Pocas películas habrá en la historia que gusten a todo el mundo, porque tenemos la suerte de no ser robots en serie creados por la IA sino seres vivientes que sufrimos, padecemos… y disfrutamos. La película de la que voy a hablar hoy es una de las más controvertidas, porque cruza una línea divisoria e implacable entre aquellos que la admiran e idolatran como la obra maestra que es, y esos otros —robots con o sin IA, algunos incluso de carne flácida—que la detestan, que no la entienden o que les aburre. Sobre el segundo grupo no puedo sentir sino pena, pero lo haré en sentido positivo, porque detrás de esa pena queda la esperanza de que algún día se les encienda el circuito adecuado que les haga despertar y encontrarse con el universo de Amanece que no es poco por primera vez en sus vidas. Será una extraña y preciosa transmutación de robot lógico a persona con una calabaza en su corazón.
Corría el verano del 88 y José Luis Cuerda debió tener uno de esos estallidos de genialidad que a veces aparecen en algunas mentes insensatas y se decidió a rodar esta mezcla de picaresca culta con surrealismo manchego compuesta de una serie de sketches absurdos que —y aquí está una de las proezas de la obra— generan coherencia, conjunto y equilibrio. Componen un todo superior a sus partes, y con tanto desvarío eso parece un imposible. Y seguro que lo es.
Decidió enclavarlo en la Sierra del Segura, pues el autor es manchego, y eligió concretamente los pueblos de Ayna, Liétor y Molinicos. Sin duda esos pueblos y sus paisajes son también protagonistas de la cinta. Las estampitas de Nge con sus cabras (por cierto, estaban muertas y congeladas) son inolvidables de tan bizarras y necesitan de esos montes. A pesar de que desde los primeros planos da la sensación de que no sigue un guion concreto, sí que se sigue, y de hecho fue bastante fiel y mucho menos anárquica de lo que podría parecer al verla por primera vez. Todo lo que aparece ante nuestros ojos está pensado y estudiado, aunque sobre la marcha hubo que rodar con poco presupuesto, lo que suponen pocos días de rodaje y eso siempre lleva a ciertas improvisaciones de última hora. Quien parece que sí gozó de gran libertad en su actuación y diálogos fue Luis Ciges, un actor que después de rodar esta película se quedó enganchado a ese papel para siempre, y no es una crítica sino un agradecimiento.
El resto de actores (José Sazatornil ‘Saza’, Antonio Resines, Manuel Alexandre, Chus Lampreave, Casto Sendra ‘Cassen’, María Isbert, Rafael Alonso, Gabino Diego, Miguel Rellán, Pastora Vega, Enrique San Francisco, Tito Valverde, Guillermo Montesinos…más decenas de aficionados de la zona) componen el mejor plantel reunido en una obra de cine español, pero sin duda Ciges se lleva la palma. Tiene algo inexplicable, es un intérprete probablemente de sí mismo y su don es llenar la pantalla de enigmas, siempre parece que va a pasar algo más, algo inesperado que rozará la carcajada envuelta en una cierta tristeza melancólica. Hay en Ciges una especie de improvisación eterna que le da una naturalidad imposible. Un genio del arte de no fingir. Y de Chus Lampreave podría decir lo mismo, y lo digo.
La película fue rodada con mucho calor en poco tiempo. Según Cuerda el rodaje fue un infierno, los actores tenían que ir y venir al rodaje en tren porque el hotel no tenía capacidad para alojarlos a todos y, como podemos ver, una gran parte de las escenas son corales y numerosas, casi al estilo de Berlanga aunque disfrazadas de un surrealismo más incrustado en sus esencias. Por señalar algo curioso, todas las parodias musicales, y son muchas, se rodaron el mismo día. El maldito presupuesto —o su falta— aguza el ingenio y genera estas obras colosales.
