Opinión

A quien consigo va

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 18 de enero de 2026

La escritura de diarios es el acto más agradecido para refundar todo lo que parece insignificante. La escritura de los que están bien contados, por supuesto, ya que añadir paladas de vanidad sobre nuestra mirada hacia las cosas puede hundir todo intento de gratificación hacia lo que nos resulta bello, fuera de la norma, único y volátil. Hay que tener cuidado para no malear demasiado lo que sólo debe ser cambiado de lugar con unas pocas palabras y la fineza necesaria para ajustarse a lo que transmiten. Los hay que vienen de un largo periodo de intentos, de abandonos y reencuentros obedeciendo a los vaivenes de la inspiración. Los hay que se escriben por matar el tiempo, la verdadera sangre que circula por ellos. Los hay que nacen como un ejercicio y acaban creyéndose su determinación, igual que una improvisación deviene en una pieza orgánica.

El de José Luis Cancho se sitúa en este último ejemplo, no por falta de literatura ni cansancio de otro tipo de géneros, pues su vida y sus libros anteriores dan cuenta suficiente de la dedicación que ha tenido y tiene por y para la misma. Un primer diario suele sentar las bases de siguientes. No se acaba su ímpetu por vislumbrar que ha sido suficiente pasado un número generoso de páginas.

El murmullo de los otros funciona porque es consecuente con la vida que cuenta. Está pendiente, de primeras, de una serie de noticias sobre muertes que mantienen una seriedad acorde con esos recuerdos que se levantan en el camino, pero siguiéndolo, sin vencerse por el recuento sombrío de cualquier mirada con la vista puesta atrás, le sucede en relevo la gratitud de las lecturas, de los encuentros con los amigos, de las rutinas que no tienen nada de malo en dignificarse y de una suerte —que uno debe preservar— que es la de querer seguir sabiendo a pesar del cansancio natural, ese que en cada uno se manifiesta con sus punzadas más o menos hirientes.

La vida referida no es poca y trasciende en la fuerza de Cancho para no descansarse. Aunque le guste saber que ha habido escritores que no dan dado una sola línea en años, él echa de menos no estar enfrascado en una historia y que sus personajes se adueñen de él durante horas, por ello rememora algunos lugares donde las condiciones hicieron dichosos a esos ratos tan extraños, con ese esfuerzo que termina en manuscrito o en frustración. Cuando el pulso literario agrede, se opta por la escapada nocturna a la playa, por la celebración contemplativa de los árboles, que son la veta poética del diario, sin duda. También las citas de otros, como el adobe que sostiene las delicadezas en las que no queremos dejar de recrearnos, a riesgo de pasarnos de polifónicos. No se pasa por alto ningún ardor, ya recaiga en o evite la creación.

‘Qué frágil es el espíritu del escritor, me digo a mí mismo. Qué poco necesita para animarse. Bastan unas pocas y formularias palabras para que se sienta reconfortado’, dice a mitad del diario. Ese reconocimiento y esa verdad cimientan el texto de Cancho, del que esperemos ya esté escribiendo una siguiente entrega. De este libro, uno aprende que la impresión de los días puede llegar a justificar nuestras razones. El talento para saber separar el trigo de la paja hará posible que la literatura quede más allá de los murmullos ajenos. Aquí sucede.