Cultura

Nouvelle vague: cine sobresaliente nos muestra un cine sobrevalorado

CRÍTICA DE CINE

Joaquín del Palacio | Viernes 16 de enero de 2026

A menudo en la vida es difícil sustraerse de corrientes dominantes de pensamiento que te obligan a adorar ladrillos como À bout de souffle (El final de la escapada). No hacerlo te convertiría en una especie de analfabeto funcional, alguien a quien le falta el aprendizaje necesario para entender esas obras con las que cualquier persona con sensibilidad y cultura debería levitar. Porque están hechas para eso, para epatar, para demostrar modernidad o transgresión, son un ejercicio de estilo pretencioso como lo fue la mayoría de ese fenómeno llamado la Nouvelle vague cuya principal virtud era parir películas llenas de aforismos culturetas, conversaciones hipotéticamente interesantes y a menudo difíciles de seguir, imágenes con poca calidad o continuidad y argumentos que no existían siquiera o se inventaban sobre la marcha. En Nouvelle vague, Richard Linklater nos mete dentro de la concepción de esa «nueva ola» con El final de la escapada, uno de sus buques insignia, y consigue que nos sintamos parte de la creación de una obra maestra y admiremos al personaje que es Jean-Luc Godard. Yo tomé la pésima decisión al llegar a casa de poner la película original y pese a ir lleno de buenas intenciones, se me volvió a desplomar el mito. Esa es la paradoja.

La Nouvelle vague

Ver metacine (cine sobre cine) es tan entretenido como leer una novela sobre un escritor y sus tribulaciones enclenques. Linklater nos introduce con habilidad en la épica de la vanguardia, en descubrir a la persona adecuada en el sitio adecuado, y como todos desde el principio sabemos que la película de la que trata existe y que fue un éxito mundial que catapultó a su creador y le convirtió en una especie de mesías del cine, hay poco espacio para la sorpresa y mucho más para gozarla entendiendo cómo fue ese proceso y qué representó para la historia. Porque una cosa es que a muchos ese cine nos aburra soberanamente, y otra muy distinta que no seamos capaces de entender lo que supuso a nivel de creación y modernidad, de vanguardia artística. Si seguimos con el símil literario, Ulises de Joyce es un coñazo apotolóxico y no por ello deja de ser una obra maestra.

Desde un punto de vista conceptual, la Nouvelle Vague lo que pretendía era acercar el cine, hacerlo más próximo a la vida real, diálogos improvisados, rodaje con pequeñas cámaras en mano, salir de los estudios y rodar en la ciudad real, idealmente con personas que no actúan sino que pasan por allí, todo ello procurando ofrecer el mayor realismo. La idea consistía en crear cine como se crea literatura, donde solo una persona, el director, es el que pone su mirada, su visión, su idea y su realidad, y todo ello lo hace sobre la marcha, adaptándose al escenario cambiante e imprevisible. El resultado es un cine distinto al anterior, rompedor, transgresor, pero no por ello mejor, pues esa naturalidad lleva a menudo a la divagación inconexa y aburrida y a imágenes sin el preciosismo que nos ofrecen la técnica y los técnicos. Para entender en qué medida esta corriente alteraba el orden convencional establecido, el propio Godard decía que toda historia debe tener un principio, un desarrollo y un final, pero no necesariamente en ese orden.

Otro elemento curioso es que en teoría ese tipo de cine buscaba sonido real para ofrecer más autenticidad, pero en el caso que nos ocupa las voces se doblaban después por los mismos actores, por lo que durante las tomas el director les hablaba para indicarles cosas de última hora. Y en la película de Linklater no se habla de la música en ningún momento, pero la original Al final de la escapada tiene una magnífica banda sonora original compuesta por Martial Solal, por supuesto inefable jazz, como era frecuente en ese tipo de películas francesas. Por su parte, volviendo a Linklater, su película tiene igualmente una banda sonora elaborada por el propio director, con canciones punk y new wave interpretadas en forma de bossa nova, y con algunas canciones originales de Martial Solal.

