Opinión

La civilización y el mercado en la Unión

TRIBUNA

Juan Carlos Barros | Sábado 17 de enero de 2026

Quién le iba decir a la Unión Europea que iba a ser la circulación la que se aplicara finalmente en el continente y en su virtud regresaran los principios de la civilización recogidos en el Tratado del Atlántico Norte.

Sin embargo, el tratado ya advertía de modo puntual que su naturaleza era temporal y que como tal preveía su sucesión (¿y su final?) al efectuar una anticipación de lo que sería el advenimiento y su (dis)continuación con otra obra incompleta y perecedera.

Así, en previsión de su revisión, dice el artículo 12º del Tratado del Atlántico Norte que se deben tener en cuenta los factores determinantes para la paz y la seguridad en la zona ad hoc, incluyendo entre ellos expresamente el desarrollo de acuerdos regionales (como serían después los que desembocaron en la Unión Europea) los cuales si bien al principio prosperaron, más adelante o se extinguieron o se integraron.

Cuando la Unión Europea daba por supuesto que durante sus fases primeras en el interior de sus fronteras se iban desplegar a discreción los factores de la producción, era ella quien lo hacía, mas no en proyección sino dentro de los límites de la cesión de competencias. Llegar a una Europa unida no ha alcanzado la escala geográfica requerida y seguir pensando en la consecución de un mercado cada vez más ampliado solo sirve para el mantenimiento de un estado (sobre)estructurado.

Ante tal circunstancia el Tratado del Atlántico Norte adquiere predominancia (bien que sea provisional) debido al compromiso alcanzado entre unos estados que se mostraron decididos, según el preámbulo, a salvaguardar la civilización de sus pueblos junto con la libertad y la herencia común, y que al efecto dispusieron un espacio delimitado, aportando en su caso capacidad de resistencia (propia y colectiva) frente a un ataque (exterior) armado.

(Re)entrante ahora la civilización en escena en virtud de la Estrategia de Seguridad de los Estados Unidos de América, la Unión Europea debe tomar nota que se decreta que ha llegado el final de una era y que carece de utilidad prolongar más allá el ensayo.

Dice la Estrategia en su apartado iv, punto 3, letra c párrafo tercero titulado “la promoción de la grandeza europea” que el decaimiento económico, con ser grande, está eclipsado por la posibilidad real, y más severa, de la desaparición de la civilización europea…

This economic decline is eclipsed by the real and more stark prospect of civilizational erasure”.

Y en el párrafo cuarto añade que…

“We want Europe to remain European, to regain its civilizational self-confidence, and to abandon its failed focus on regulatory suffocation”.

… y esta visión de la civilización desde América del Norte conecta con el Tratado del Atlántico Norte, conduciéndonos a apelar a los valores y a cómo su aplicación (de nuevo en un contexto de conflagración) se llevará a cabo no de forma simultánea sino por sustitución inversa, donde si la OTAN decae, decaerá también la Unión Europea.

En su preámbulo habla el Tratado del Atlántico Norte de la determinación de las partes para salvaguardar la civilización, la cual nos dice que está basada en unos principios que ahora pasan al frontispicio, como son: la democracia, el estado de derecho y las libertades individuales.

Regular el mercado, aún de forma puntual y con fondos estructurales, no ha (re)presentado una práctica que llevase a consolidar una unión continental, y el intento occidental efectuado no ha quedado más que en un experimento inacabado cuando ya nos avisan que el tiempo ha terminado y el espacio se ha ampliado. O ¿es que pretendía la Unión superar los límites trazados?