Para nadie es un secreto que el mundo ha ido cambiando antes y después de la invención de la rueda. De la generación de mis padres algunos vecinos no salieron nunca de sus pueblos, estaban a cincuenta kilómetros del mar, pero no lo conocieron. El padre de la vecina Rufi jamás creyó que los americanos hubiesen puesto el pie en la luna, algo que solamente mantuvieron en pie unos pocos conspiranoicos después. Desde luego aquello fue el gran espectáculo del mundo, algo trivial que hoy se repite cada día cuando Trump sale a orinar a cualquier rincón del planeta Tierra y fuera de él.
De niños, por las tardes escuchábamos a veces la radio, aquellas novelas interminables de “Diego Valor, de los cielos caballero de malvados el terror” publicitadas por Chocolates Nieto, una cosa terrosa y rojiza codiciada por nosotros los hermanos, cuyas tabletas, celosa y matemáticamente divididas entre los hermanos junto con un pedazo de paz por nuestra madre, constituían la merienda. Recuerdo que uno de aquellos personajes se llamaba Semroc, una auténtica fiesta eufónica para mí, a quien siempre me han gustado mucho las palabras.
Cuando era joven no había teléfono en casa de mis padres ni en las casas de nadie; si el pueblo era lo bastante grande podías desplazarte al telefonillo público, al que una operaria activaba airosa con una especie de manivela, uso que también aplicaba a los coches de motor de la época, ajenos a los automatismos. Qué suerte para los mayores poder hablar a distancia a gritos con alguien, aunque fuera con sonido distorsionado y a ráfagas, racheado, entre las ondas eléctricas.
Luego vino la televisión, el rien ne va plus que se abría con una lenta “carta de ajuste” a modo de precalentamiento, hasta que llegaban las primeras imágenes después de los primeros pitidos y rugidos. La fiera despertaba mirándonos por su ojo de cíclope de canal único en blanco y negro. ¡El mundo a nuestros pies! En Burgos, una santa abuela de mi esposa devolvía el saludo al presentador o presentadora de turno: “buenas tardes tenga usted”. ¿Podía pedirse más modernidad? Ya en Puertollano, por haber estado mis padres entre los primeros en comprar la tele, subieron de caché. En seguida se socializó aquella rica fuente de información en los “teleclubs” de las organizaciones franquistas.
Para los asuntos graves estaba el telegrama, siempre con el alma en vilo por si sus noticias eran indeseables, como los de la enfermedad de mi padre mientras yo estaba en Caracas. Todavía a finales de los sesenta del pasado siglo algunos españoles utilizaban este instrumento en caso de necesidad y, como cada palabra costaba su peso en oro, los españoles se las medio ingeniaban en un alarde semántico para unirlas, de modo que muchosbesosyabrazos, avercuandonosvemos y similares intentaban colar por palabra única, cosa que unas veces lograban y otras no en aquella Baviera de mis amores.
Incluso después de esas fechas, la ansiada correspondencia gracias a la máquina de escribir con los amigos de Latinoamérica duraba más de un mes entre ida y vuelta. Bajar al cajetín de Correos con el corazón en un puño esperando las noticias se convertía en uno de los momentos estelares del día y de la tarde, pues -como en la obra de Neruda- el cartero llamaba dos veces. Todavía después de la ilusión mágica de la visita de los reyes magos experimentaba yo una sensación interior navideña en cada una de aquellas ocasiones. Desde hace una semana se ha terminado el servicio de correo postal en Dinamarca. RIP, humanitas.
Nunca agradeceré lo bastante a mi vecino del piso de abajo, que en lugar de regañarme me regaló una almohadilla acorchadora del sonido que a modo de carro de fuego echaba mañana, tarde y noche mi Léxicon 80 justo encima de su dormitorio. Antonio también sirvió de testigo del registro domiciliario a que fuimos sometidos mi esposa y yo durante una madrugada por la inteligente policía franquista: quién sabe si yo utilizaba mi Léxicon 80 para redactar con nocturnidad y alevosía panfletos anarquistas….
