Opinión

Soberanía y desierto

TRIBUNA

Sebastián Pineda | Viernes 09 de enero de 2026

El entusiasmo y la indignación que ha despertado el reciente despliegue militar de Estados Unidos contra Maduro (el “golpe quirúrgico” de la administración Trump para restaurar la democracia y liberar a un pueblo cautivo) parece devolvernos a 1898. Aquella guerra hispano-estadounidense por Cuba despertó de golpe a una intelectualidad adormecida que descubrió, con horror o resignación, que su destino se decidía desde Washington o desde un acorazado fondeado en La Habana. La actual indignación de la izquierda contra la intervención militar de Trump no parece deberse tanto a una “violación de la soberanía de los pueblos” como a la pérdida del monopolio de la ingeniería social que los socialistas del siglo XXI fracasaron en ejecutar. Me viene entonces a la memoria un escolio de Gómez Dávila: «Cuando las derechas asesinan, la izquierda grita y se indigna como ante un privilegio que le usurpan».

Mi amigo Agapito Maestre ha llamado a Trump el mejor estadista de nuestro tiempo. Yo me cuido de los grandes entusiasmos (la palabra entusiasmo lleva un dios adentro). Prefiero la advertencia de Karl Popper en La sociedad abierta y sus enemigos: “los grandes hombres pueden cometer grandes errores” (“great men may make great mistakes”). Popper proponía una “ingeniería social gradual”: ensayo y error, crítica racional y reformas parciales, frente a la planificación utópica totalitaria. Desde 1945, las siglas US han significado a la vez Unconditional Surrender (rendición incondicional de cualquier fascismo) y United States (expansión de la democracia angloamericana como modelo). Si se trata de una ingeniería social gradual al estilo Popper, lo que se juega hoy en Venezuela sería la transformación de un Estado fallido en factoría o tecnado, esto es, administrado por corporaciones energéticas y aparatos de seguridad. Sin duda, esto es preferible a la demagogia bananera estilo Chávez o Maduro.

Popper fue un crítico obstinado del historicismo hegeliano‑marxista, de esa fe en creer estar del lado correcto de la Historia como si esta tuviera un «destino manifiesto». El pasado siglo XX acumuló demasiados cadáveres como para seguir atribuyéndole a la Historia un sentido providencial. Pero quien es colonia por dentro concibe la libertad como cambio de amo. Hoy los amos parecen ser China y Estados Unidos. Ayer, Inglaterra y España. Las consecuencias morales de 1898 implicaron un juego de suma cero entre Estados Unidos y España. Ganó el llamado “norte global”. España se resignó a un destino exclusivamente europeo, mientras Hispanoamérica se sometió totalmente a la Doctrina Monroe. Los índices migratorios no mienten: lo más granado de Venezuela, México y Colombia (desde la mano de obra hasta la élite intelectual) huye hacia el “norte global”. La mayor virtud de un imperio, según la fórmula amarga de Julio César, consiste en hacer de sus fronteras un desierto.

Desde Colombia, el historiador Santiago Pérez Zapata me envía la captura de una notificación en su móvil: el Ministerio de Ciencia convoca a marchar en defensa de la patria. El gobierno de Petro pretende contestar con plazas llenas las amenazas de intervención militar de Trump. Lo que debería ser política de Estado se encoge hasta ser consigna de gobierno. No hay épica en la retórica de Petro: hay fatiga, recelo, un vocabulario soberanista que se agita como estandarte hueco. Buena parte de la intelectualidad progresista, como ha observado el historiador Juan Gabriel Caro Rivera, mira a la nación con recelo: la asocia al fascismo, al racismo, al patriarcado, a los horrores del siglo XX. Esa sospecha se extiende a la demografía (tener hijos), a la tradición religiosa, a la defensa de intereses nacionales frente a órdenes jurídicos transnacionales; todo lo que huela a arraigo se considera protofascista. En cambio, instituciones globales (cortes, ONG, organismos financieros, foros multilaterales) reciben un crédito moral mucho mayor. Se supone que, por estar más allá del Estado‑nación, encarnan una racionalidad imparcial, tecnocrática, civilizada. La consecuencia paradójica es que se demoniza el deseo de una soberanía robusta mientras se legitima una nueva forma de tutela exterior, más blanda en las formas pero igual de decisiva en sus efectos materiales.

Una auténtica soberanía implicaría reconciliarse con la idea de territorio y de límites, pero no para levantar muros xenófobos. «Hay sociedad allí donde nadie es un intruso», proclamaba Santayana, el filósofo hispano‑estadounidense que tanto aprecia mi amigo Agapito. Tal vez el gesto más sensato sea este: insistir en escribir, discutir y pensar en español, en medio de una academia que también sospecha de su propia lengua y termina refugiándose en un inglés de aeropuerto, globalizado, que disuelve los conflictos históricos en palabras neutras. La batalla por la soberanía pasa también por los idiomas en que se nombra el mundo, por las tradiciones intelectuales que se reivindican y por los vínculos afectivos que se aceptan como propios.