El título de la obra reunida de Pedro López Lara, Arcén (Editorial Renacimiento, 2025), no es un mero adorno descriptivo, sino una declaración de principios ontológicos. El arcén es ese espacio marginal pero necesario que flanquea la vía principal; es el lugar de la detención, de la avería, de la mirada que se aparta del flujo veloz para observar lo que queda al margen. Este volumen, que el autor define como su “versión definitiva”, recoge una trayectoria marcada por una enorme coherencia conceptual, donde los poemarios no se ordenan cronológicamente, sino bajo una lógica de ideas que trasciende el tiempo de su composición.
A través de más de quinientas páginas, el autor despliega una voz de una madurez técnica asombrosa, que transita entre el escepticismo barroco, la ironía posmoderna y una profunda piedad por la condición humana. Las tesis fundamentales de su obra se pueden enumerar así: la memoria como reconstrucción, la dialéctica del tiempo, la estética del desengaño y la función del lenguaje frente al silencio.
Uno de los pilares fundamentales de la obra es la concepción del poema como un ejercicio de memoria y reconocimiento. Para López Lara, el acto lírico es esencialmente “anámnesis”, un proceso de recuperación donde los elementos técnicos (rima, metro, ritmo) no son meros adornos, sino vehículos de un reencuentro. Como afirma en su ‘Memoria de los versos’: “Solo arde el poema / cuando el último verso se acuerda de todo”.
Esta tesis sugiere que la efectividad de la poesía reside en su capacidad de cierre circular, donde el final otorga sentido a la totalidad del trayecto. Sin embargo, esta memoria no es complaciente. El poeta advierte sobre la naturaleza “traicionera” de los versos, que deben ser capaces de “infiltrarse / en las venas cansadas de los hombres” y “abrir de par en par sus ojos al cegarlos”. La poesía no está aquí para consolar, sino para herir con la verdad del tiempo.
López Lara se aleja del tópico tradicional del carpe diem entendido como una invitación al disfrute ciego. En su lugar, propone una resistencia lúcida frente a la caducidad. En el poema ‘Los datos disponibles’, el autor articula una filosofía de la inmediatez basada en la consciencia del límite: “Vivamos en el no ha pasado / y no en el aún no, / seamos polizones, no náufragos del tiempo”.
Esta distinción entre el “no ha pasado” (el presente intacto) y el “aún no” (la espera ansiosa de la muerte) es crucial. El poeta aboga por una aceptación de la finitud que evite la negociación inútil con el final. La muerte no es algo que vendrá, sino algo que ya está operando, disminuyéndonos mientras el sujeto intenta diferirse. En ‘Aproximación’, se pregunta con angustia quién convocó contra nosotros las “irreversibles palabras” que marcan el fin.
La mirada de López Lara está teñida de un escepticismo existencial que recuerda a la tradición barroca, pero pasada por el tamiz de la ironía contemporánea. Sus personajes son a menudo “perdedores / solo en batallas no libradas” o “guerreros cansados” que buscan en bares señales de un Grial perdido.
Existe en Arcén una mística de la derrota, evocada a través de figuras como Zorba el griego. La grandeza humana no reside en el triunfo, sino en el testimonio escueto de haber estado en el fuego. El poema ‘Testimonio’ es revelador en este sentido: “...solo quiere prestar testimonio / [...] levantarse aún más y decir que sí, escuetamente sí: / que fue, y fue allí, que él estuvo allí, y aquello fue, lo vio”.
El acto de ver y dar fe se convierte en el último refugio del hombre frente a la nada. No es un ejemplo o un aviso, sino una “deposición escueta” de la existencia.
El pasado no es en esta obra un refugio nostálgico, sino una presencia inquietante y, a menudo, monstruosa. López Lara personifica el recuerdo como un “okupa” que “gateará por los pasillos” de los sueños buscando “un rincón alejado en que poner sus huevos”. El miedo es original y anterior a todo lo demás.
Esta visión desmitificadora se extiende a la propia identidad. El yo pretérito es visto como un “ancestro” al que hay que respetar pero del que uno se siente un “hijo bastardo”. La memoria es, en última instancia, un “simulacro” o una “memoria suplantada” que intenta dar sentido a una vida que ya no nos pertenece. Como se indica en ‘Amnesia’, nada podrá ya devolverle los recuerdos que “el muerto se llevó consigo”.
En cuanto a la técnica, el autor defiende la “Poética del poema breve”, que define como un: “mostrador estricto en el que brille alguna joya falsa, / pero tal vez letal”.
Esta brevedad debe insinuar una “trastienda larga”. Sus versos son afilados, buscando “desentrañar una vida” en lugar de buscar la redondez estética. López Lara utiliza el lenguaje para “fijar una distancia entre las cosas y nosotros”, abriendo un paréntesis donde se juega una partida contra el tiempo. El poema es visto como un “animal furtivo”, siempre en el límite entre el ser y el no ser todavía.
La relación con el pasado se complica por la falta de fiabilidad de la memoria. En ‘Aquellos tiempos’, el poeta sugiere que tendemos a creer comprensible el pasado solo porque alguien nos dice que estuvimos allí. La identidad se fragmenta en múltiples “yoes” pretéritos de cuya incompetencia somos el “lamentable resultado”.
En ‘Días malvados’, el tiempo se detiene en una inmovilidad hostil donde todo dice “no”. Estos días son los que “nunca están de paso”, los que hacen una “reserva abierta” en nuestra casa. Frente a esta invasión, el desapego hacia la muerte es algo que se aprende con los años, pasando del reto juvenil a la aceptación de ver cómo aquella“recoge el guante”.
Hacia el final del volumen, López Lara se enfrenta a la pregunta sobre el beneficio de los versos. Ante la interpelación de un niño, el poeta reconoce la “embarazosa verdad: para nada”.
Sin embargo, ese “nada” es el que permite que la voz sea pura, que se mueva entre el recuerdo y el descubrimiento. La poesía surge en el “conato de mirar atrás”, en el umbral donde se yergue lo que es “cuando iba a ser”. El poema debe “correr algún riesgo” y convertirse en algo que “supo ser herido”.
Arcén se cierra con una reflexión sobre la honestidad radical. No busca la complacencia del lector, sino ofrecer un “alegato simple, verídico, / forjado en el mismo fuego que arrasó las palabras”. La obra de Pedro López Lara es la crónica de un hombre que, desde el arcén de la existencia, observa el paso de los días con una mezcla de desdén real y piedad literaria.
Al final, queda el “tacto suave” de los dados entre las manos como única postrimería. Arcén no es solo una recopilación de poemas de los libros publicados por el autor, sino un testimonio de la dignidad de permanecer en el borde de la vida, testimoniando que “fue, y fue allí, que él estuvo allí, y aquello fue, lo vio”. Es el triunfo de la voz sobre el silencio, aunque esa voz solo sirva para declarar su propia e inevitable caducidad.