Y el Real Madrid tocó fondo en Albacete. El equipo merengue firmó un fracaso sonado este miércoles en los octavos de final de la Copa del Rey. Cayó por 3-2 en el estadio Carlos Belmonte, que vivió una jornada histórica al ver hincar la rodilla a un gigante después de muchos años. El club que ganó la Liga de Campeones y la Liga hace dos temporadas ha perdido dos títulos y un entrenador desde el pasado domingo. La crisis es total y el golpe de efecto buscado ha comenzado de la peor manera. Se despide de este torneo el conjunto de Chamartín tras perecer, por hambre, intensidad y rigor táctico, ante un escuadrón que está peleando por no bajar a la tercera categoría del fútbol español (son 17º en Segunda, a un punto del descenso).
Álvaro Arbeloa se estrenó con valentía, poniendo el pecho a las balas. Dejó en Madrid a nueve de los titularísimos, entre lesionados y un reparto de descanso que se iría de madre. Tanto que si durante el partido venían mal dadas, en el banquillo no dipuso de ningún atacante del primer equipo. Jude Bellingham, Rodrygo y el tocado Kylian Mbappé no formaron parte de la convocatoria por decisión técnica, al igual que Thibaut Courtois, Álvaro Carreras y Aurelien Tchouaméni. Así pues, el técnico crecido en Valdebeas debutó arriesgando, lanzando una moneda al aire. Y le salió cruz a pesar de que la mezcla desplegada de secundarios y canteranos compitió con buena actitud. Aún así, les faltó claridad de juego, el mal perenne con el que va a tener que lidiar también el que fuera zaguero de la España campeona de todo.
El encuentro se desarrolló como se esperaba. La pelota y la iniciativa le pertenecieron a los merengues (rondaron el 75% de la posesión durante casi todo el minutaje) y los manchegos se replegaron en su campo, a la espera de rascar un contragolpe. Mientras que los visitantes se manejaban con la horizontalidad controladora, los locales compitieron siempre desde la verticalidad y la electricidad. La confrontación estilística, por tanto, estaba prevista y confirmó los augurios desde temprano. Y en ese ajedrez fue el juvenil Jorge Cestero el que se encargó de sembrar las jugadas del Madrid. Jugó como pivote único, con personalidad para pedir la pelota, pero padeció de lo lindo en el achique, generando desequilibrios. Arbeloa, que confió en algunos de sus muchachos del Castilla para este complicadísimo entuerto, le entregó el timón a este futbolista todavía verde (transparente al corte) y colocó a Arda Güler por delante, con libertad para crear. Sin embargo, el otomano no desanudaría la red tejida por el estratega local. Alberto González, que se quedó en la previa sin el oficio de Jesús Vallejo, dispuso un zaga de cinco piezas, con tres centrales y dos carrileros largos, y su resistencia llegó a acumular hasta nueve de sus obreros en su tercio de cancha, dejando sólo por delante al punta Dani Escriche. Como su pelea real es la de la salvación en la Segunda División, dejó en la banca a ocho de los titulares que venían de empatar con el filial de la Real Sociedad. Relegó a la calidad a un rol de revulsivo y la jugada le funcionó a la perfección. El orden y el compromiso de sus subordinados bastó para limitar al máximo el peligro creado por los capitalinos en el arco defendido por Raúl Lizoain. De hecho, al descanso sólo le habían lanzado tres tiros entre palos y con el saldo con el pitido final no superaría los cinco remates bien dirigidos.
Por tanto, las cartas eran predecibles pero los madridistas dejaron claro que el problema de la densidad creativa sigue más que vigente tras la ruptura con Xabi Alonso. Y también se confirmó que la mentalidad de Vinicius sigue en barbecho. Esta noche casi no pudo regatear a su par, Lorenzo Aguado, y parecería que se dejó todo el carácter y la determinación en la final de la Supercopa. No quiso reivindicarse como líder. Su inconsistencia es otro de los grandes desafíos de Arbeloa, que también se enfrentará al reto de despertar a Güler y a un Franco Mastantuono que tampoco aprovechó esta alternativa. La timidez del talentoso argentino (sigue enredado en un sinfín de pases retrasados) le restó amenaza a toda la banda derecha del ataque merengue, redondeando un bloqueo ofensivo supino. Fede Valverde (cuidado por el nuevo entrenador, ya que compitió en el centro del campo) abrió el fuego con un latigazo desviado en el sexto minuto y hay que viajar hasta el minuto 24 para encontrar otra llegada, el cabezazo blando que Dean Huijsen conectó en una acción de balón parado.