La banda sonora, a cargo de José Nieto (Amantes, Juana la loca, Días contados, El maestro de esgrima, El bosque animado…), fue muy acorde al gusto de la época, y además utilizó en varias escenas composiciones bien escogidas de música clásica o popular que intrincaban muy bien con el gag donde se colocaban. La banda sonora original nos llena de bucólica melancolía porque suena por momentos plácida, engañándonos, como si fuera una burla al espíritu del pueblo, en claro contraste con ese tono satírico que no deja a nadie en paz excepto esos breves segundos donde atraviesa entre tímida y alegre la Sierra del Segura.
Amanece que no es poco recrea la vida en un pueblo donde todo es diferente y a la vez igual que en tantos otros. Comenzamos con Teodoro (Antonio Resines) llegando con su padre (Luis Ciges) en una vespa con sidecar. Teo es ingeniero y profesor en la universidad de Oklahoma y está de año sabático. Imaginen que esa noche, mientras comparten cama, el padre le dice al hijo: «Hijo, ¿me respetarás?»«¿qué guarrada está usted pensando, padre?»«Déjate, déjate, que un hombre en la cama siempre es un hombre en la cama». Al transitar por ese diálogo entendemos que no estamos ante un film convencional, estamos ante algo que nos supera por todos lados, porque a partir de ahí es un no parar hasta el final, y les aseguro que continuar describiendo el argumento prácticamente sería imposible, casi como elegir mi frase favorita, de tantas como hay. Eso sí, creo que es una película imposible de destripar, aunque te la cuenten entera, no te pierdes nada: hay que verla.
Estamos ante una comedia que tiene varias capas y cada uno puede quedarse donde quiera, es un tránsito libre hacia el destino elegido. Los más simples dirán que es un aburrimiento. El siguiente nivel se conformará con unas risas tontuelas sin más. Pero cuando uno se convierte en un experto en Faulkner, en un fan del alzamiento de ostias, cuando uno observa el sindiós que supone que el sol salga por el oeste o que los hombres broten de la tierra, cuando los argentinos unos días huelen bien y otros van en bicicleta, sin duda entras en otra dimensión que conforma un nivel superior, el de experto. Y ahí entenderás, como decía al principio, que el mundo está dividido en dos categorías, y esta es mejor.
Lo interesante de esta película es que cada frase y cada chiste responden a algo más, y cada uno de ellos, pese a parecer inocuo, nos grita algo a través de dobles sentidos, sentidos contrarios a lo expresado o burlas inocentes que quizá no lo son tanto. Tiene un tono subversivo, despiadadamente irónico, alocado, descabellado, surrealista… cuántos calificativos podríamos añadir aquí pese a lo poco elegante del abuso. Quizá el humor es uno de los mejores mecanismos para transportar ideas y conceptos, y en esta película se logra de lleno, sin ofender a nadie, con una sonrisa que a veces puede ser una carcajada. Además tiene un logro especial y es que sin haber sido una película muy taquillera en su momento y sin apenas promoción, a lo largo de los años ha seguido creciendo, proyectándose, siendo parte de tertulias, charlas y homenajes, hasta el punto de que en la zona donde se rodó hay un centro de interpretación de Amanece que no es poco, donde se reúnen seguidores aproximándose al fenómeno fan como si de la Guerra de las galaxias se tratara. Los Amanecistas les llaman. Yo quizá lo sea, pero hasta escribir esta crónica no lo sabía.
Nos encontramos ante un fenómeno de culto que como el buen vino envejece con sabiduría y que ha creado escuela, ha creado un género en sí mismo. Esa mezcla de filosofía rural con crítica social, donde los intelectuales son parte vital del tejido social genera una atmósfera en la que un hombre puede confesar a su calabaza que se siente un ser primario, sujeto a las pasiones, incapaz de pensar y por tanto, cualquier cosa que pudiera decir sería una estupidez. Y esta película, pese a la fama, es cosa muy seria.