Opinión

Que Dios nos asista, Leopoldo de centrocampista

TRIBUNA

Carlos Díaz | Lunes 12 de enero de 2026



Que yo sepa, existen al menos dos libros con el mismo título, uno de Agnes Heller, la discípula húngara del filósofo marxista György, Luckás Teoría de los sentimientos (Editorial Fontamara, Barcelona, 1982), y otro del psiquiatra español Carlos Castilla del Pino (Teoría de los sentimientos (Editorial. Tusquets, Barcelona, 2000) que inciden en el mismo punto. Sobre algunas tesis de este último me pronuncié elogiosamente en mi reciente Psicología reciente (Bookman Editores, Madrid, 2026). Lo que la húngara Heller aportaba, aunque hoy se silencien sus tesis y otras similares en la psicología contemporánea, es la necesidad de retomar una sociología del sentimiento (pp. 227 ss) más allá de la abstracción de los sentimientos burgueses, pues la gestión de los sentimientos tiene un carácter social específico y antagónico según los entornos ideológicos. No en todas las partes del mundo se siente lo mismo y del mismo modo, ni ayer que hoy.

Sin embargo, hasta el mismo Kant caracterizaba adecuadamente el mundo del sentimiento con la palabra Sucht (del verbo suchen, desear). Según el filósofo de Königsberg, los tres deseos o Süchte básicos del ser humano contemporáneo en general y a lo largo de todos los tiempos eran Habsucht (deseo de posesión), Ehrsucht (deseo de gloria), y Herrsucht (deseo de poder), lo que la zarzuela española traducía más socarronamente como “salud, dinero y bellotas”, y otras formas líricobailables como "salud, dinero y amor, y el que tenga las tres cosas que le dé gracias a Dios”. Los tres son conceptos límites, en el sentido de que nunca puede uno tener tanto que no ansíe más, ni tener poder suficiente como para no desear más, ni bastante gloria como para no ambicionar más. Y luego morirse de ganas.

La civilización contemporánea, suponiendo haber dejado atrás al mismo tiempo a la posición marxiana, a la anarquista y a la socialdemócrata originarias, que dividían la cultura en cultura proletaria y cultura burguesa -esta última venerada hagiográficamente como la cultura del “proletariado santo y martirial”- sigue siendo cultura burguesa, a la que cabe atribuir perfectamente todavía los tres Süchte kantianos. Ni qué decir tiene que la cultura burguesa e imperialista no solo no ha desparecido, sino que ha llegado a casos histriónicos en Rusia, Estados Unidos, China, Nicaragua, Venezuela, Corea, o Guinea Ecuatorial, por citar solamente algunos casos más conocidos, corriente del golfo que baña al vecino del quinto. Sin embargo, apenas nadie parece interesado en la reformulación de una teoría de los sentimientos sociales. Como si los sentimientos sociales públicos se hubiesen evaporado en favor de las “virtudes privadas” pretendidamente al margen de los usos y costumbres sociopolíticos, no parece que las llamadas de atención formuladas desde siempre por la psicología personalista y comunitaria inquieten a la entera humanidad hasta el nivel necesario para luchar contra ello a partir de un cambio profundo interior traducido en un cambio social profundísimo.

Sin embargo, la imagen del ciudadano Trump, o la del ciudadano Putin, o la de tantos otros brutos estereotípicos, que son ridiculizados con razón en los escaparates públicos y en los medios de masas, no son casos aislados de conducta asocial y criminal, ni los únicos que tanto sufrimiento producen entre los ciudadanos del planeta Tierra, a todos nosotros, a unos como envilecedores, a otros como envilecidos, y a los terceros como envilecedores y envilecidos. Pero ahí están y el mundo gira. Ni siquiera los mejores libros de texto de las modernas psicologías sacan la cabeza muchos milímetros fuera de los estudios de laboratorio propios de la psicología cuantitativa.

Por lo general vienen a nuestras consultas muchísimas más personas traumadas por problemas de cuernos -dicho vulgarmente-, o por las violaciones de sus propios padres, o por rencillas de herencias intrafamiliares, que por sentirse atropelladas y desgarradas por la inmoral justicia social, como si esto mismo quedara al margen de cualquier terapia. Esto mismo ocurre caeteris paribus en la cultura en términos generales, empezando por las escuelas, privadas o públicas, en las cuales apenas se analizan estereotipos sociales, ni se comparan las estructuras comportamentales respecto del poder alienador en sus distintos modos; todo aparece como fruto más o menos casual e irrisorio, una sucesión de casos aislados y casi simpáticos. Cuando se produce una catástrofe, un incendio, un tsunami, nos enteramos de que tal o cual lugar pobre de la tierra existe, pues los pobres no son noticia.

Si a esto añadimos la reclusión en la interioridad de carácter dudosamente oriental predicada por las terapias psicológicas burguesas tan cautivadoras para príncipes y princesas y turistas dirección Katmandú, tendremos la pinza perfecta que en este sencillo escrito, en esta humilde columna de a pie, queremos denunciar: aquí no pasa nada, colegas, los ricos también lloran. Feliz año nuevo.

Y, sin embargo, la expansión del ego forma parte del funcionamiento homeostático de los sentimientos. Desde luego, la apelación a los “superhéroes” y a los grandes hombres, al liderazgo de los personajes tan sabiamente promovido por las escuelas de negocios al uso, no parece la mejor solución posible, pues “el burgués demoniaco muestra ser un burgués ordinario, y el pretendido superhombre de un orden superior más elevado sigue la ruta del hombre de rango inferior” (Heller, A: Op. cit. p. 285). A este paso, la única solución, la solución preferida para los problemas de la humanidad y de los individuos que la componemos va a ser la propuesta por la Inteligencia Artificial y demás Panópticos.

Cuánto me gustaría que al menos en psicología entrasen textos de Mounier, de Balzac, de Proudhon, de Péguy, y de tantos otros ignorados por la aburrida presión anglosajona de las cátedras, donde se recordase que el sur también existe. Qué no daría por una nueva actitud antropológica y cultural donde se trabajase en la desaparición de la antítesis mío-tuyo, unificados en el gran movimiento del nosotros. Ahora bien, esa experiencia cumbre forma parte de la gestión doméstica de los sentimientos de cada uno en sus comunidades, sin tanto Estado, sin tanta burocracia, sin tanto y tanto malafollá. Pero, seamos un poco sinceros, ¿quién compraría hoy esta versión o subversión “anarquista” de los sentimientos? Parece que se nos ha adelantado el gobierno de turno, aunque lleve retraso de años en la confección de unos presupuestos generales del Estado… Que Dios nos asista, Leopoldo de centrocampista.