Jamás me incorporé a la máquina eléctrica, eso era para los perezosos; un alma romántica no podía claudicar a los hechizos mágicos del papel de calco, los folios casi trasparentes, las copias y recopias, los adminículos para corregir erratas una a una, frente al cual la actual escritura en ordenador me parece insípida, casi como un jardín sin flores, igual que los libros electrónicos me parecen incoloros, inodoros e insípidos. Los libros son para olerlos y comérselos, como bien saben los ratones. Y las buenas tesis doctorales luego encuadernadas en piel son para siempre jamás amén dignas de morar en la Biblioteca de Alejandría custodiadas por las musas.
Hace menos, aunque ya parece cosa de los dinosaurios, la tenencia de un teléfono móvil más pesado que un maletín era un auténtico signo de distinción y de progreso, un “fardaero” para sus portadores. Tener pegado al oído uno de plástico simulando conversación por la calle le costó la vida a un pobre diablo, que murió aplastado bajo las ruedas de un pesado camión en el paso de peatones de la glorieta de Marqués de Vadillo, no muy lejos de mi casa. Jamás nadie hubiera podido imaginar lo revolucionario de aquellos “paratos”. Hoy todo el personal de a bordo del vagón del metro que me ha trasportado hace un rato está embebido, estupefacto, inmóvil con su artilugio, cada oveja con su pareja. Un universo por parcelas con su pequeño huertecillo. Para decir toda la verdad, y como excepción, hace años vi a un lector de uno de mis libros lo que me produjo tanta euforia que casi le invito al Pritaneo. El mundo como un sumatorio de micromundos ante mí y yo a sus pies, habida cuenta de que mi inteligencia tecnológica es tendente a cero, convertido en forzoso ermitaño acústico. Lejos de creerme muy inteligente por escribir peor que un médico, como suele ser habitual, me sé bastante retardado por no entender los signos de los tiempos. Hasta hoy he ido escapando, sarna con gusto, aunque no pica, mortifica.
Lo mismo me ocurre con el coche que no tengo, a pesar de lo viajado que he estado. Gracias a mi esposa y a los amigos me he ahorrado tiempo, dinero y accidentes, lo comido por lo servido. De todos modos, la modernidad no es lo mío; yo en un iglú con mi ordenador y un agujerito redondo en la nieve para pescar peces podría solicitar la nacionalidad noruega, visitado además por Espe, hija mayor, Sigmund, yerno y Andreas, Daniel y Carlos III, los nietos. En un claustro de clausura románico con una hospedería y canto gregoriano tampoco estaría tan mal hoy.
El ordenador (yo me siento sin saber qué voy a escribir y el me lo ordena, como lo hace en este mismo escrito) ha supuesto la gran revolución de mi vida, eso sí, escuetamente limitado a escribir, mandar y recibir mensajes. Para el resto, con sus torpezas inevitables y las recurrentes pequeñas averías que yo mismo induzco patosamente, tengo a mis otros dos hijos, Charly y Esther, que me asisten al instante. Lo que los pobres no pueden evitar son mis meteduras de pata de gran calibre, tales como haber perdido libros enteros sin copia cuando estaba dando la puntada final, algo que a estas alturas de mi vida constituye una de mis especialidades menos gratas.
De todos modos, el acceso al ordenador me costó un triunfo y la yema del otro. Hasta entonces me había resistido con Juan Luis Ruiz de la Peña, pero cuando él, dimidium animae meae, abandonó la pluma estilográfica, huérfano ya de toda orfandad, hube de bajarme al moro pasando a un intermedio denominado wideowriter, que tenía la pantalla amarilla, un programador de textos que almacenaba contenidos, al que durante mi traducción de un libro de Hegel di más palos que a una manta cada vez que pasaba página siguiendo la inercia del movimiento de mi mano en la vieja máquina de escribir.
Y así llevo publicados 320 libros, no me lo explico. Todos muy malos, pero menos da una piedra.