¿Qué le vamos a hacer? No tienes luces: ¡no las tienes! Asúmelo, es mejor aceptar tus lamentables limitaciones. Escucha y aprende de los que tildan a Donald Trump de lunático y de asesino, de violador del derecho internacional. O aprende de los que lo juzgan libertador y justiciero. Escucha a los que se burlan de su danza y su gestualidad de bufón o a los que rechazan su transparente apelación a la fuerza como factor determinante de las relaciones internacionales. Hablan con la voz del Bien escrito en sus corazones, cuyo sentido no podemos comprender los que no hemos sido bendecidos con esa cordial literatura.
Son cortesanos que odian la expresión unívoca y prefieren, como diplomáticos delicados de otro tiempo, que se les fuerce con la ambigüedad de una oscura sonrisa. Señalan, sin embargo, que entregar a Maduro a un tribunal neoyorquino – que lo juzgue según la penalidad estadounidense – es sólo una ficción jurídica. Ni fuerza, ni derecho particular. No piden, desde luego, su asesinato para dejar que sea Dios quien lo juzgue. No, en su lugar muchos pretenden que sea un tribunal internacional de derechos humanos. No Dios, sino el Hombre ha de ser el juez de última instancia. ¿Pero no habrán oído todavía estos señores que el Hombre ha muerto?
Es tal la multitud de las opiniones que el ruido es insoportable. Muchos encuentran algo inédito en la impugnación de la soberanía venezolana por los USA cuando, por el contrario, esa impugnación es norma de la historia universal que es historia de los imperios. La de “imperio” es una categoría histórica posterior a la de las sociedades políticas, una categoría que se presenta cuando una o algunas de esas sociedades políticas comprometen o subordinan la soberanía de las restantes de uno u otro modo. Convendría no limitarse a señalar el ”imperialismo”, sino tratar de determinar la condición de los imperios que definen la actual política mundial.
Por otra parte: ¿es que no están intervenidos los estados europeos por la misma unión, pero también por sus vínculos con los Estados Unidos entre otros? Una vez en marcha la historia universal no tiene sentido la noción de una absoluta soberanía y los estados débiles han de aprender a bregar en el sistema de relaciones internacionales salvaguardando en lo posible una siempre precaria autonomía.
La apelación al derecho internacional resulta ingenua cuando no se explicita la potencia universal capaz de garantizar su cumplimiento. Me pregunto si alguien cree que la ONU es esa potencia universal cuando parece evidente su condición de club de naciones sujetas a un consejo de seguridad que está integrado por los vencedores de la última gran guerra. Más China ¿por qué será?
En realidad los acontecimientos recientes manifiestan una profunda continuidad con el pasado. No puede ser de otro modo, puesto que el orden resultante de la última guerra mundial rehabilitó las mismas condiciones históricas y políticas que habían conducido a la guerra: no es difícil pensar que las mismas causas arrojen los mismos efectos. Por último hay que romper el aura que reciben algunas palabras. Es ridícula la elevación de la democracia al altar de las palabras venerables, cuando cualquiera sabe que no es sólo posible, sino muy probable una democracia totalitaria.
Una fatalidad subtiende a los programas imperiales de Rusia, China y los USA y no hay alguna salvaguarda democrática que contenga esa fatalidad: es el mismo concepto de desarrollo tecno económico, que es el nervio de la religión antropoteísta del progreso. Bajo la vestimenta socialista, comunista o liberal el mismo totalitarismo industrial.
Esa expresión – totalitarismo industrial – nombra una colección de textos de Bernard Charbonneau que, junto a Jacques Ellul, fue el fundador de la ecología política de la que se distanciaría a medida que el ecologismo se iba entregando al mero izquierdismo. Si refiero estos nombres aquí es porque, entre el griterío ensordecedor de los que claman por o contra una u otra facción política, estos filósofos olvidados excavaban a un nivel de realidad más profundo, como zapadores capaces de constatar el colapso próximo del edificio del progreso científico-técnico con su exigencia de crecimiento económico incesante, motor íntimo de la guerra.
Se me atribuirá ingenuidad. ¿Qué le voy a hacer si no tengo luces? Quisiera, pese a todo, mantenerme alejado del presuntuoso saber de los expertos y los aventajados que dicen conocer las claves de la acción de los USA o han sabido detectar la peligrosa locura de su presidente.