Opinión

El bello guardia civil (primera escena del cuarto acto)

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 02 de enero de 2026

(Escena Primera)

Madrid 1969. Loft en la Avenida de Nazaret. Barrio del Niño Jesús. Tres literas al fondo, a la derecha del escenario, y cerca del proscenio una mesa camilla con teléfono y tres sillas. Entre las literas y la mesa camilla un piano de media cola. El fondo con desechos de decorados de CIFESA y de Bronston. En el proscenio central una gran mesa rústica de roble en la que Nieva dibuja bajo un potente flexo. En el fondo derecho elementos de cocina y a la altura del artista seis grandes estanterías colocadas en paralelo de tres en tres separadas por un minúsculo pasillo. Nieva lleva gafas de leer y trabaja con parsimonia y rigor. Llaman a la puerta. Nieva se quita las gafas y avanza hacia el fondo para abrir la puerta.

F. NIEVA.- Adelante, hermano Claudio y mil gracias por venir tan pronto.

C. Rodríguez.- Para eso estamos los amigos.

F. NIEVA.- Acomódate por ahí. ¿Quieres una copa de un magnífico Valdepeñas que me han traído mis primos?

Claudio arrastra un poco una de las sillas de la mesa camilla, cojea levemente, se quita el abrigo, lo pone encima de la mesa y se sienta.

C. Rodríguez.- Nunca desprecio a Baco, que es un dios que castiga a los que le desprecian.

Nieva abre con destreza la botella y escancia generosamente la botella en dos copas. Se la da a Claudio y cogiendo otra silla se sienta a su lado.

F. NIEVA.- El Valdepeñas es el mejor vino del mundo.

C. Rodríguez.- Con permiso del vino de Toro.

F. NIEVA.- Parece que te has recuperado ya por completo de los puñetazos y patadas que esos hijos de puta te dieron en la Universidad. Apenas un leve color amarillo se te ve en la mejilla derecha. Te podían haber matado esos hijos de Satanás. Me impresionaste mucho cuando fui a verte al Hospital, con la cara tumefacta, y una pierna escayolada.

C. Rodríguez.- Sí, ya estoy bien. Ya prácticamente no cojeo y la costilla ya no me duele. Pues sí, me podían haber matado si me dan una patada en la cabeza. Menos mal que la protegí con los brazos. No me puedo quejar.

F. NIEVA.- Realmente te has recuperado muy pronto para como estabas hace dos meses. Y, además, no entiendo por qué esos canallas te pegaron. Si tú nunca has pertenecido al Partido. Eso era una cosa que desconcertaba a los del Partido, que te hubieran pegado a ti sin que jamás hayas profesado una creencia política.

C. Rodríguez.- Ah, ¿no te lo he contado? Creía que te lo había contado. Cuando los falangistas o policías disfrazados empezaron a pegarme yo les pregunté que por qué lo hacían, y uno de ellos me dijo “Por poeta”. Me pegaron por poeta. También amar la libertad es un crimen, claro.

F. NIEVA.- Si el propio José Antonio hubiera sabido que uno de los suyos daba la paliza a un español por ser poeta lo hubiera matado.

C. Rodríguez.- No lo sé, Paco. Por cierto, te agradezco mucho las visitas que me has hecho, tus atenciones, y los continuos detalles en forma de dulces y libros. Eres un buen amigo. En fin, querido amigo Paco, ¿qué era lo que querías decirme?

Francisco Nieva se levanta

F. NIEVA.- Pues verás. Me da un poco vergüenza decírtelo. Es el caso que tengo un pequeño problema pecuniario. ¿Te dije que vendí en Sotheby´s, gracias a mi amiga Gabriela, mis grabados de Goya, todos los “Caprichos”?

C. Rodríguez.- Creo recordar que me dijiste que lo ibas a hacer la última vez que nos vimos. ¿Sacaste a la operación el dinero que suponías ibas a sacar?

F. NIEVA.- Para nada. Suponía que me darían lo que equivaldría en España a 100.000 pesetas, como mínimo, y me dieron exactamente 15.000.

C. Rodríguez.- ¡Vaya con los de Sotheby´s! Te estafaron. ¡Menudo de roñosos que son los ingleses! Los conozco bien.

F. NIEVA.- No pude hacer ninguna reclamación, porque necesitaba con urgencia ese dinero. Debía varias mensualidades al casero, también a una tienda de confección, y mi madre la pobre no está para ayudarme. Resulta que no me pagarán mis trabajos de escenografía hasta dentro de un mes. Y ahora mismo tengo cien pesetas.