Argumento

Nouvelle vague es un recorrido por los siempre complicados vericuetos que supone hacer cine. Desde conseguir la confianza y el dinero del productor hasta rodar la película. En este caso, Jean-Luc Godard (Guillaume Marbeck) es un tipo divertido y travieso que no acata las ordenes, antes personaje que persona, con ideas demasiado claras como para aceptar el menor consejo. Desde esa perspectiva es el creador total y como personaje es extraordinario: Inteligente, culto, obsesivo, con carisma.

Viene de una escuela, la de Cahiers du Cinema, en la que la mayoría de sus colaboradores llegaron al éxito antes que él. Todos saben que en Godard se esconde un genio, pero tiene que demostrarlo. Contrata a Jean-Paul Belmondo (Aubry Dullin) como protagonista masculino, un actor que está comenzando a despuntar y al que esta película le dio una enorme fama, y a Jean Seberg (Zoey Deutch) como protagonista femenina. Ella es ya una actriz muy famosa en ese momento y está llena de dudas sobre este pretencioso proyecto. Lo curioso es que Seberg siempre fue conocida por su participación en À bout de souffle antes que por cualquier otra de sus películas anteriores o posteriores. Estos tres personajes encarnan el alma de esta cinta, ayudados por muchos otros secundarios que interpretan a los otros dioses de la Nouvelle Vague, como Éric Rohmer, François Truffaut, Claude Chabrol, Jean Cocteau o Roberto Rosellini. Si algo pone de manifiesto la obra es que este grupo vivió algo inolvidable, la vida que cualquier artista hubiera querido tener, éxito, gloria y dedicación a aquello que adoraban casi tanto como su propia vida. Eran gente ingeniosa, divertida, y aunque su cine fuera aburrido (hay quien me mataría por decir esto) crearon escuela y han pasado ya a la historia del cine mundial.

La seguridad que destila Godard, enfrentándose sin piedad a Georges de Beauregard (Bruno Dreyfürst), su productor, el único que confió en él, es pasmosa. Se percibe el enorme desprecio que representa para él cualquier injerencia en su proyecto, y eso es quizá lo que le hace el creador total, el personaje por encima de la persona. Según decía a sus allegados, «no haces una película, sino que la película te hace a ti». Era, por tanto, un hombre siempre en guardia, siempre buscando epatar, muy preocupado por su ego de artista absoluto y porque se respetaran sus deseos como si fueran la principal clave del trabajo de todo el equipo. Esto le lleva a generar situaciones absurdas en el rodaje, días sin trabajar, peleas, ocultación de los guiones o, peor aún, guiones trabajados a mano sobre la marcha en una cafetería para evitar que los actores pudieran conocerlos y por tanto estudiarlos y perder la necesaria naturalidad. Sin duda el personaje es ideal, mucho mejor que sus creaciones fílmicas. Otra cosa que ha conseguido Linklater es un enorme parecido entre sus actores y los actores reales. Asombroso. Y actúan muy bien interpretando a esos dioses que fueron. Pero ya no son así. Los actores de los sesenta eran estrellas absolutas y vivían como tales, rodeados de un glamur exagerado que los acompañaba hasta el lavabo. Ahora son gente normal, personas alejadas de la deidad que trabajan en el cine como podrían trabajar en Mercadona y que el fin de semana son capaces de ponerse un chandal. Nosotros hemos perdido el mito y ellos a cambio han ganado en salud, porque no paraban de fumar unos enormes pitillos en toda la película, y lo hacían todos ellos, actores, productor, director, cámara, policías…. si me dicen que no fumar en esa época era ilegal, les creo.

El metacine puede conseguir que nos olvidemos del cine que estamos viendo para ver solo el que se recrea. Y Linklater nos ofrece un blanco y negro espléndido donde reproduce una época única, con un París que parece tan realista como el de Godard pero con imágenes de gran calidad, montaje perfecto, no busca tanto el realismo o las imperfecciones de lo representado sino meternos en situación, y lo consigue con creces, nos hace partícipes de algo cuyo final conocemos y lo hace con emoción, mostrándonos un camino de superación increíble, en el que acabamos teniendo una enorme empatía por Godard. Porque el personaje es fascinante y su rodaje un ejercicio de estilo del que todos desconfían menos él… y nosotros, que desde nuestra butaca somos sus cómplices.

Finalizamos esta crónica con unas palabras epatantes del propio Godard que le definen bien y que son una gran verdad: «El cine es el fraude más hermoso del mundo».

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