Esquivias queda a mitad de camino entre Madrid y Toledo (equidista 35 kilómetros de ambas capitales). Tomando el desvío en Illescas se llega a este municipio manchego que tiene a bien denominarse «La cuna del Quijote».
Catalina de Salazar y Palacios, hidalga esquiviana, la más ilustre hija de un pueblo que cuenta hoy con una población de 6.000 habitantes, contrajo matrimonio el doce de diciembre de 1584, a los diecinueve años, con Miguel de Cervantes, de treinta y siete, en la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, donde se conserva el documento original del acta matrimonial.
Nacida en el seno de una familia noble, Catalina recibió esmerada educación por parte de un sacerdote tío suyo, Juan de Palacios. Algo extraordinario para cualquier mujer durante esa época, dominaba el latín, y la lectura y la escritura en castellano. Con motivo de una visita a Esquivias de Cervantes (la viuda de un amigo suyo que quería publicar, póstumamente, un poemario del marido le solicitó opinión), el príncipe de las letras conoció en 1584 a la culta Catalina, pronto seducida ante la narración de sus aventuras durante la batalla de Lepanto (siete de octubre de 1571), pero también por La Galatea, novela pastoril de inminente publicación cuya trama el autor le desvelaba oralmente.
En 1587 Cervantes es nombrado Comisario General de Abastos. Mientras viajaba a Andalucía Catalina se quedaba en Esquivias administrando la hacienda familiar. Las visitas del comisario eran cada vez menores. Sin embargo, tras haber sufrido prisión durante siete meses, Cervantes regresó a Esquivias en 1599 para quedarse. E inició allí la redacción de El Quijote.
Publicada en 1605 la Primera parte de su obra magna, lo que le supuso fama y reconocimiento, el apuntalado matrimonio, tras pasar dos años en Valladolid, volvió a Madrid. Don Miguel murió en 1616, poco después de editarse la Segunda parte de El Quijote, y Catalina se encargó de su última obra (El Persiles); y, asimismo, de gestionar las publicaciones de su esposo, de éxito imparable. Antes de fallecer en 1626 Catalina de Salazar y Palacios pidió en su testamento ser enterrada junto a Cervantes en el Convento de las Trinitarias de Madrid «por el mucho amor que se tuvieron en vida».
Los ilustres cervantistas Francisco Rodríguez Marín y Luis Astrana Marín han encontrado en Esquivias una importante inspiración para la novela cervantina. Así, pudieron demostrar cómo el personaje de Don Quijote debía mucho a Don Alonso Quijada de Salazar (1560-1604), vecino de Esquivias propietario de la segunda casa del Mayorazgo de los Quixada que, de Quijada o Quijano, acabó denominándose Quijote... Y es que a los oídos de Cervantes había llegado cómo ese Alonso era un hidalgo excéntrico y bastante aficionado a la lectura, y que terminó profesando en la orden de San Agustín en Toledo. Alonso Quijada, sobrino de un bisabuelo suyo, era pariente lejano de Catalina de Salazar.
A lo largo del tiempo Esquivias ha mantenido la mansión de Don Alonso Quijada de Salazar, donde, ya casados, se alojaron Miguel de Cervantes y su esposa. Es una casona de labradores acomodados del siglo XVI con suelo empedrado a la que se accede por un portalón, y que conserva la estructura de los techos, de vigas vistas, así como sus puertas con herrajes y las ventanas con rejas. Los tejados están cubiertos a dos aguas, con teja curva árabe, y caballones en lo alto (divisoria de aguas) pintados de blanco.
Declarada en 1971 Monumento Histórico-Artístico, la Fundación Ramón Areces concede al Ayuntamiento de Esquivias, en 1990, el importe económico necesario para la adquisición del inmueble, hasta entonces en manos particulares. En 1991 comienzan sus obras de restauración. El doce de diciembre de 1994, coincidiendo con un aniversario del matrimonio entre Catalina de Palacios y Miguel de Cervantes, la Casa Museo de Cervantes queda inaugurada tal y como hoy puede visitarse.