El Albacete tardó en sacudirse el respeto y comenzó a soltar presiones a un Madrid que siempre quiso salir jugando desde atrás por abajo, con combinaciones. Está claro que los madridistas quieren dejar atrás la montaña de pelotazos fabricada en la última etapa de Xabi Alonso. Mas a esa intención no le seguiría la fluidez ni la velocidad de pase justas para amenazar a una defensa tan cerrada y bien organizada como la de los manchegos en esta fecha. Así que el dominio del favorito se fue fundiendo con la niebla que tomó la escena. No les ayudó el gran trabajo local, que aplicó ayudas rigurosas para evitar que Vinicius pudiera encarar a su defensor en mano a mano. Y es que para deshacer esas ayudas laterales hay que combinar rápido de lado a lado, girar el juego para que a la basculación rival no le dé tiempo a llegar.
Unos y otros cruzaron la media hora metidos en un 'centrocampismo' que se había olvidado de las porterías. Para entonces Huijsen había profundizado en sus dudas y las imprecisiones merengues habían abierto una ventana para los contragolpes manchegos. José Carlos Lazo, Aguado y el formidable carrilero zurdo Daniel Bernabéu lo intentaron sin suerte por esa vía. Y en el otro campo Fede Valverde desperezó a Lizoain con otro cañonazo lejano antes de que Vinicius se ganara los abucheos con un disparo horrible. No sería el último. Acabó por lanzar 34 centros un Madrid imposibilitado para dividir entre líneas, como le viene ocurriendo. Y sin armonía ni colmillo, todo se vuelve más difícil.
Parecía que el evento se marcharía calmado a vestuarios, pero el guion de esta cita guardaba convulsiones, explosiones fugaces. La primera aconteció en el ocaso del primer acto, cuando los locales habían dado un paso al frente y rondado a Andriy Lunin. En el 43 Lazo puso en vuelo un córner que cabeceó con excelencia Javi Villar para establecer el 1-0. Salió en la foto una desatención en la marca de Mastantuono, pero el argentino se desquitó en el descuento, al sellar las tablas. El balón parado se desnudó entonces como la única arma madridista dañina, accionada por la precisión de Arda Güler (mal en juego, soberbio en las acciones de estrategia). El turco lanzó un saque de esquina sensacional que Huijsen cabeceó con violencia, Lizoain ejecutó un paradón sobre la línea y el ex de River Plate embocó el rechace, para tranquilizar a los impotentes visitantes.
No cambió Arbeloa las fichas en el intermedio, pero debió haberles leído la cartilla a sus jugadores porque en la reanudación sus pupilos subieron varios peldaños de intensidad y agresividad. Apretaron de verdad, robando con celeridad y encerrando a los castellanos. Pero de ese arreón no sacaron ni un susto. Otro disparo impresentable de Vinicius fue toda la cosecha. Entonces Alberto González leyó la necesidad de recurrir a sus titulares y empezó a ganarle la partida al favorito por ahí. Los cambios propulsaron el rendimiento de su plan, mientras que Arbeloa naufragó con sus intervenciones. El arsenal de recambio disponible no pasaba de Eduardo Camavinga, Dani Carvajal, David Alaba, Dani Ceballos y un puñado de juveniles. Los tres primeros saltarían al verde (Camavinga, para suplir al gris Fran García en el lateral zurdo) y cuando la incertidumbre se transformó el agonía, le entregó a los canteranos César Palacios y Manuel Ángel la responsabilidad de tirar de un coloso en apuros. Demasiada carga para dos debutantes.
Las elecciones le complicaron el estreno al recién nombrado técnico madridista y el 'Alba' no perdonó la ocasión de abrazar la gloria. Confiados al no recibir peligro en su área, evolucionaron para buscar la épica. Se apoyaron en la genial entrada en el campo de Agus Medina para ganar peso con balón, trazando algunas circulaciones largas, y prendieron la mecha de la segunda y definitiva deflagración del partido. En el 82 Cestero cayó en una emboscada que derivó en un paradón de Lunin, ante el chut de Riki, y en córner que desembocó en la volea de Jefté Betancur que se le escapó al arquero ucraniano. De nuevo, un rosario de errores defensivos en los despejes (Asencio y Gonzalo) había mandado a la lona al favorito, que se descubrió en plena contrarreloj para salvar el pellejo. Y apareció el balón parado de Güler para tirar un flotador que amortizó Gonzalo con un salto y testarazo espléndidos -minuto 91-. En cambio, la traca no había finalizado y Jefté se inventó un parábola certera, en el 95 y en otro episodio de desorden agudo merengue, que bajó el telón. Fiesta en el Belmonte y depresión en Concha Espina.