C. Rodríguez.- Lo entiendo, Paco. Y no sabes lo que a mí me alegra que me lo digas, porque supone la confianza de amigos que los dos tenemos. Soy yo quien estoy en deuda contigo si me pides dinero, por lo que supone de amistad sincera. ¿Cuánto necesitarías?

F. NIEVA.- ¿Me podrías dejar cuatro mil pesetas para devolvértelo en cinco meses, y si puedo antes, pues antes?

C. Rodríguez.- Te daré seis mil pesetas, que es lo que puedo darte ahora, y me las devuelves cuando puedas, y si no puedes – que seguro que sí podrás – olvidamos esta anécdota. No sabes lo que me duele que un artista como tú, un intelectual de tu categoría, se encuentre con problemas económicos. España tiene mucho de madrastrona. (Claudio Rodríguez también se levanta). Que sepas siempre, Paco, que mi dinero es también tuyo. Si entre nosotros no nos protegemos, ¿quién nos apoyará?

F. NIEVA.- Muchas gracias, Claudio (le da un fuerte abrazo).

C. Rodríguez.- Gracias a ti, Paco, por considerarme amigo leal. Y estate tranquilo, que de este asunto nadie sabrá nada.

F. NIEVA.- Sí lo sabrán, porque lo diré yo. La generosidad se debe reconocer públicamente. Por lo demás los contratos escenográficos que voy consiguiendo me pondrán en una buena situación económica, y espero que este bache no se vuelva a repetir.

C. Rodríguez.- Bueno, pasemos a otro asunto. Mañana por la mañana te traigo el dinero en un sobre, y si no estás te lo meto en el buzón. Y ahora me voy a llenar de vino de nuevo la copa, que aunque este Bromio no es de Zamora, sabe maravillosamente bien. ¡Anda! Parece que llaman.

F.NIEVA.- Voy a ver. No esperaba a nadie, pero esta es la rebotica de todos los conspiradores y locos de Madrid. (abre la puerta) Hombre, amigo Manuel. ¡Qué sorpresa! Pasa. La verdad es que no esperaba tu visita. (entra el general Manuel Cortés de paisano, le da un abrazo grande a F. Nieva y mira con una sonrisa a Claudio Rodríguez).

M. CORTÉS.- Espero no incomodaros con mi presencia. Es sólo un minuto. ¿Qué tal estás Claudio?

Manuel y Claudio se estrechan la mano como amigos

F. NIEVA.- Ah, claro, que os conocéis, que informé a Manuel de tu horrible percance con aquellos bárbaros, y creo que te fue a visitar al hospital.

C. Rodríguez.- Efectivamente, y el general me llevó un Macallan, que trasegué en tres días tras salir del hospital con hondo placer.

F. NIEVA.- Sentaos, por favor. ¿Quieres un buen Valdepeñas, Manuel?

M. CORTÉS.- Preferiría un café solo si te queda en la cafetera.

F. NIEVA.- No, pero en la italiana se tarda cuatro minutos.

C. Rodríguez.- Yo me voy a ponerme otra copa de este estupendo vino. Gracias al general nadie de la social vino a interrogarme.

M. CORTÉS.- Si el submundo del régimen ya te había partido la cara y pataleado, no era plan que encima fuera a aquilatar tu peligrosidad política. Por cierto, los tres energúmenos que te asaltaron lo hicieron por libre, y han sido castigados, aunque no como yo quisiera. Bueno, Paco, yo sólo venía a traerte una cosa. Tengo la intuición por el otro día que hablé contigo que quizás necesites esto.

(M. Cortés le entrega un sobre)

F. NIEVA.- ¿Qué es?

M. CORTÉS.- Luego lo ves.

Nieva lo abre.

F. NIEVA.- Vaya, más dinero. ¿Tanto huelo a mendigo necesitado?

M. CORTÉS.- ¿Más dinero? ¿También te ha ayudado nuestro poeta zamorano? Tienes buenos amigos, querido Paco. Algún día nos darás a nosotros, cuando la cultura sea debidamente protegida por el gobierno.

F. NIEVA.- Espero que eso nunca ocurra. Cuando una política proteccionista se adueña del teatro, cualquiera que sean sus “buenas intenciones”, el resultado siempre es el mismo: un soso teatro acuartelado y de estado. Prefiero comer toda la vida gachas. Gracias por vuestra ayuda. Os devolveré el dinero lo más pronto posible. Los contratos que como escenógrafo he hecho con José Luis Alonso y Miguel Narros me sacarán de la penuria durante mucho tiempo.

Oscuro. Suena la Sequenza I para flauta de Luciano Berio