Ubicada en el casco urbano, esta Casa Museo, construcción típica de la arquitectura popular manchega, presenta dos plantas diferenciadas: la de la vivienda y la del trabajo. La primera alberga las dependencias privadas del dueño de la casa (cocina/sala de estar, biblioteca, dormitorio, cuarto de costura y escritorio). La segunda posee espacios relacionados con los trabajos agrícolas (bodega, cueva, corrales y establos). Ambos lugares se articulan en torno a un gran patio situado en la parte delantera del edificio.
Las visitas, siempre guiadas, a la Casa Museo de Cervantes –su directora, Susana García Moya, condujo sabia y amenamente la nuestra–, consisten en un emocionante tour por sus diferentes estancias. En sus rincones maravillosamente conservados parece que el tiempo se haya detenido y que retornemos a la época de Felipe II. Resumimos el itinerario de ese día para los lectores de EL IMPARCIAL.
La cocina, el «gran espacio habitacional de la casa», está amueblada por una mesa con taburetes en torno a la cual no solo se comía, también se desarrollaba gran parte de la actividad social de la casa. Adosado a una de sus paredes un hogar para el fuego servía para la recogida de humos procedente de la leña quemada. A lo largo de las paredes descubrimos las alacenas o despensas con estantes, cerradas con puertas de madera aireadas para el almacenamiento y la conservación de los alimentos. Candiles, trébedes, badiles, tenazas, cucharones, ollas, pucheros o sartenes eran parte de los utensilios que hay aquí.
Al acceder a la biblioteca de Don Alonso Quijada de Salazar, suponer que Cervantes se inspirase en ella a la hora de describir la de Don Quijote, más si cabe para los conocedores de esta novela, resulta inmediato. La estancia se encuentra decorada con enseres propios de la época como son el brasero, un candelabro, las sillas, la mesita para lectura o una estantería para los libros…
Y hay una ventana, la ventana –seguro– por la que el cura Don Pero Pérez y maese Nicolás, el barbero, en colaboración con la sobrina y el ama, arrojaban a la calle novelas de caballerías procedentes de la biblioteca del desvariado lector. Muy pocas (como Amadís de Gaula o Tirant lo Blanc) sobrevivían tras una rigurosa purga a la que el fuego purificador completaba (La Galatea del propio Cervantes fue otro de los libros indultados). Así lo leemos, magistralmente contado, en «El donoso escrutinio» (Quijote, Cap. VI, 1ª Parte).
El lugar de descanso nocturno de la Casa Museo es un espacio rectangular, con el mobiliario habitual de estas estancias y paredes blancas enjalbegadas. El techo está cubierto con vigas de madera unidas con ladrillo y adobe. Los suelos son de baldosas cerámicas con dibujos. Este dormitorio tiene un escritorio, un baúl, una pequeña tabla religiosa polícroma en el cabecero de la cama, un somier de muelles, y un colchón relleno de lana de vellón procedente del esquilo de la oveja merina, tan común en estas tierras de Castilla.
Tras atravesar la sala de costura, en la que nuestra guía repara en la todavía vigente costumbre mora de acomodarse por el suelo (ocho siglos de dominación musulmana no habían pasado en balde), llegamos a otra zona noble de la casa: el escritorio o despacho, lugar de trabajo del propietario donde gestionaba los asuntos oficiales y laborales de su hacienda. Esta estancia se encuentra dotada de un mobiliario solemne (realizado en materiales nobles) que demuestran el estatus social y económico de aquel.
Los dueños de estas casas manchegas explotaban viñedos. Por ello, no es raro encontrar bodegas o lagares destinados a recibir la uva vendimiada estrujada en el «pisadero». El mosto así obtenido quedaba depositado en grandes tinajas de barro para su fermentación y obtención del vino. En 1530, un Decreto reservaba el vino de Esquivias para la Casa Real y la nobleza española, y, también era destinado, con receta médica, a enfermos y parturientas. Cervantes conoció la fama que tenían estos caldos, llamados «Del Lugar de Esquivias», y los nombró en el prólogo de Persiles y Segismunda, y en su novela ejemplar El coloquio de los perros.
