Opinión

El Derecho Internacional no es un eslogan

TRIBUNA

Javier de la Vega | Jueves 15 de enero de 2026

La operación llevada a cabo por Estados Unidos para capturar al narcodictador Nicolás Maduro ha despertado una corriente de invocadores del derecho internacional, que sería muy loable si no fuera porque, en gran mayoría, los autores de ese escandalizado rasgado colectivo de vestiduras no quisieron ni mentarlo cuando durante décadas el terror implantado en Venezuela por el chavismo así lo clamaba.

Como vivimos en una sociedad de mentes simples, de eslóganes y de comunicados gubernamentales a golpe de tweet, hay un especial interés en hacernos creer que el derecho internacional, ya de por sí complejo de definir y estructurar, nació con la Carta de la Naciones Unidas de 1945. Y así, puesto que la ONU cuenta con un órgano de máxima decisión para los casos de intervenciones armadas consensuadas como es el Consejo de Seguridad, pues no se hable más: si no hay resolución de la ONU que la autorice, cualquier acción para detener la barbarie ha de ser ilegal. Da igual que ese órgano contara con el veto más que probable de China y Rusia, dos de los cinco miembros permanentes, en el caso de haberse planteado esa vía.

Olvidan demasiadas cosas estos repentinos puristas de la legalidad internacional. En primer lugar, que los trabajos preparatorios que tuvieron lugar en la Conferencia de Teherán de 1943 y que unió a Churchill, Roosvelt y Stalin (también tiene ironía la cosa) concluyó con un propósito de “unir las naciones grandes y pequeñas en una participación activa cuyos pueblos estén dedicados por completo a la eliminación de la tiranía y la esclavitud, la opresión y la intolerancia en una familia mundial de las naciones democráticas”. Por lo tanto, la ONU nace con el fin primordial de aunar esfuerzos para que no vuelvan a repetirse los horrores de la II Guerra Mundial, aspirando a una sociedad internacional de naciones democráticas. Es decir, se pone el derecho internacional al servicio de los derechos de los pueblos y del individuo y no al revés.

¿Era esta una novedad? No tanto como los ahora ofendidos quieren sugerir. La doctrina del derecho internacional fue conformándose en el mundo moderno desde el siglo XVI, sobre la idea de que por encima de la ley que las naciones se dan así mismas, existen eso que ahora llamamos líneas rojas y que no era otra cosa que el derecho natural, los límites morales siempre al servicio del hombre frente a la idealización y supremacía del Estado, que por ejemplo proponía Maquiavelo, y que procurando no exagerar, me temo que plantea coincidencias con los detractores actuales de la acción llevada a cabo por los norteamericanos para deponer al tirano.

Francisco de Vitoria, considerado incluso por la propia ONU uno de los padres del derecho internacional moderno, ya plasmó en 1542 esa doctrina que sirvió de base para las Leyes de Indias, basadas en un sustrato de derecho de las gentes (ius gentium de origen romano) que trascendía incluso los confines políticos de los Estados. El visionario fraile dominico, junto con otros seguidores de la Escuela de Salamanca (Domingo de Soto, Francisco Suárez, entre otros) sentaron el punto de partida que seguirían y enriquecerían tantos otros como Juan de Mariana o Hugo Grocio.

Francisco Suárez, jesuita, desarrolló la idea de rebelión contra el tirano cuando éste es un usurpador y, por tanto, carece de legitimidad en el ejercicio de su poder, justificando incluso su derrocamiento y muerte como último recurso en caso de no disponerse de otra vía. Ideas que llevó hasta un escalón superior Juan de Mariana, quien consideraba suficiente para el derrocamiento la apropiación por el tirano de los bienes de sus súbditos. Me temo que nos suena todo muy actual.

Una vez más, el individuo por encima del derecho positivo si ello sirve para garantizar la aplicación del derecho natural que, si ya nos metemos en faena, no era sino el acervo de principios humanistas de la tradición cristiana, y que no en vano, sirvió precisamente para dotar de legitimidad intelectual a muchos movimientos de emancipación de los territorios españoles de ultramar. Casualmente y de nuevo otra ironía de la historia, la doctrina que permitió a los actuales Estados de la comunidad hispanoamericana lograr su andadura como naciones independientes.

Si saltamos ya al siglo XX, golpeado ferozmente por sus dos guerras mundiales, las teorías del jurista alemán Gustav Radbruch dotaron de cuerpo doctrinal imprescindible para los juicios de Nuremberg. Su famosa “fórmula Radbruch” se resumía en que cuando la Justicia y la seguridad jurídica se distancian entre sí de tal manera que permita la existencia de un derecho injusto que favorezca la desigualdad del pueblo, debe necesariamente primar la Justicia, por mucho que haya que infringir leyes, tratados y normas positivas. En resumen, si el derecho es injusto, deja de ser digno de llamarse tal cosa.

Más allá de los países que se beneficiaban por la narcodictadura de Venezuela, sonroja ver a dirigentes políticos europeos, ministros de exteriores y opinadores varios, escandalizados porque la captura de Maduro no pasara por los cauces formales, de imposible cumplimiento como ya he dicho por los vetos de los otros integrantes del actual bloque mundial, en una especie de culto al procedimiento formal más allá de la razón de ser de la norma, de la acción o del fin perseguido. Uso de la fuerza armada, por cierto, que prevé la propia Carta de las Naciones Unidas en su artículo 42, pero que lamentablemente nadie pudo prever que aquel logro de aunar a la mayor parte de países bajo un mismo paraguas multinacional nos llevaría ocho décadas después a sentar en la misma mesa de mando a países como Rusia o China cuya práctica del poder es frontalmente contraria a los propios principios del órgano en el que se sientan.

Y digo que sonroja esa actitud, por no meterme en otras harinas. Quiero pensar que la ignorancia ya probada de nuestros gobernantes, y el seguidismo del resto, juega esas malas pasadas porque la crítica feroz que desde el Gobierno de España se ha dirigido contra el derrocamiento de Maduro coloca a quienes la expresan precisamente alineados con Putin o el tirano Xi Jinping.

O quizá la casualidad no es tal.