broca por los estímulos nerviosos causados por ese antropoide agregado de átomos al que por comodidad llamamos Pepe, cuya pedantería de químico reza: puedo unir mis hidrógenos a tu oxígeno para que seamos una sola molécula de agua. En lugar de su declaración de amor se preocupa de la declaración de la renta, esterilidad antropológica con una virilidad de medio metro. “En el mes de los amores, la morsa no tiene más que respirar a su hembra con la total seguridad que le confiere su medio metro de hueso peneano. El hombre, en cambio, tiene que seducir a una suegra, soportar las larguísimas comidas familiares, desplegar tesoros de paciencia y diplomacia. Desea a Fredegunda, pero tiene que sonreír primero a su aburrido primo Beltrán. Quisiera tomarla entre sus brazos, pero su padre exige que se labre primero una situación”, dice Fabrice Hadjad. Pero este enaltecimiento del cuerpo esteatopígeo no escapa al ojo de Quevedo en su Gracias y desgracias del ojo del culo, aunque a Max Scheler le parezca humillante que la naturaleza haya ligado anatómica y funcionalmente los órganos de evacuación humana con los de la reproducción: ¿por qué no decir sexo donde decimos corazón, y con todo mi corazón mejor que con todo mi sexo? Emplear sexal para evitar sexual destrozaría la buena fabla.

Una palabra produce hoy más pudor que sexo, la palabra amor. En la época de Freud cuanto tuviera que ver con la sexualidad invitaba al pudor; hoy cualquier chiquito va a la esquina y se compra su película pornográfica, teniendo que dar explicaciones para que no nos tomen por tontos por usar dicha palabra. La Mettrie, anticartesianos y libertino epicúreo, lo banaliza así: “bebe, come, duerme, ronca, sueña; y, si alguna vez piensas, que sea entre vino y vino en el placer del momento presente. Mas, si no estás contento con descollar en el arte de la voluptuosidad, la crápula y el desenfreno, entonces la obscenidad y la infamia están ahí para ti; revuélcate como los cerdos y serás feliz a su manera”. El anarco-burgués Armand escribe, eso sí, con buena aliteración: L’homme n’est qu’une fleur de l’air tenue par la terre, maudite par les astres, respirée par la mort. El hombre no es más que una flor del aire maldita por los astros y respirada por la muerte.

Pero no. El cuerpo humano toma conciencia de su fragilidad y en sus emociones sabe que las cosas superiores están en las inferiores por participación y las inferiores en las superiores por excelencia. Al ver a Margarita, Fausto exclama: “en ese cuerpo que se expone a mi vista hallo el resumen de las maravillas de todos los dioses”. Su cuerpo, cosmos que reúne los reinos mineral, vegetal, humano y angélico, se desborda de metáforas verdaderas como cualquier tratado de anatomía, dejando de ser un obstáculo para abrirse a algo maravilloso con toda su potencia sensocognitiva. ¿Qué busca, pues, mi cuerpo en el mundo? Encontrar un yo/y/tú, el dulce dejarse llevar.

También en su silencio el cuerpo habla. Él nos protege del exterior y al mismo tiempo nos enfrenta a él, nos cubre del aire sin ocluir nuestros pulmones. Nada de cuerpos quebradizos como el del Licenciado Vidrieras, sino la santa comunión de los cuerpos. Frente al cuerpo como mero calambre lúbrico, el cuerpo como sacramento de justicia y pudor. Contra la tiranía de lo impuro, no abanderar la idea de un humanismo incorpóreo, asexuado, que para orinar necesita un papel de fumar en evitación del contacto con la carne sexuada; lo suyo es enamorar las hormonas, y si así se decide en libertad, hacerse eunuco por el Reino, castrarse sin resistirse a la fertilidad alterocéntrica, copulativa o no. Es una obligación moral identificarse con el propio cuerpo, pero no precariamente como cárcel del yo, ni como navaja cachicuerna, sino como la tarea fascinante de humanizar los sentidos con sentido. Y en esto, con Nietzsche: “¡yo no voy por vuestro camino, despreciadores del cuerpo! ¡Vosotros no sois para mí puentes hacia el superhombre!”.