Excavada en el subsuelo, la Cueva Chica dispone de condiciones térmicas muy constantes a lo largo de todo el año (en torno a los 16º-20º C), que la hacen idónea para el envejecimiento del vino y la conservación de alimentos. Tiene forma de galería abovedada con espacios horadados en sus paredes lo suficientemente grandes para albergar las tinajas y otros enseres.
Por último, el patio de la Casa Museo se sitúa en su parte delantera. Un portón de entrada permitía dar cabida a la maquinaria y guardar en el corral medios de transporte, aperos y herramientas. En las cámaras y pajares que dan al corral se almacenaban los productos agrícolas de la hacienda. También había espacio para criar animales en establos, gorrineras y gallineros, así como para una leñera de sarmientos y cepas secas, que aprovisionaban el hogar de la cocina. En el centro del patio se sitúa un pozo, abastecido siempre con aguas de lluvia procedentes de los tejados, en cuyo pilón abrevaban las bestias. El suelo empedrado con cantos rodados evitaba que los animales, en su camino hacia las cuadras, resbalaran.
Otro aliciente, no menor, de la visita a esta Casa Museo de Cervantes es descubrir en sus vitrinas varias ediciones de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, y traducciones suyas a diferentes lenguas. La más antigua es una edición inglesa del siglo XVII que Susana García Moya muestra con no poca satisfacción por poseerla.
También expuestas hay copias de documentos del siglo XVI pertenecientes a los libros parroquiales que demuestran cómo algunos personajes de El Quijote (además, por supuesto, de Don Alonso Quijada de Salazar) vivieron en Esquivias durante la misma época en que Cervantes estaba allí avecindado. A modo de ejemplo nombramos a:
El bachiller Sansón Carrasco, quien por dos veces se enfrentó con Don Quijote. En la primera batalla, como El Caballero de los Espejos fue derrotado (Quijote, Cap. XII-XIV, 2ª Parte). En el otro combate, transformado ya en El Caballero de la Blanca Luna, Carrasco vencía a Don Quijote en la playa de Barcelona y lo obligaba a abandonar la caballería andante y a regresar a su pueblo (Quijote, Cap. LXIV, 2ª Parte).
El Vizcaíno, un escudero que acompañaba a unas damas y que peleaba con Don Quijote por no atender su pedido y detener el coche, se llevaba su merecido. El caballero arremetía al vizcaíno, y con determinación de quitarle la vida, sacaba su espada... (Quijote, Cap VIII y IX, 1ª Parte)
Para poner nombre al escudero de Don Quijote, Miguel de Cervantes tomó el de Sancho, hijo de don Hernando de Gaona y de doña Luisa de Godoy, ambos de familias de hidalgos esquivianos.
Por último, tres vecinas de Esquivias, Juana Gutiérrez, Mari Gutiérrez y Teresa Cascajo, le sirvieron a la hora de dar vida literaria a la mujer de Sancho Panza, Teresa Panza.
A la labor investigadora del cervantista Sabino de Diego Romero (Esquivias, 1944), señero continuador de la labor emprendida por Francisco Rodríguez Marín y Luis Astrana Marín, debemos este arduo rastreo por los archivos parroquiales que, además de ofrecer gran cantidad de documentos relacionados con la vida de Cervantes (así el acta matrimonial mostrado al comienzo de este reportaje, o la carta dotal de Cervantes y Catalina), ha permitido dar con nombres de personas reales que modelaron a personajes que aparecen en El Quijote (aparte de los citados, también el cura Pero Pérez o el morisco Diego Ricote).
Los originales de estos documentos relacionados con la biografía y la obra cervantina se hallan guardados en la Iglesia Parroquial de Esquivias, dedicada a Nuestra Señora de La Asunción (construida en 1794 sobre el solar que ocupaba la anterior, y con estilo neoclásico). En ella se conserva, además, una carta autógrafa de Santa Teresa de Jesús, escrita en Sevilla en febrero de 1576. Dirigida al General de la Orden de los Carmelitas de Roma, le informaba de la apertura de nuevos conventos de carmelitas.